Un tercio del patrimonio natural mundial se encuentra amenazado por la explotación petrolera, de gas o minera

Samuel Romero Aporta, militante de IU Madrid
Publicado en ctxt.es

Las políticas públicas parecen estar adaptándose al reto de acomodar nuestras ciudades, regiones y países a las consecuencias del cambio climático. Pero disfrazar de sostenibilidad las propuestas enunciadas por las élites económicas nos abocan al fracaso (otra vez). Las transformaciones sosegadas suelen mostrar ese engranaje perfecto entre las estructuras políticas y los intereses económicos dejando, como un paraguas de algodón al frente de una tormenta, a las clases populares desnudas frente a la transformación.

Particularmente, la necesidad de cambiar los patrones de movilidad en nuestras ciudades, vinculados a modelos de desarrollo insostenibles, y centrados en la polaridad residencia trabajo que promueve el urbanismo propio del capitalismo fordista, ha sido la apuesta de numerosas urbes. El problema radica en el eje de las líneas planteadas. Vuelven a proponer soluciones parciales que aplazan o desplazan el grave problema al que nos enfrentamos. Si el problema es intrínseco al modelo capitalista, las soluciones no pueden estar planteadas desde la continuidad de los beneficiados de este modelo. Hablo de la propuesta centrada en el vehículo eléctrico.

Las alternativas a problemas sociales, ambientales y económicos se han presentado tradicionalmente como la materialización de políticas transversales. Es decir, nos han intentado convencer de que la solución adoptada es la más justa para todos los estamentos sociales. Para ello han empleado las herramientas de esta maquinaria: medios de comunicación, publicidad e incluso subvenciones públicas. Es la forma de intentar hacernos ver que las medidas propuestas son adecuadas, pensadas, sin influencias externas, teóricamente concebidas para la mejora de nuestra sociedad. Por eso es fundamental adoptar una visión crítica, dar un paso al lado para analizar la convivencia de intereses y plantear cuáles son realmente las soluciones efectivas para la clase trabajadora.

Carbón, petróleo y, ahora, el tándem litio-cobalto. En torno a la explotación y el consumo de estos recursos finitos, se ha ido desarrollando la propuesta tecnología en el marco de la movilidad impulsada para la continuidad del sistema capitalista. Las soluciones planteadas como evolución ante una crisis en el sistema anterior han hipotecado a la clase trabajadora. La desigualdad entre las clases sociales ha quedado más agraviada cuanto más cerca está de la codiciada materia prima. Estamos ahora en una nueva etapa, aderezada de sostenibilidad, que no deja de ser un estadio más de la política desarrollista al servicio del capitalismo y que deja entrever la lucha de poder bajo esa capa verde contaminada de intereses. ¿No recuerda al milagro de los coches diésel?

Las crisis del sistema capitalista preparan, sobre retrocesos sociales y laborales, el siguiente escenario de expansión y explotación. Van acompañadas de un incremento de la concentración de capital o, como en este caso, de recursos naturales y de un retroceso en materia de derechos sociales, laborales o ambientales de la clase trabajadora. La que sufre sus consecuencias.

Durante las últimas dos décadas, se han acentuado las crisis ecológicas provocadas por el capitalismo basado en la acumulación y expansión continua. Es curioso que los promotores del sistema que ha provocado el escenario actual sucumbido en una emergencia ecosocial y ambiental sean los que planteen, con la movilidad centrada en el coche eléctrico, la solución a modo de panacea. Pero pensemos un poco.

El probable ciclo de agotamiento del petróleo o, mejor dicho, de agotamiento de la rentabilidad en la extracción del petróleo, planteado en la tesis del pico de Hubbert, ha conseguido introducirse en la agenda de las políticas públicas de los países desarrollados, cuando la “solución” ya está decidida. En este caso, los sectores estratégicos como el transporte, energético, movilidad, o la ordenación de nuestro territorio (pensemos en el nivel de presión que ejercen) han apostado por el vehículo eléctrico. Se ha construido sobre el vaticinado fin de la era del petróleo y cuando ya son incuestionables las teorías que colectivos ecologistas llevan planteando décadas.

Pero es un paso atrás donde debemos centrar la visión crítica: ¿es la movilidad eléctrica una apuesta por la sostenibilidad? ¿es el único cambio que se va a producir en nuestras ciudades? ¿son suficientes políticas públicas de trasvase  de la movilidad basada en el petróleo como fuente de energía a la movilidad eléctrica? ¿quién sale beneficiado con la implantación de este nuevo modelo?

Hace falta una visión algo más global. Según un informe de WWF de 2015, un tercio del patrimonio natural mundial se encuentra amenazado por la explotación petrolera, de gas o minera. La inmensa mayoría de los capitales privados invertidos en África, desde principios del S. XIX, fueron destinados a la industria extractiva de minerales. La República Democrática del Congo acumula más de 50% de las reservas de cobalto del planeta. Sin embargo, desde su colonización por parte del rey Leopoldo II, sus riquezas materiales han sido explotadas sistemáticamente en beneficio de los intereses occidentales. Las plusvalías sobre la producción de cobalto se concentran mayoritariamente en las manos del gigante suizo Glencore y de las firmas chinas China Molybdenum y CDM.

Este ingente negocio ha propiciado guerras y corrupción en la RD del Congo. Desde la independencia de Bélgica en 1960 y la descolonización, la lucha por el control y la explotación de ese territorio rico en diamantes, cobre, uranio, coltán, cobalto etc., condujo al país a un enfrentamiento continuo entre guerrillas financiadas y apoyadas por más de 9 países. La segunda guerra del Congo entre 1998 y 2003 recibió el nombre informal de la Guerra del Coltán causando más de 5 millones de muertos.

En 2016, de los 2.600 millones de dólares ingresados por las compañías privadas que gestionan las explotaciones mineras, únicamente 88 millones de dólares recalaron en las arcas del país africano. El reparto y la fiscalidad de este sangrante negocio están sometidos al código minero de 2002 bajo el dictado del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional que favorece a las multinacionales extranjeras que explotan las minas de cobalto. La tasa de imposición fiscal inscrita en este código es solamente del 2% para el cobre y el cobalto, mientras que en otros países alcanza hasta el 14%, como es el caso de Chile. Obviamente, el precio del cobalto se ha disparado en la preparación del siguiente ciclo de explotación capitalista. Sólo en el 2017 el precio de la tonelada de cobalto se incrementó un 235%. Y el proceso de expansión del coche eléctrico como la solución a los problemas de movilidad (sic) no ha hecho más que empezar.

A la crisis ecológica y social que provoca la extracción del cobalto al servicio del capital financiero occidental, se suma la explotación laboral infantil. De acuerdo con UNICEF, más de 40.000 niños de entre 3 y 7 años trabajan en las minas del sur del país. No importan los medios. Es el mercado, amigos y amigas.

En la última década Estados Unidos y China han aumentado la compra e importación de cobalto para asegurar unas reservas de emergencia en caso de inestabilidad en la obtención de este material. Resulta familiar, ¿verdad? Repitiendo el modelo de explotación del petróleo preparan la siguiente crisis ecosocial y la acumulación de capital, traducido, en esta crisis, en materia prima.

Estas relaciones de interés pretenden situar las soluciones diseñadas por las élites económicas como el imprescindible futuro “sostenible” de las ciudades del primer mundo. Desplazan la crisis ecosocial y ambiental a los países que poseen estos recursos materiales y hacen más profunda aún la desigualdad de clases entre las élites multinacionales y la clase trabajadora de los países subdesarrollados.

La búsqueda del crecimiento continuo lleva a entornos insostenibles. Agotado un recurso o la rentabilidad económica y social del mismo, plantean una nueva vía y ponen toda la maquinaria a su alcance para la consecución de su único objetivo. El capitalismo no es sostenible desde el punto de vista ecológico, porque el capital no se limita únicamente a apropiarse de la naturaleza y sus recursos para mercantilizarla, la modifica a su propia imagen y semejanza hasta convertirla en irreconocible.

Escucharemos y leeremos en los medios que la movilidad eléctrica es la única alternativa posible. Que es la solución necesaria a los problemas de movilidad y de contaminación en nuestras ciudades. Pero obviamente es falso: ¡claro que hay alternativa! El problema es que ésta pasa por enfrentarse a los intereses del sistema capitalista y romper con las élites económicas que llevan décadas encadenando crisis económicas, sociales y ambientales. ¡Es que son éstas el alimento de su maquinaria!

Porque cualquier persona o situación que interfiera con las ganancias, la nueva inversión y la expansión de los mercados, amenaza la sostenibilidad, pero la del sistema, al crear las condiciones para nuevas crisis económicas. El capital es el peor enemigo de sí mismo. Cuanto más poder tengan las élites, mayor será la explotación de trabajadoras y trabajadores y mayores serán las ganancias potenciales. Pero eso hará cada vez más complicado que esas ganancias potenciales se hagan realidad.

Por eso desde el ámbito local o regional deben plantearse soluciones que no fomenten un nuevo ciclo de crecimiento de capital en torno a la explotación de materias primas, contaminadas de corrupción, que provocan el agotamiento de recursos naturales y contribuyen de manera obscena a la explotación laboral. Deben recuperarse conceptos de planificación en torno a la proximidad y la accesibilidad de forma que se tienda a eliminar la dependencia sobre el consumo de materiales y recursos naturales.

Esto no será la solución definitiva a las crisis ecosociales, pero debe servir para empoderar a la sociedad con alternativas que no hipotequen su futuro ni los de su clase. No es suficiente abordar la problemática ambiental actual únicamente bajo políticas de restricción del vehículo contaminante. La ecología, la reducción del desequilibrio territorial y el feminismo deben estar en el foco de la transformación de nuestras ciudades y regiones y, por ende, la transformación radical de nuestras relaciones sociales. La apuesta por soluciones alejadas del engranaje capitalista, aisladas de las lógicas de mercado imperantes que analizan la rentabilidad de cualquier servicio colectivo debe marcar el camino de una apuesta transformadora y rupturistas de futuro.

¿Y si el crecimiento se diera sobre el consumo cultural y de conocimiento? ¿y si abandonamos las lógicas consumistas sobre un modelo condenado a fracasar y a ahondar en las desigualdades sociales? ¿y si apostásemos por proteger los recursos naturales?

Para hacerlo, planteémonos seriamente avanzar hacia un sistema económico compatible con la vida. Estamos a tiempo.