En Grecia, ganó el mal menor

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El pueblo griego trata de asimilar la derrota que supone el acuerdo alcanzado por su propio gobierno con la Unión Europea. Son conscientes de que el futuro es tenebroso con la aplicación del draconiano memorándum y eligen el mal menor para enfrentarse a ese período del tercer rescate.

Confundir esa resignación, esa desorientación, ese compás de espera, con un “apoyo renovado a Syriza”, confundir el miedo al futuro que se acerca y el rechazo frontal a Nueva Democracia y el PASOK, con “una voluntad de que Tsipras gestione el memorándum”, confundir la imposibilidad de que el ala de izquierdas se haya organizado a tiempo para poder tener un mínimo resultado electoral, acorralada desde el aparato del Estado burgués por Tsipras y los suyos que han secuestrado al partido, con la inexistencia de alternativa, todo ello es un grave error de apreciación. Felicitar al pueblo griego por este resultado, es como felicitar a los parientes del muerto en un funeral.

Estas elecciones cierran un ciclo político, en el sentido más literal de la expresión, pues cierran por derrumbe el camino que con tanto sacrificio había construido la clase obrera y el pueblo griego en un intento ejemplar de transformar la sociedad, de echar atrás las políticas salvajes de los gobiernos europeos agrupados bajo la doctrina del fundamentalismo capitalista.

Y si analizamos las elecciones y sus consecuencias podremos entender fácilmente la gravedad de la situación.

Síntomas preocupantes

La participación ha caído del 63,87% de las elecciones de enero, al 56,57% de estas. En una grave situación política y siendo obligatorio el sufragio, más de 600.000 votantes se han unido a la abstención. La falta de alternativa es evidente y esos 7,05 puntos de caída en la participación son muy significativos por sí mismos ya que no se trataba de un contexto de apatía, sino al contrario es un rechazo “a todos”, un campo abonado para el crecimiento de los nazis en cuanto las espaldas del pueblo griego acusen los primeros latigazos de la imposición del Eurogrupo.

La derecha de Nueva Democracia (ND), no se recupera, cae en votos (pierde casi 200.000), y mantiene el porcentaje casi igual (del 27,1% al 28%), lo que confirma que los partidos directos de la burguesía griega han sido derrotados y difícilmente pueden jugar un papel, a corto plazo, de recuperar el control directo de la situación política del país.

Amanecer Dorado (AD) sólo pierde 10.000 votos, lo que le da un porcentaje casi igual (del 6,28% al 6,99%). Una prueba más de que hemos llegado al punto de inflexión, pero que aún el ambiente dominante es el del ciclo ascendente de la lucha de la clase trabajadora, y la derecha y los nazis no podían recoger unos frutos aún verdes. Pero no sólo las uvas maduran, también lo hacen las condiciones sociales para el avance del nazismo, y la condición histórica decisiva sobre la que avanzan es la derrota del movimiento obrero y la falta de alternativa por la izquierda. Sí, hay razón para estar preocupados.

La crisis de la izquierda

El Movimiento Socialista Panheléncio (PASOK, el Partido Socialista griego) sigue destrozado por haber aceptado ser un instrumento de la clase dominante y divorciarse completamente de la clase obrera griega. Eso no es un fenómeno nuevo, lo hemos visto en otros países, como Italia y el Reino de España. Ahora le toca el turno a Syriza, la burguesía europea ha comprendido muy bien que la clave en Grecia era sustituir el enfrentamiento directo por la cooptación de los representantes del pueblo griego y, al parecer está teniendo bastante éxito con Syriza.

El Partido Comunista Griego (KKE), muestra su patética incapacidad de ser una alternativa y mantiene el porcentaje (del 5,47% al 5,55%) con la pérdida de 38.000 votos. Las valoraciones políticas se deben hacer en un contexto, no en abstracto; aunque en el Estado español vivir en torno al 5% de los votos puede ser un sueño para muchos, en el proceso griego es la prueba incontestable de la impotencia, de la irrelevancia a la que lleva una práctica sectaria incapaz de haber entendido que el proceso de una alternativa de izquierda ante la claudicación de la dirección de Syriza, pasaba por la propia Syriza. En lugar de eso, ellos siguen siendo irrelevantes y han contribuido a que la mayor esperanza para la izquierda, que era la Unidad Popular, la escisión de Syriza encabezada por Lafazanis, y que recibió el apoyo de la presidenta del parlamento griego Zoé Konstantopoulou , y, a última hora, del propio Varoufakis, haya fracasado. Y este fracaso es, sin duda, la peor noticia de estas elecciones.

SYRIZA pierde casi 300.000 votos (de 2.246.064 a 1.920.538) con una ligera caída de porcentaje (del 36,34%, al 35,47%), aunque con la ley electoral de Grecia eso supone una pérdida pequeña de escaños (de 149 a 145). Pero la pérdida de esta formación ha sido mucho más grave de lo que parece; para quienes tenemos experiencia política no pasa desapercibido el hecho más notorio, la pérdida de militancia. Miles de activistas han dejado de apoyar a Syriza, y este factor que no ha tenido tiempo de reflejarse en las elecciones, tendrá un claro reflejo en los meses que vienen, contribuirá al giro “institucional” de Syriza, a la falta de control democrático de sus dirigentes, a la corrupción y, en definitiva, a convertirlo en “un partido de orden”, que defenderá el sistema con todas sus consecuencias. Ya ha comenzado por estrechar su abrazo con la derecha nacionalista. La historia reciente del PSOE e incluso la nuestra, la del PCE-IU, debiera servirnos de escuela.

La Unida Popular

La escisión de Syriza, la Unidad Popular, no ha tenido tiempo de organizarse y queda fuera del parlamento. Se trató a todas luces de una escisión prematura, que fue forzada por el propio Tsipras utilizando el aparato del Estado contra Syriza, evitando la celebración del congreso. La jugada le salió bien, pues la izquierda cayó en la provocación y corre el riesgo de quedar aislada. También ha contribuido a esto la vacilación en romper. Tiene su lógica, pues a ellos mismos les habrá costado mucho aceptar el cambio de bando llevado a cabo por Tsipras (de hecho muchos aún no lo ven, ni en Grecia ni en IU o Podemos). Esas vacilaciones llevaron a que el ala izquierda no defendiera un plan B, ni en el Gobierno, ni en el Partido, ni en el Parlamento. Después, aun teniendo mayoría en el Partido, le dejaron la iniciativa a Tsipras que convocó elecciones para escapar de un congreso de Syriza en el que con toda probabilidad hubiese perdido la mayoría. Remodeló el Gobierno a su gusto, echó a toda el ala izquierda, y les quitó la iniciativa. En política la falta de audacia en los momentos clave se paga muy cara.

En ese juego también tiene su papel el sectarismo intrínseco del KKE, pues un nuevo frente de izquierdas hubiese tenido más posibilidades de aparecer como una alternativa viable y evitar el “voto útil” al partido del Gobierno.

En una situación así era previsible el triunfo de Syriza, no por mérito propio, sino por ausencia de alternativa. La derecha no podía ganar de forma inmediata (necesitará más tiempo), pues ha sufrido una derrota que no es consecuencia de un vaivén electoralista, sino de una profunda transformación de la psicología de las masas en Grecia como consecuencia de las luchas durante casi una década.

El síndrome de Vichy

Y dentro de la izquierda no ha dado tiempo a una recomposición (además de los errores), por eso se elige “el mal menor”; aún habrá cientos de miles de griegos que piensan que Tsipras hará lo posible y lo imposible para que la aplicación de las imposiciones del plan de rescate sean lo menos dañinas para el pueblo griego y que, en cualquier caso, es mejor que siga él que un gobierno de la derecha. Una idea que comparten muchos dirigentes de Podemos y del PCE-IU.

Es, por cierto, una idea muy extendida entre la “izquierda impotente”, de la que son un buen exponente las direcciones de CCOO y de UGT, que parte de una premisa muy antigua: “como somos impotentes para conquistar nuestros derechos, es mejor que seamos nosotros los que administremos la rendición”. Es algo así como un “síndrome de Vichy”, el gobierno colaboracionista francés ante la ocupación alemana.

El tiempo dejará muy claro el error que supone el pensar que es mejor que la izquierda administre el capitalismo, sobre todo en períodos en que la política económica tiene como eje la destrucción de todos los derechos sociales y laborales, empezando por una situación con un 25% de desempleo. No es la primera experiencia en la historia y conviene tener memoria. El efecto de esta política de colaboración de clases (sería mejor decir de “sometimiento” de la clase obrera a la clase burguesa), tiene un efecto demoledor, detiene la presión de la lucha y anima a esa minoría de buitres que dominan Europa a apretar más aún la tuerca.

El caso del PSOE

Todas las comparaciones tienen muchas limitaciones, pero no está de más echar un vistazo a lo que pasó en el Estado español cuando el PSOE llegó al gobierno en 1982, tras el golpe de Estado de 1981 y los consecutivos gobiernos de la derecha post dictatorial.

Algunas personas se escandalizan cuando comparamos a Tsipras con Felipe González, pero siempre teniendo en cuenta que todas las comparaciones tienen limitaciones, existen muchos puntos en común, tanto del comportamiento de ambos dirigentes (claro, el Felipe de los años 70 y 80) y también de la reacción de los electores.

En octubre de 1982 el PSOE obtuvo 10.127.000 votos, lo que suponía el 48,11% de los votos, una mayoría absoluta que no se le aparece a los dirigentes de Podemos o de IU ni en sus mejores sueños. A la burguesía no le costó nada entender que “necesitaba” al PSOE para llevar a cabo una política económica de agresión a las conquistas sociales, y todas las promesas quedaron en humo. El gobierno de González tras unos meses iniciales de tímidas reformas, claudicó y se aplicó a llevar a cabo las exigencias de la burguesía española y europea. Aun así, después de la salvaje reconversión industrial, la entrada en la OTAN, la represión… cuando en 1986 se celebraron elecciones recibió 8.901.718 votos, es decir el 44,06% de los votos.

En gran parte los motivos se pueden equiparar; La derecha sufría una derrota histórica y a la izquierda del PSOE, tanto el PCE, primero, como años después IU, eran incapaces de ofrecer alternativa.

En 1982 el PCE obtuvo sólo cuatro escaños, con un 4,02% de los votos. Era el fracaso absoluto de todas las tesis del eurocomunismo, arrollado por la socialdemocracia. Después el PCE tendría la audacia de ser el principal actor de la formación de Izquierda Unida que, aun así, sólo llegó a siete escaños y 4,63% de los votos en las elecciones de 1986, a pesar de que tres meses antes en el referéndum de la OTAN el voto negativo había alcanzado un 40%.

El partido socialista, con Felipe González al frente, aun ganó en dos procesos electorales más, en 1989 (39,60%) y en 1993 (38,78%). Un período histórico que demuestra que conquistar la hegemonía en el campo de la izquierda no es una tarea sencilla y que, desde luego, los dirigentes del PCE y de IU han fracasado repetidamente en ese intento. Es más, una vez que el PSOE pasó a la oposición, la dirección del PCE-IU, con Paco Frutos al frente, decidió pactar con sus dirigentes y arrastró de nuevo a IU a sus peores momentos, en los comicios del año 2000 cayó a ocho escaños y 5,45% de los votos.

Si hacemos este recorrido es para demostrar que cuando se desperdicia una ocasión, como aquella de la Transición a la que la dirección del PCE dio la espalda, o la que ahora se ha tenido en Grecia, no es nada sencillo recuperar las posibilidades. Analizar este proceso se convierte en una necesidad vital para intentar superarlo, no sólo en Grecia sino en toda Europa.

Grexit”: los retos de la izquierda griega

Un peligro evidente es el de la simplificación, que huye del problema central y se queda con alguna hoja del rábano. Y desde luego una de las hojas preferidas por aquellos que no quieren ir al fondo del asunto es la salida del euro, como si eso fuese a resolver los problemas del pueblo griego. La moneda no es sino un instrumento de una política determinada, se referencie en euros o en dracmas la política se hace en beneficio del pueblo trabajador o en beneficio de banqueros, especuladores y grandes empresarios. Ese es el auténtico dilema, lo demás es dar vueltas a la noria del capitalismo.

La clave está en las perspectivas. No hay margen de maniobra para el nuevo gobierno al que es poco probable que le queden más trucos en la manga. La clase trabajadora ha estado aturdida en los vertiginosos procesos desde enero de 2015, las elecciones, las expectativas, las negociaciones, el enfrentamiento con la troika, el referéndum, la dimisión y nuevas elecciones… es agotador sólo el pensarlo.

En esas condiciones y con un alto en los procesos de movilización es casi inevitable un reflujo en el movimiento. No es fácil captar el estado de ánimo del conjunto del pueblo trabajador en cada momento, pero es más que probable que se sientan frustrados, uno de los peores sentimientos, y que esa frustración aumente cuando sus condiciones de vida empeoren aún más por las medidas tomadas por “su” gobierno.

Tal como ha dicho Eric Toussaint, coordinador de la comisión sobre la deuda, constituida por el parlamento griego: “Ahora el Gobierno de Tsipras se convierte en cómplice de los acreedores en violaciones de los derechos humanos”.

Entramos en un período distinto, el desgaste del Gobierno será rápido y la polarización de clases irá en aumento. Los nazis de AD sacarán provecho de ello, y la izquierda se enfrenta a un gran reto.

Felicitar a Alexis Tsipras y a Syriza por haber mantenido la mayoría electoral en Grecia, sería lo mismo que felicitar a un cirujano que por error nos ha cortado una sola pierna, pues el error podía haber alcanzado a ambas extremidades.

Por supuesto, no podemos hablar sólo de la izquierda fuera de Syriza, lo que ha pasado supone que para generar una alternativa al gobierno habrá que contar con romper las propias filas del partido del Gobierno.

Eso es lo que nunca entendieron las sucesivas direcciones de IU, que era necesario ganar el apoyo de un sector decisivo de las bases del PSOE y la UGT, en el proceso en torno a la huelga general de 1988, que ha sido el mayor nivel de lucha de la clase trabajadora en el Estado español desde la Transición.

Confiemos en que en Grecia, el movimiento obrero, la oposición de izquierdas sepa encontrar el difícil, pero necesario camino que transita entre el adaptacionismo socialdemócrata y el sectarismo, y forje una nueva fuerza que haga honor a su historia y tengamos al fin a leones al frente de leones.

Alberto Arregui y Jordi Escuer