Aportación de Marina Albiol, eurodiputada de IU, al debate del centenario de la Revolución Rusa, en Espacio Público

Revolución es una palabra que escuchamos muchas veces, pero que adquiere su significado más profundo y esperanzador para las clases y los pueblos oprimidos cuando nos referimos a la Rusia del 17. No encuentro mejores ejemplos que la Revolución Francesa de 1789 y el alzamiento bolchevique para demostrar que, lejos de ser un sueño irrealizable, podemos cambiar el mundo desde sus cimientos para que los que hoy no son nada, lleguen a serlo todo.

Por eso, cien años después, las clases dominantes de todo el planeta se unen para mentir y arrojar confusión sobre aquellos acontecimientos y, también por eso, quienes creemos que al fin triunfará la razón en marcha tenemos la obligación de reivindicar aquellos hechos y afirmar que pueden volver a darse, puesto que la revolución que la humanidad necesita para dejar atrás el camino emprendido hacia la aniquilación de la Tierra es una revolución posible y necesaria para el género humano a escala internacional.

 

¿Por qué se dio la Revolución y por qué triunfó?

Todas las revoluciones incluida la Revolución Rusa, no son hechos puntuales o estallidos espontáneos, sino que se enmarcan dentro de procesos históricos que conducen hacia ellas. Por supuesto que en toda revolución se da un cambio cualitativo sustancial,“la toma del poder”, pero este no sería explicable sin tener en cuenta un proceso previo del que surge. Sin una preparación previa, consciente y detallada, no puede mantenerse en el poder y consolidar el cambio revolucionario de la sociedad.

Una revolución es un hecho excepcional en la historia, pero eso no impide que sea también un hecho periódico, incluso cíclico, ya que cuando un sistema “nuevo” pasa de la madurez a la decadencia es cuando surgen las revoluciones. Las nuevas fuerzas creadas por esa sociedad pugnan por surgir a la superficie y sustituir a las instituciones y relaciones sociales caducas. Es la dialéctica de la historia: las fuerzas engendradas por un sistema social quieren, ahora, acabar con ese sistema social que muestra síntomas claros de agotamiento y así poder crecer.

Toda sociedad humana, en la historia de la sociedad de clases, establece mecanismos de protección de los privilegios de la clase que domina la sociedad. El Estado en manos de la clase dominante de turno, tiene sobre todo el papel de proteger los intereses de los poderosos, de frenar cualquier intento de cambio, pero no puede evitar que nuevas fuerzas crezcan en su seno, lo que acaba llevando a un choque irreconciliable entre la clase decadente y la clase ascendente.

Una revolución rompe las resistencias y abre el camino a los cambios sociales, económicos y políticos que se han hecho imprescindibles para que la sociedad siga evolucionando. ¡He aquí la clave, tantas veces repetida y tan poco comprendida, del marxismo!: “La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”: ese es el motor interno. De ahí el enfrentamiento constante entre dos tendencias en el interior de la clase oprimida, mayoritaria, trabajadora: las tendencias conciliadoras con el sistema de explotación, y las tendencias revolucionarias. Un proceso que, por sí mismo, ocuparía un extenso estudio de la Revolución de Octubre.

Frente a una clase propietaria de la riqueza y los medios de producción, la clase que trabaja, la que sólo tiene para vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario, encierra un enorme potencial de transformación de la sociedad que se va gestando bajo la superficie y que, bajo determinadas condiciones históricas, surge a la superficie e intenta expresarse y transformar, no sólo la estructura de la sociedad, sino también la mentalidad humana.

Una verdadera revolución es creativa, supera cualquier plan o previsión, libera el genio humano, cambia el comportamiento y genera un nuevo clima en la sociedad. Así, los soviets, la creación más genial de la revolución rusa, no estaban en el programa de ningún partido, ni siquiera de los bolcheviques y, sin embargo, sin soviets no es imaginable el triunfo de octubre.

Esta es otra gran lección de la revolución rusa. Los bolcheviques tuvieron que luchar por ganar la mayoría entre los explotados al tiempo que luchaban contra los explotadores y fue a través de la lucha en los soviets como ganaron esa mayoría. Vemos pues como en una revolución se produce una profunda transformación de la conciencia social que lleva a pasar de confiar en un sistema social a respaldar a la fuerza política que propone su destrucción pero, ¿qué permite ese terremoto social?

A este respecto, Lenin extrae unas conclusiones: “Para poder triunfar, la insurrección debe apoyarse no en una conjuración, no en un partido, sino en la clase más avanzada. Esto en primer lugar. La insurrección debe apoyarse en el auge revolucionario del pueblo. Esto en segundo lugar. La insurrección debe apoyarse en aquel momento de viraje en la historia de la revolución ascensional en que la actividad de la vanguardia del pueblo sea mayor, en que mayores sean las vacilaciones en las filas de los enemigos y en las filas de los amigos débiles, a medias, indecisos, de la revolución. Esto en tercer lugar.”

A estas tres condiciones, Lenin añade la necesidad de contar con un partido, un programa claro y cuadros forjados en las ideas y en la lucha capaces de expresar las aspiraciones de su clase y la organización más amplia posible del pueblo, que en el caso de Octubre, fueron los soviets.

Todas estas condiciones se dieron en la Rusia del 17 que, a pesar de ser un país poco desarrollado, tenía una clase obrera agrupada en grandes concentraciones fabriles y, además, la lucha de la clase obrera dio inspiración a una guerra campesina contra la estructura de semi servidumbre del campo en el imperio ruso. Las consignas de pan, paz y tierra fueron capaces de agrupar las fuerzas necesarias y en unos meses llevar a grandes sectores de la población a pedir “todo el poder a los soviets”, no para sustituir al Zar por una democracia burguesa, sino para abrir el paso al primer Estado socialista de la historia.

Nada hay más contagioso que los ejemplos exitosos y el éxito de la revolución de Octubre cambió la faz de la tierra e hizo del siglo XX el siglo de las revoluciones. Hubo muchos procesos revolucionarios que fueron derrotados y aquí aún sufrimos las consecuencias de una de estas derrotas en el 39, pero otras muchas como China, Cuba, Vietnam, Angola, Mozambique, etc. triunfaron. No podemos hablar, pues, de cien años de distancia puesto que las revoluciones nunca han dejado de producirse, ni las contrarrevoluciones de actuar, mostrando la validez de la teoría marxista del Estado.

 

La revolución en el siglo XXI

Frente al centenario de la revolución socialista de la que nacería la URSS, algunas se plantean la duda de si hoy sería posible una nueva revolución. Francamente, creemos que hoy día no sólo es posible, sino que es imprescindible si queremos evitar la destrucción y el avance de la barbarie. Además, para ser efectiva, su ámbito debe ser internacionalista. Pero como ya hemos dicho, no surgirá por “generación espontánea”, sino que necesitan darse unas determinadas condiciones. Es imprescindible que superemos la crisis histórica que ha venido padeciendo la izquierda y que, comprendiendo la sociedad en que vivimos, seamos capaces de entender y explicar que el socialismo no es una opción sino una necesidad histórica. Eso debe reflejarse en nuestra actitud cotidiana, dando ejemplo, generalizando las luchas a partir de los problemas particulares y reivindicando reformas que no nos conduzcan a maquillar la sociedad en que vivimos, sino que muestren su incapacidad de satisfacer las necesidades humanas si no es a través de un cambio revolucionario.

Nunca en la historia de la humanidad ha existido una clase obrera tan numerosa como la actual y en ella reside un gigantesco potencial transformador.

Pero al tiempo hay que ser consciente de que las organizaciones, partidos y sindicatos deben ser superados por una revolución que creará sus propias formas de expresión. Y seamos humildes: no podemos sustituir a la revolución, pero si podemos prepararnos para ayudar a que sea posible. Lo que ha sucedido una vez puede volver a suceder si persisten las causas que lo hicieron necesario. Ese es el miedo de las clases dominantes de todo el mundo, esa es la esperanza de quienes de una u otra forma sufren injusticia y desigualdad. El miedo de unos y la esperanza de todas nosotras es porque no hablamos de un sueño, sino de una realidad que transformó la historia de la humanidad, que provocó un siglo de revoluciones y que como toda transformación que afecta al conjunto de la humanidad, necesita de tiempo y nuevos intentos para llegar a realizarse.

En el 17, el socialismo era la única alternativa a la explotación, la guerra y la miseria. Hoy es, además, la única alternativa a la degradación del Planeta y la barbarie y cómo nos recordó Rosa Luxemburgo, la revolución social se alzará de nuevo exclamando: “Fui, soy, seré”.