Brexit: comienza la cuenta atrás

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Alberto Arregui y Jordi Escuer

El proyecto de una Europa fortaleza, sobre las bases del capitalismo, se resquebraja irremediablemente con la decisión británica de abandonar la Unión Europea. No es una buena noticia, pues aunque demuestra el callejón sin salida al que la historia enfrenta a las clases dominantes del viejo continente, genera un riesgo digno de ser tenido en cuenta: la descomposición, sin alternativa, es el caldo de cultivo ideal para el engorde de los peores monstruos, de la xenofobia, el racismo, el nacionalismo más obtuso, bajo las banderas patrióticas, las monedas nacionales y las llamadas a “la soberanía nacional”. La campaña del “Brexit” así lo ha demostrado estando comandada por la invocación del miedo, el rancio patriotismo imperial y la xenofobia más repugnante.

Las murallas de Jericó amenazan con derrumbarse, pero no por el asedio del cambio social, de la lucha unida de la clase obrera europea, sino por las descomposición reaccionaria en líneas nacionalistas.

 

El voto del miedo

Si de algo no cabe duda es que el factor determinante que ha provocado el voto del “Brexit” ha sido el miedo, el convencimiento de que la llegada de inmigrantes al Reino Unido es una amenaza.

¿Pero acaso esta idea es sólo una seña de identidad de los partidarios del “Brexit”, de los patriotas británicos del UKIP de Nigel Farage? Sin duda su partido, como el de Le Pen en Francia, Amanecer dorado en Grecia o el PP en el Reino de España, son los defensores más consecuentes de la xenofobia y el patrioterismo, pero no tienen la exclusiva.

Si algo ha permitido que esta idea atroz, de culpar a los refugiados que huyen de un mundo que está siendo destruido entre otras cosas por la intervención económica y militar de las potencias mundiales de las que la UE forma parte, son el mayor peligro para “nuestra cultura nacional”, es que todos los partidos mayoritarios en Europa han caído en esta cantinela, conservadores, liberales y socialdemócratas.

Desde luego es el caso de Gran Bretaña, los más brutales partidarios de romper con la UE han agitado con fotos de una invasión de las islas por parte de las personas migrantes. No con fotos de Lesbos, o de las vallas donde mueren, sino montajes que figuran una avalancha imparable. Pero los partidarios de mantenerse también han incluido en su campaña “el peligro de la inmigración”, hablando de recortar los derechos de los extranjeros, de limitar el derecho de asilo, de renegociar con la UE para que las islas no tuvieran que cumplir ni siquiera los escuálidos compromisos comunitarios.

Nos puede servir de ejemplo lo que hemos vivido aquí, donde el PP ha agravado la situación de las personas migrantes, pero los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIEs) han sido constituidos como cárceles por gobiernos del PSOE, donde el trato cruel, inhumano dado en nuestras fronteras, especialmente en Ceuta y Melilla, se ha hecho con el acuerdo del bipartidismo.

Es sin duda un espantajo eficaz que intenta ocultar los auténticos problemas de la economía capitalista, que intenta desviar la atención de una situación en que la mayoría de la población empobrece mientras una minoría aumenta su riqueza. Se busca una cabeza de turco, lo fueron “los judíos”, para la extrema derecha y ahora son “los extranjeros”, pero no todos los extranjeros, sólo los pobres. El racismo es una forma abyecta de clasismo, es un arma de la clase dominante, para que una parte oprimida de la población sienta que tiene algo “que defender”, un estatus económico y nacional, frente a un enemigo “inferior”, en lugar de hacer causa común contra el verdadero enemigo: la banca, el Ibex 35, la clase dominante de toda la Unión Europea.

 

El camino es el internacionalismo, no el nacionalismo

También está claro que no podemos compartir los argumentos de Cameron u otros partidarios de la UE, pues lo hacen por sus propios intereses de clase, para organizar una explotación común de la clase obrera europea y poder tener una posición más sólida en el mercado mundial y en la especulación financiera, pero lo sucedido debiera hacer reflexionar a esos sectores de la izquierda que ven progresista la reivindicación de romper con Europa y buscar una alternativa nacional en una supuesta “soberanía” y moneda propia, argumentando que ese es el camino para resolver los problemas que afectan al pueblo trabajador. Cuando hablan de “recuperar la soberanía”, se olvidan de que no se puede recuperar lo que nunca se ha tenido. La soberanía del Estado español reside en sus instituciones que no están al servicio del pueblo sino de la clase dominante, por eso de lo que deberíamos hablar, en todo caso, es de “conquistar” una sociedad construida para satisfacer las necesidades del pueblo trabajador, y para ello el camino no es el nacionalismo (serían los argumentos del nacionalismo burgués catalán, o en versión anticapitalista de la CUP) sino el internacionalismo.

Desde luego, la UE no es reformable, pero tampoco lo es el Estado español. Por ello colocar el debate en la “salida nacional”, en la soberanía, es un error. Hay que construir una nueva Europa, sin que eso sea incompatible con proponer reformas en la UE, que no es lo mismo que pensar que es posible transformar las instituciones de la UE en un sentido socialista. También pedimos reformas de todo tipo en el “marco nacional” (derogación reforma laboral o ley mordaza, mayor inversión en vivienda, sanidad o enseñanza, creación de un Banco Público…) y ello no quiere decir que santifiquemos las instituciones o pensemos que el Estado es neutral. Al contrario, la lucha por esas reformas se convierte en un escuela necesaria para que las clase trabajadora eleve su nivel de organización y de conciencia sobre la necesidad de una transformación socialista de la sociedad.

Sin duda, los compañeros que defienden una salida en líneas nacionales, abandonando la UE, están cargados de buenas intenciones, como empedrado está el camino del infierno de esas buenas intenciones. Si de algo no deja duda lo sucedido en Gran Bretaña es que el “brexit”, como lo sería el “Espexit”, atiza una ola de violenta xenofobia, de racismo, de nacionalismo, en definitiva proporciona armas a los sectores más reaccionarios de la sociedad, no a los progresistas.

Esa posición “patriótica”, no sólo nos aleja de los pueblos de Europa, sino que contribuye a sembrar la división entre la clase trabajadora, en lugar de insistir en la necesidad de la unidad por encima de las fronteras.

Estos días estamos viviendo, en contraste, una lucha magnífica de la clase obrera francesa frente a las políticas de austericidio (significativamente de un gobierno “socialista”), eso pone en el orden del día, la que realmente tendría que ser la bandera de la izquierda europea: luchar unidos, levantar un movimiento del conjunto de los pueblos de Europa que plante cara a nuestros adversarios, una Europa de los pueblos frente a la Unión Europea de los mercaderes.

Es quizá la mayor paradoja de la época que estamos viviendo; la izquierda, el movimiento obrero, que fue la cuna del internacionalismo, se halla dividido, mientras las clases dominantes de Europa se organizan para subyugarnos.

Hemos visto algunos embriones, como “El Plan B” para Europa, pero tenemos que ir más lejos, necesitamos levantar un programa común de lucha, organizar una huelga general en Europa, mostrar que existe otro camino.

Que las viejas estructuras de dominación se derrumben es una buena noticia si podemos oponerle un programa de transición, una alternativa de transformación socialista de la sociedad. Pero si se descompone la sociedad sin alternativa veremos cómo ese camino que se ha abierto a la barbarie en distintas zonas del planeta también alcanza al continente europeo.

Sin duda esa es la tarea, creer en nosotros mismos, decir con orgullo y convicción que tenemos una alternativa a la quimera de la UE capitalista, la construcción de una Europa de los pueblos, de una sociedad socialista.