1936-39: A 80 años de la revolución y la guerra

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Alberto Arregui 

No hay ninguna posibilidad de comprender la historia contemporánea sin comprender los procesos revolucionarios de los años 30 en el Estado español.

Fueron decisivos en el contexto europeo que se preparaba para una guerra de rapiña entre las potencias imperialistas. Una guerra que buscaba un nuevo reparto del mundo, y además aplastar a la Unión Soviética. La condición previa para lanzar a las masas a una carnicería inmensa en los campos de batalla era aplastar a las organizaciones de la clase obrera. Una revolución socialista triunfante en España hubiese puesto en peligro todos los planes de la burguesía. Por eso, mientras las llamadas «democracias» llamaban a la «no intervención» en España, como excusa para no dar posibilidades de triunfo a una revolución ante la que sentían pánico, hacían la vista gorda, ante la intervención masiva del fascismo alemán e italiano. En esa época tanto las democracias burguesas como Stalin, tenían más miedo a una revolución proletaria sana, que a Hitler o Mussolini.

No olvidemos que el fascismo era visto con una mezcla de aprensión y simpatía por la burguesía europea, como algunos ven a un perro de presa que despedaza a un intruso. Los fascistas aplastaban a las fuerzas revolucionarias, en realidad era el arma extrema de la burguesía contra la clase obrera, y como suele suceder se convirtió en una especie de monstruo de Frankestein.

Al terminar la guerra civil, en agosto del año 39, Stalin firmó un «pacto de no agresión» con Hitler. La miopía nacionalista de la burocracia estalinista le llevaba a pensar que si ellos no se mezclaban en los asuntos de Hitler él no se mezclaría en los suyos. Cuando las tropas nazis traspasaron las fronteras de la URSS, quedó claro que las tremendas concesiones hechas no habían servido de nada. Al contrario, habían fortalecido al fascismo.

Así, la guerra española se convirtió en el primer campo de batalla de la II Guerra Mundial, que era, fundamentalmente la guerra entre la revolución y la contrarrevolución. Alemania, Italia, Austria, habían caído bajo el fascismo «democráticamente». Las organizaciones obreras habían sido aplastadas sin lucha, «sin romper un cristal» como dijo Hitler.

Para un enfrentamiento decisivo en Europa, Hitler necesitaba que la URSS, y Gran Bretaña y Francia permaneciesen pasivas mientras se aplastaba la revolución española, que era una premisa previa para desencadenar la guerra. Un triunfo de la Revolución española hubiese cambiado toda la historia de Europa. Así la «no intervención» fue un error nefasto que contribuyó a la derrota de la Revolución pero no podemos plantearlo como una «excusa externa», las auténticas explicaciones de por qué el proletariado español fue derrotado hay que buscarlas en la política llevada a cabo en los acontecimientos claves del proceso del 31 al 39.

El estudiar el proceso de la revolución de los años 30 también es imprescindible para comprender nuestra historia más reciente, no solo la dictadura sangrienta de Franco, sino la «transición».

Una revolución es un acontecimiento excepcional en la historia. Se trata de un momento en que las masas intentan tomar en sus manos su propio destino, ser los protagonistas directos y conscientes de la historia.

Para ello, usando la expresión de Marx, es necesario un largo y tortuoso camino en que la conciencia de la clase obrera se transforma pasando de ser «una clase en sí» a ser «una clase para sí»; «Las condiciones económicas transformaron primero a la masa de la población del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado a esta masa una situación común, intereses comunes. Así pues, esta masa es ya una clase con respecto al capital, pero aún no es una clase para sí. Los intereses que defiende se convierten en intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política» (K. Marx. Miseria de la Filosofía).

Cuando esta lucha llega a su límite se plantean las revoluciones. En ellas la cuestión central es la toma del poder. Por eso en todas las revoluciones que llegan hasta el final se suele plantear una situación de «doble poder», es decir que coexisten el poder de la burguesía, que aún no ha desaparecido, frente al poder que ya se ejerce por parte de organismos de la clase obrera (los «soviets» de la revolución rusa) en forma de comités, milicias, colectivizaciones… Pero la existencia de estos dos poderes es incompatible y en un período breve de tiempo uno de ellos es destruido por el otro, o la revolución se consolida o es aplastada por las contrarrevolución.

De esta manera, una revolución no solo debe crear sus propios organismos de poder, sino que debe destruir los de la burguesía. Es decir, para la clase obrera no basta tener el poder efectivo en sus manos, sino que además hay que consolidarlo. Algunas revoluciones han llevado el poder a manos de la clase obrera pero luego no han sabido retenerlo, y este fue el caso de la revolución española. Porque, tal como pretendemos explicar en estos artículos, la clase obrera llegó a tener todo el poder en sus manos, pero una política errónea de los dirigentes llevó a que éste se perdiese.

14 de abril de 1931

Las revoluciones suelen resolverse en un sentido u otro en un período breve. La revolución rusa, se desarrolló en sólo unos meses, de febrero a octubre de 1917. Sin embargo la revolución española abarca, al menos de 1931 a 1937, aunque no fue definitivamente aplastada hasta el 39.

Podríamos decir que hay cuatro fechas clave, cuatro momentos en que más claramente se podía haber establecido el triunfo de una revolución socialista (1931, 1934, 1936 y 1937).

En primer lugar el 14 de abril de 1931, cuando cae la monarquía del rey Borbón y es proclamada la República de forma imparable. No se esperó a ningún decreto ni formalidad legal. Las masas tomaron las calles. El espíritu revolucionario lo arrollaba todo, pero no había dirección, se carecía de un plan para tomar el poder. De haber tenido estos factores hubiese sido el fin no solo de la dictadura borbónica sino del propio capitalismo.

Sin embargo se llamó a los trabajadores a confiar en la república burguesa, en vez de luchar por una república socialista.

Los dirigentes del PSOE, y la CNT, no dieron alternativa; el PCE era aún un pequeño grupo izquierdista, pero tampoco dio otra alternativa frente al gobierno republicano.

El empuje de las masas es aún muy elemental en abril del 31, aunque poco después, en octubre del 34, el avance habrá sido gigantesco, y en julio del 36 tendrá el poder en sus manos.

Pero al proclamarse la República se trataba del balbuceo de un niño, en comparación al posterior lenguaje revolucionario.

No cabe duda de que la IIª República era un avance respecto a la dictadura monárquica, pero más aún lo fue el gobierno de Kerensky respecto al zarismo, tras febrero del 17 en Rusia, y los bolcheviques pasaron a la ofensiva desde el primer día. Algo muy distinto sucedió aquí.

Los dirigentes obreros en una política conciliacionista (de colaboración de clases) se aprestaron a formar gobierno con la burguesía.

¡Qué abismo respecto a la política bolchevique en febrero de 1917 en la revolución que derribó al zarismo!

Ante la postura de Stalin y otros dirigentes de dar apoyo al gobierno provisional burgués que había reemplazado al Zar, Lenin envió el siguiente telegrama desde el exilio el 6 de marzo: «Nuestra táctica: desconfianza absoluta, negar todo apoyo al nuevo gobierno; recelamos especialmente de Kerensky; no hay más garantía que armar al proletariado; elecciones inmediatas a la Duma de Petrogrado; mantenerse bien separados de los demás partidos».

La política de colaboración de clases llevada a cabo por los dirigentes obreros condujo a que el gobierno burgués no solucionase ni uno solo de los problemas que habían llevado a las masas a derrocar a la monarquía.

Se había cambiado de forma de gobierno, de monarquía a república, pero lo esencial de la dominación de burgueses, caciques y terratenientes se mantenía. Se había sacrificado al rey Borbón al igual que una estrella de mar pierde uno de sus brazos con el fin de deshacerse de su enemigo.

Lenin frente a Kornilov

El gobierno republicano no solo no llevó a cabo lo que se esperaba de él sino que ejerció una dura represión contra los campesinos y obreros que luchaban por sus derechos.

Quizá el caso más destacado fue el del pueblo gaditano de Casas Viejas, en enero de 1933, donde la Guardia Civil quemó vivo a un jornalero, ametralló a varios más y fusiló a otros once.

Ante estos hechos Azaña mostró a las claras su repugnante carácter burgués diciendo: «En Casas Viejas no ha pasado más que lo que tenía que pasar» (Tuñon de Lara. La España del siglo XX. Pág. 349).

Y todo esto sucedía con el PSOE en el gobierno. Se había pasado de un millón de trabajadores en paro en 1931 a millón y medio en 1933.

La desilusión en la república, llevó al triunfo de la derecha en las elecciones de noviembre de 1933.

En Alemania, Italia y Austria el fascismo había llegado al poder tras aniquilar las organizaciones de clase. Los socialdemócratas no dieron batalla y los partidos comunistas atravesaban su época demencial del «socialfascismo» y fueron incapaces de plantear un frente único de lucha contra el fascismo, pues decían que en el fondo era lo mismo el fascismo que los partidos socialdemócratas. La historia dio un trágico mentís a esta política.

Quizá el destino de la clase obrera española hubiese sido el mismo que el de estos países, de no ser por una revolución que aunque fue ahogada en sangre frenó a la derecha clerical-fascista, y dio a la clase obrera nuevas oportunidades; nos referimos a Octubre de 1934, la Comuna de Asturias.

La revolución proletaria de octubre del 34 tiene más trascendencia de la que se le da en los manuales de historia. En ella quedó al descubierto la carencia fundamental del bando obrero; mientras los trabajadores con poco más que sus manos estaban dispuestos y eran capaces de tomar el cielo al asalto, sus dirigentes se enfrentaban entre sí por rencillas burocráticas y carecían de convicción en las posibilidades revolucionarias.

También demostró, pese a quien pese, cuales eran los bandos en conflicto: Por un lado la clase obrera, por otro la burguesía. Esto último quedó simbolizado porque los asesinatos en masa que ordenó el gobierno republicano contra los trabajadores asturianos fueron dirigidos por Franco.

Aquella heróica lucha, frenó a la reacción, y dio la oportunidad de la derrota electoral de la derecha en las elecciones del 16 de febrero de 1936.

Mientras la reacción se preparaba para aplastar a los trabajadores, siendo consciente la burguesía de que se trababa de una lucha entre la revolución o la contrarrevolución, la mayor parte de los dirigentes obreros trataban, tan inútil como erróneamente, de buscar una tercera vía. Esta política, que llevó a la derrota, quedó reflejada en el intento constante de «conciliación» con la burguesía republicana, primero en las elecciones, luego en el gobierno, y sobre todo en la funesta consigna de «primero ganar la guerra, después la revolución».

Todo esto se apoyaba en el argumento de que había que unirse contra Franco. De nuevo, qué lejos estaban de la política de los bolcheviques, que en circunstancias más adversas llevaron al éxito la revolución rusa.

Cuando en pleno proceso revolucionario en Rusia, Kornilov (al igual que Franco en España) amenazaba la supervivencia del gobierno de Kerensky (comparable a la República), Lenin dijo lo siguiente: «Ni aún ahora debemos apoyar al Gobierno de Kerensky. Sería una traición a los principios. Se nos pregunta: ¿Es que no debemos luchar contra Kornilov? Naturalmente que sí. Pero no es lo mismo; hay un límite, límite que ahora traspasan algunos bolcheviques, y con el que caen en la política de “conciliación”, arrastrados por el torrente de los acontecimientos» (Carta al Comité Central).

He aquí el tremendo contraste entre la política bolchevique de «todo el poder a los soviets» y la política llevada a cabo por la dirección del PCE, con la colaboración en momentos claves de la dirección del PSOE y de la CNT, de desarmar a los «soviets» y consolidar el poder burgués.

La historia oficial ha entregado a la derecha la conmemoración de los acontecimientos de julio del 36, pero es una auténtica falsificación histórica, ya que en esas fechas la contrarrevolución fascista demostró su extrema debilidad, mientras la clase obrera tomó, sin esperar consignas desde arriba, el poder en sus manos. Donde no lo hizo fue debido a la indecisión de los dirigentes y a la traición de los republicanos, y sólo se impondría el fascismo tras tres años de guerra civil.

En julio del 36 el gobierno republicano tenía mucho más miedo a la clase obrera que a los insurrectos: «El gobierno pierde horas preciosas sin tomar ninguna medida, pese a los requerimientos de las organizaciones obreras» (Tuñon de Lara. Pág. 531).

En realidad la burguesía quería un acuerdo con Franco y lo intentó siempre. Así se vió ya en julio del 36, pero en el 37 se intensificó esa actividad para «vender» al proletariado y pactar con Franco. El PNV llegó a un acuerdo de paz por separado con los italianos, y rindió los batallones vascos en Santoña, pero Franco quería una victoria incondicional y no respetó el acuerdo. Esto frenó las posibilidades del gobierno de la Generalitat, que por medio de Tarradellas ya estaba negociando también su rendición a los italianos. Y así, tras mayo del 37 todo demuestra que importantes militares republicanos, solo quieren preparar el acuerdo con Franco, y este sería el encargo del último gobierno, el de Negrín, llamado en lo que parece una broma macabra «el gobierno de la victoria».

Los burgueses republicanos actuaron de «Caballo de Troya» en las filas obreras desde el primer día. De ser por ellos, en julio del 36 Franco se hubiese hecho con el poder, pero la clase obrera no lo consintió:

«El gobierno no tiene ningún control sobre el país. En muchas ciudades son los sublevados quienes responden por teléfono al llamar al gobernador civil. En otros, aplastada la rebelión, apenas hay otro Poder que el de las organizaciones del Frente Popular» (Ibidem. Pág. 539).

Lo fundamental de la revolución española transcurre de julio del 36 a mayo del 37. Ese es el período en que la revolución era posible y ello hubiese traido la solidaridad internacional y la victoria en todos los frentes. A partir de mayor del 37 todo cambia.

Es necesario combatir la idea de que una guerra se gana o se pierde (sobre todo una guerra civil revolucionaria) solo o fundamentalmente con medidas militares. Eso es una falsedad que pertenece al campo del «cretinismo militarista». No tenemos aquí el espacio para desarrollar esta idea, pero cualquiera que haya estudiado los conflictos más importantes de la historia y, sobre todo, las revoluciones, comprenderá esto. Un ejemplo clásico lo tenemos en la guerra civil norteamericana, que ya fue estudiada por Marx, donde la liberación de los esclavos jugó un papel decisivo. A la misma conclusión llegaríamos estudiando desde la revolución china hasta la caída del Sha de Persia pasando por la guerra del Vietnam. En todos ellos lo decisivo no fue la superioridad militar.

Los mejores ejemplos los encontraremos en la Revolución rusa, y el enfrentamiento victorioso del Ejército Rojo, dirigido por León Trotsky, no solo contra los «Blancos» sino contra varios ejércitos extranjeros. Esto es porque una revolución aplica a la guerra una política revolucionaria. No es nuevo, ya lo dijo Clausewitz: «La guerra es la continuación de la política por otros medios».

Una política revolucionaria revela su superioridad en la guerra frente a una política de «conciliación». Un solo ejemplo nos sacará de dudas; La cuestión nacional y colonial.

Franco basó todo su primer impulso en el apoyo en las colonias de Africa. Durante toda la guerra el apoyo de las tropas moras y de legionarios a Franco fue muy importante, pero en los primeros meses era cuestión de vida o muerte para los fascistas. Cualquier historiador reconoce que si se hubiese estrangulado la retaguardia africana, hubiese sido tanto como estrangular la sublevación, y eso hubiese sido fácil de hacer:

«El general Gallard, que fue comandante de las Fuerzas Aéreas de la Alemania de Hitler, ha escrito rememorando la situación de 1936: La mayor parte de las fuerzas armadas ganadas a la causa de la derecha se encontraba en Marruecos, bajo las órdenes de Franco. El jóven general —tenía entonces cuarenta y tres años— contaba con sus moros, perfectamente entrenados y ávidos de batirse, para socorrer a sus amigos, cercados por todas partes en la Metrópoli. Pero la Marina había permanecido fiel a la República y controlaba las comunicacione marítimas. Los republicanos se mantenían sólidamente en Madrid y Barcelona y en tres cuartas partes del territorio español. Los nacionalistas se defendían desesperadamente en el Sur, el Noroeste y en algunas ciudades aisladas. Mussolini y Hitler decidieron socorrer a Franco. Se fundó la Hisma, empresa de transportes aéreos que, con Junkers 52 y tripulaciones alemanas, decidió llevar a la Península los refuerzos marroquíes volando sobre el Estrecho. Con este primer puente aéreo de la historia, Franco pudo, desde los primeros meses de la guerra, mejorar las posiciones nacionalistas» (Ibidem. Pág. 572).

¿Por qué decíamos que era fácil dar un giro a esta situación? Con una medida sencilla: Declarar la independencia de Marruecos y facilitar que el gran dirigente Abd-el-Krim pudiese llegar a este territorio para facilitarle la lucha.

«¿Libertad a Marruecos? Delegaciones de árabes y moros se presentaban ante el gobierno para solicitar un decreto. El gobierno permanecía inmutable. El terrible Abd-el-Krim, exiliado por Francia, rogó a Caballero que intercediera ante Blum para que éste le permitiera volver a Marruecos para dirigir una insurrección contra Franco. Caballero no quería interceder, ni Blum conceder. Alzar al Marruecos español podía poner en peligro la dominación imperialista en toda Africa» (F. Morrow. Pág. 143).

Pero en la cuestión nacional, como en otros aspectos, los dirigentes obreros del Frente Popular habían abandonado la política revolucionaria que hubiese garantizado el triunfo sobre el fascismo.

El programa esencial hubiese sido, junto con la proclamación de la independencia de Marruecos y el derecho de autodeterminación de las nacionalisdades, la entrega de la tierra a los campesinos, la colocación de las fábricas bajo control obrero y la constitución de las milicias obreras como el único ejército del proletariado exigiendo la disolución del ejército regular republicano incorporando a sus mejores elementos a las milicias.

Confiamos en que las páginas que siguen contribuyan a dejar claros algunos hechos esenciales del período más importante, (y por ello, sobre el que más se ha mentido) de la historia del Estado español. Una época en que la clase obrera demostró que lleva en su seno una nueva y mejor sociedad. Se atribuyen conquistas progresistas a la IIª República y habría que decir que fueron las conquistas de los trabajadores «a pesar» de la república burguesa.

A ochenta años del inicio de la guerra sigue siendo muy importante hacer un balance de aquella época. Por la CNT hizo balance la historia, pues nunca recuperaron su influencia. Los dirigentes anarquistas, con excepciones gloriosas como Durruti, que se negaban a luchar por un Estado obrero, por no aceptar ningún Estado, se aprestaron a consolidar el Estado burgués frente a la clase obrera, lo que supuso enfrentarse a su propia base. Hicieron realidad en forma trágica la broma que se hacía acerca de los anarquistas rusos cuando se decía que su programa constaba de dos artículos: Primero, no habrá orden ni gobierno. Segundo, nadie estará obligado a cumplir el artículo precedente. Hoy es el día en que ni el PSOE ni el PCE han hecho una autocrítica de aquellos hechos. Los dirigentes del PCE, especialmente, aún tienen una deuda con la historia, pues muchos revolucionarios sinceros cayeron muertos por las órdenes de la estalinista GPU, acusados de agentes de Franco, al igual que asesinaron a Trotsky acusándolo de agente del fascismo internacional. El único delito de estas víctimas había sido luchar por la revolución.

No se puede escribir de la historia sin tomar partido, y nosotros lo tomamos abiertamente. Pero la causa con la que simpatizamos no es sólo la de las libertades formales contra el franquismo, sino la causa de la clase obrera revolucionaria contra la república burguesa, la de los jornaleros de Casas Viejas y tantos otros, la Comuna de Asturias, Mayo del 37… y tantos jalones de lucha heróica de nuestra clase por llevar a cabo la Revolución Socialista.