Aportación para el debate en Izquierda Unida

Alberto Arregui (Coordinadora Federal de IU)

«Odio y desprecio ahora a Kautsky más que a nadie por su sucia, vil y fatua hipocresía. No ha sucedido nada, según él, no se han abandonado los principios, todos tienen el derecho de defender a su patria. El internacionalismo, fíjense ustedes, consiste en que los obreros de todos los países disparen unos contra otros ‘en aras de la defensa de la patria’. Tenía razón Rosa Luxemburgo cuando decía, hace tiempo, que Kautsky tiene el ‘servilismo de un teórico’: espíritu de lacayo, para decirlo en lenguaje más llano, de lacayo ante la mayoría del partido, ante el oportunismo». (Lenin, 1914)

El análisis de la guerra en Siria debe ser el de la lucha de clases en ese país, el enfrentamiento interno que es “el motor de la historia”, pero es también el ejemplo de la confrontación de las potencias imperialistas mundiales, de la lucha geoestratégica por el dominio del mundo, de los mercados de las materias primas, y al tiempo su conexión con las potencias regionales, abordando un aspecto imprescindible, el fenómeno del desmoronamiento de la revolución colonial, el surgimiento y expansión del yihadismo. Todo ello sobre el fondo del sufrimiento indecible de millones de personas; una tarea tan compleja como necesaria.

 

Antecedentes

Se puede decir que la historia moderna de Siria, comienza en 1946. En el contexto de un período decisivo de la historia, tan importante como incomprendido: la Revolución Colonial.

El saqueo sangriento del mundo ha sido una seña de identidad del capitalismo desde sus orígenes, derramando sangre ha acumulado el oro. Pero, tras la II Guerra Mundial, las metrópolis no podían mantener su dominio militar directo en muchos de los casos, so pena de enfrentarse a revoluciones imparables y se vieron obligados a un período de “descolonización”, manteniendo el dominio económico sobre las viejas colonias, entre otros mecanismos a través del comercio internacional (gracias al intercambio desigual).

Esos procesos de independencia, en algunos casos se mantuvieron en los márgenes del “bloque capitalista”, como en la India, pero en otros se alinearon con “el bloque comunista”, o directamente desarrollaron su propia revolución anunciando lo que parecía un cambio irreversible de la faz de la tierra. Hoy en día cuesta aún hacerse a la idea que el capitalismo fue abolido en casi la mitad del planeta, tras el triunfo de la revolución china en 1949, la revolución cubana en 1959 y todos los países que siguieron esa senda en Asia y África.

 

Antecedentes históricos y contexto

Siria, en ese período, como muchos de los viejos países coloniales carecía de una clase obrera, que pudiese ser significativa en cualquier proceso de transformación. Pero se vería directamente influida por las revoluciones que sacudieron el mundo colonial, y la “necesidad” de cualquier país ex colonial sin recursos de inclinarse hacia el bloque soviético, si quería salir de la influencia del bloque occidental.

Otro factor determinante es el “panarabismo”, que va ligado a la revolución colonial, pues lo líderes más consecuentes comprenden que las naciones árabes sólo pueden encontrar la fuerza en la unidad, partiendo de unos elementos históricos comunes.

En 1946 la ONU decreta la retirada de las fuerzas europeas de ocupación, lo que pone fin al mandato francés sobre esos territorios.

Esa primera época está marcada a fuego por la partición de Palestina (1947) y el panarabismo encabezado por Gamal Abdel Nasser, sobre todo la crisis del Canal de Suez, que desencadenó una guerra (1956) de una alianza británica, francesa e israelí contra Egipto, por la nacionalización del canal. Es la época de la revolución colonial, propiamente dicha, estos países al sacudirse el yugo colonial emprenden reformas que los conducen hacia el socialismo, pero se quedan en la imitación del régimen burocrático de la URSS.

El fracaso de Nasser, el más audaz dirigente árabe, va marcando una vuelta atrás, y el nacionalismo panarabista se debilita enormemente con la derrota militar de 1967 y con la muerte del dirigente egipcio en 1970. Es un cambio esencial: la revolución colonial retrocede, y los regímenes que se habían acercado a la URSS, se van consolidando como dictaduras y perdiendo su carácter social, algo que se ve muy bien en la historia de Siria que, por cierto, intentó formar un solo país con Egipto en los momentos más progresistas.

 

Siria, evolución

Desde la independencia, el país fue gobernado por dos bloques políticos, el Partido Popular, y el Bloque Nacional, que expresaban los intereses de la burguesía de las grandes ciudades, Alepo y Damasco.

Ya en 1956, con la crisis de Suez, Siria firmó un pacto militar con la URSS por el que recibió armamento, y es entre 1958 y 1961 cuando estuvo unida con Egipto en la República Árabe Unida, encabezada por Nasser. En 1961 se da un golpe de Estado anti-Nasser, estimulado por la burguesía comercial urbana y los terratenientes, y se restablecen relaciones con Gran Bretaña y los EEUU.

El 8 de marzo de 1963, los oficiales izquierdistas agrupados en el Consejo Nacional del Comando Revolucionario CNCR, dan un golpe de Estado, bajo los auspicios del Partido Baaz, que se declara “socialista”, y que se nutre, paradójicamente, de la minoría alauita-chiita, del país, poniendo fin a la preponderancia de la burguesía urbana que era, sobre todo, de la mayoría sunnita.

Las luchas internas siguen, con otro golpe en 1966, y en 1970 el general Hafez el Asad, que proviene del ala “pragmática” del partido Baaz que se opone a las reformas radicales, se hace con el poder con un nuevo golpe de Estado, manteniéndose hasta su muerte y sucesión por su hijo.

La política del partido Baaz, desde finales de los 60 y primeros 70 favorece claramente a los sectores más pobres, a costa de las clases comerciantes burguesas y terratenientes, pues desarrolla una política de reforma agraria y de estatalización de la economía, con la creación de un amplio sector público.

 

La dictadura Asad

Quién tenga dudas del carácter dictatorial y antidemocrático del régimen de los Al Asad, sólo tiene que contrastar algunos hechos.

Se prohibió la existencia legal de cualquier organización política o social que no aprobase el poder autocrático. Los altos oficiales del ejército se reclutaban entre la minoría alauita-chiita, para garantizar la fidelidad.

Y debemos tener en cuenta que el factor religioso ha tenido una gran importancia, no sólo en la guerra presente sino en la historia de Siria. Especialmente brutal fue la represión del movimiento de “Los Hermanos Musulmanes de Siria”, en el año 1982.

Este movimiento, que llevaba más de una década utilizando la vía de las armas, tomó la ciudad de Hama, de mayoría sunnita. Hecho que por sí mismo denota una importante oposición al régimen, un descontento que adquirió expresión religiosa al no tener otras vías de expresión. La intervención del ejército Sirio se considera un verdadero genocidio, pues no sólo tomo la ciudad por las armas, con las consiguientes bajas humanas, sino que paso por las armas a miles de personas acusadas de pertenecer al movimiento de los hermanos musulmanes. Nadie se pone de acuerdo con las cifras, pero la mayor parte de las fuentes hablan de cifras en torno a 10.000 personas asesinadas, (algunos llegan hasta 40.000), una muestra del carácter del régimen y un argumento inapelable del descontento que no puede, de ninguna manera, acomodarse con los resultados electorales “a la búlgara”, o de “república bananera”.

Los resultados electorales son por si mismos un argumento incontestable de una dictadura tan desacreditada como zafia.

En las elecciones de 1985, Hafez el Asad se presentó para renovar su mandato por siete años, y obtuvo el 99,8% de los votos. (En 1971 y 1978 había obtenido resultados similares)

Claro que en las elecciones de diciembre de 1991, se superó a sí mismo y consiguió que le votase un 99,98%. Eso sí, Hafez el Asad era el único candidato, lo que siempre ayuda un poco… Tras su muerte, en el año 2000, su hijo Bachar el Asad, se modernizó, y rebajó un poco los márgenes de triunfo para hacerlo “más creíble”. En las elecciones de mayo de 2007, el joven dictador fue elegido para un mandato de siete años, por el modesto porcentaje del 97,2%, de los votos, un poco más lejos del 100% que su padre, todo un signo de pluralidad política, si tenemos en cuenta que las revueltas estaban a la vuelta de la esquina.

En un alarde que demuestra que “la realidad siempre supera a la ficción”, el presidente Bachar el Asad, en plena guerra civil, en el año 2014, ganó los comicios presidenciales, con un “ajustado” 88,7% de los votos. Claro que tiene explicación porque esta vez había dos “poderosos candidatos”, Hasan el Nuri, con un 4,3%, y Maher Abder Hafez, con un 3,2%.

 

El cambio de signo del régimen Baaz

En el año 70 se darían algunos acontecimientos que auguraban un cambio de signo general en el proceso de la revolución colonial en los países árabes; la muerte de Nasser, el padre del panarabismo y el más audaz de los dirigentes árabes, y el “septiembre negro”, en Jordania, eran malos presagios, y a eso se unían dos derrotas consecutivas a manos del ejército sionista de Israel, en 1967 y en 1973, con la pérdida de los Altos del Golán.

La caída del precio del petróleo agravó los problemas económicos generados por la guerra, lo que llevó al gobierno, en 1984, a imponer una política de austeridad. En 1987 se produjo una crisis política que obligó a renunciar al primer ministro, Abdul Rauf el-Kassem, acusado de corrupción.

Cuando Irak invadió Kuwait, Siria se alineó rápidamente con la alianza anti-iraquí y envió tropas a Arabia Saudita. Las relaciones diplomáticas con Washington mejoraron notablemente. En el marco de la crisis, Siria aumentó su influencia en el Líbano y logró fortalecer en ese país un gobierno aliado y desarmar a la mayoría de las milicias autónomas.

En 1986 entró en crisis la moneda nacional y el régimen decretó las primeras medidas de desregulación de su “economía planificada” centralizada. En el marco de una política de estímulo al sector privado, se abrieron al capital privado sectores estatales clave, como la energía eléctrica, la producción de cemento y la industria farmacéutica.

El Decreto No. 10 (1991) se constituyó en el trampolín, a partir del cual logró “blanquear” los dineros acumulados. El decreto favorecía y apoyaba las inversiones privadas nacionales y extranjeras en áreas, que hasta entonces habían sido monopolio del sector público: la industria farmacéutica, la agricultura, la producción de alimentos, la hotelería, el transporte.

Los años 90 vieron una “nueva clase” de nuevos ricos, salvando las distancias un proceso que emulaba al de la descomposición capitalista de la URSS, desmantelando los bienes públicos: una burguesía híbrida, surgida de la fusión de la burocracia estatal con los sobrevivientes de la antigua burguesía “privada”. Sería un error pensar que sólo era alauí, suponía también un pacto con las élites sunníes.

Bachar el Asad, entre sus primeras medidas, en abril de 2001 aprobó oficialmente el establecimiento de la banca privada y poco después se habilitó a una estación de radio privada para transmitir sólo música y ningún contenido político.

Desde 2003, Siria ha sufrido una sequía sin precedentes que ha causado la migración interior de más de 1,2 millones de personas.

Decenas de miles de familias emigraron a las ciudades donde tuvieron que unirse a las filas de desempleados, especialmente en ciudades/provincias más pequeñas, como Dera’a, Idlib, Homs y otros lugares. Estos desplazamientos aumentaron el descontento, aumentando la polarización social y regional hasta niveles no contemplados en Siria desde mediados del siglo pasado. Aunque se trataba de un desastre natural, se ha visto amplificado por la escasa y crónica planificación y la mala gestión del gobierno de los recursos hídricos desde la década de 1990.

A partir del 2004 se desarrolló también el sector financiero, se crearon los primeros bancos privados con capitales tanto sirios como provenientes de las monarquías petroleras del Golfo, así como compañías de seguros, la Bolsa de Damasco y casas de cambio.

Un buen ejemplo es el Sr. Makhlouf, hijo del ex comandante de la Guardia Republicana siria y primo en primer grado de Bachar el Asad.

Su imperio económico abarca un amplio espectro, desde las telecomunicaciones, pasando por el petróleo y la bencina, hasta el sector de la construcción, los bancos, líneas aéreas y comercio minorista. Aparte de la única cadena de ventas duty-free, a él le pertenecen incluso varias escuelas privadas, donde se educan los hijos de las familias dirigentes y de la burguesía siria. El patrimonio personal de Rami Makhlouf se estima en aproximadamente 6.000 millones de dólares. Por lo demás, a principios del 2011 la revista británica World Finance lo alabó como visionario, que habría fomentado enormemente la economía siria.

El sector público fue socavado, siendo ahora el sector privado el que domina la economía, llegando ya a una participación de casi el 70%. El crecimiento real del producto social bruto y los ingresos reales per cápita han disminuido desde comienzos de los años 90. El proceso de liberalización económica ha llevado a una desigualdad creciente en el país.

Los más pobres apenas logran mejorar su situación en este nuevo orden económico, ya que este va acompañado de una creciente escasez de puestos de trabajo. Esto afecta ante todo a los jóvenes con títulos universitarios y a los habitantes de las regiones más remotas, así como a las “capas medias” – y entre estas principalmente a los empleados del servicio público y a las personas con formación profesional. Estos afectados se empobrecen con rapidez, porque sus ingresos no bastan para compensar la inflación, que en 2008 oficialmente alcanzaba al 17%.

En vísperas de la insurrección de marzo del 2011, el paro había crecido al 14,9% – de acuerdo a algunas fuentes hasta a un 20-25%; en el caso de los jóvenes de 20-24 años y los de 15-19 años llegaba a un 33,7% y a un 39,3% respectivamente (Central Bureau of Statistics 2013).

En 2007, la proporción de sirios que vivían bajo el límite de pobreza era de 33% o de unos 7 millones de personas, mientras que un 30% se ubicaba poco por encima de esta marca (United Nations Development Group 2010). La proporción de pobres es mayor en la zonas rurales (62%) que en las ciudades (38%). La pobreza tiene más difusión y profundidad en el noroeste y el noreste (provincias de Idlib, Aleppo, Raqqa, Deir ez-Zor y Hassakeh) con un 58%. Allá vive un 54% de la población total (FIDA 2009).

En su informe de 2010, el FMI saludó las medidas del régimen sirio: “El tipo de cambio único y las restricciones en cuanto al acceso a divisas para negocios en curso parecen haberse suprimido en principio. Los bancos privados aseguran el crecimiento del sector privado y hace poco la Bolsa de Damasco ha vuelto a abrir después de cuarenta años. El sistema de impuestos ha sido simplificado y el comercio se ha liberalizado en gran medida”. (FMI 2010).

El crecimiento económico sirio, que en los años anteriores al levantamiento se ubicaba en promedio cerca del 5%, no llegó a beneficiar a las amplias capas de la población. Así, entre 1997 y 2004, el Coeficiente Gini creció de 0,33 a 0,37. En los años 2003/2004, al 20% más pobre de la población le correspondía solo un 7% del gasto total, mientras que los más ricos podían contar con un 45% del gasto para sus fines (UNDP 2005). Esta tendencia se profundizó hasta el estallido de la revolución.

En el año 2008, un 28% de los agricultores trabajaban el 75% de la tierra regada, mientras que un 49% solo disponía del 10% de la tierra aprovechable (FIDA 2009).

Las reformas capitalistas del régimen han fomentado una política que ha estado orientada esencialmente a atraer inversiones extranjeras directas. Consecuentemente, estas crecieron de 120 millones de dólares en 2002 hasta 3.500 millones de dólares en el año 2010 (Yazigi 2010). Sus principales destinaciones fueron las exportaciones, los servicios y, ante todo, el turismo. Este último se transformó en un sector floreciente: actualmente representa un 12% del producto social bruto, produce alrededor de 6.500 millones de dólares y ocupa el 11% de la población en edad de trabajar (FIDA 2009). Como consecuencia de los acontecimientos que se iniciaron en marzo de 2011, esta rama de la economía desembocó en una crisis total.

Especialmente el sector de la salud ha sido abandonado por el régimen, cediéndole este campo a las instituciones caritativas, particularmente religiosas. Como contraste a esta situación, alrededor de 10.000 mezquitas y cientos de escuelas religiosas han sido construidas durante el período de gobierno de Bachar el Assad. La pobreza creciente y la corrupción ahogaban al régimen. Dos años antes de la guerra, el informe de Transparencia Internacional afirmaba que el país formaba parte del grupo de los 30 estados con mayor índice de corrupción del mundo.

 

La Primavera Árabe llega a Siria

La crisis económica de sobreproducción (o de sobrecapacidad) del sistema capitalista estalla en 2008 con una profundidad y una extensión internacional que sólo es comparable con la gran crisis del 29. Pero a diferencia de esa época (entre otras), no hay un ejemplo revolucionario que sirva de inspiración para buscar salida al sufrimiento que provoca en cientos de millones de seres humanos.

Con un inevitable retraso respecto al ciclo económico, se desata un ciclo político de revueltas sociales que buscan a ciegas una salida a los padecimientos de las masas.

Nos cuesta aceptarlo, pero Siria es un ejemplo claro del retroceso de la civilización humana. La idea de Engels, popularizada por Rosa Luxemburgo, de que el dilema de la humanidad era “Socialismo o barbarie”, ya no es un pronóstico, es una descripción de la realidad. La descomposición de la civilización, aflorando los peores aspectos de la naturaleza humana, se está desarrollando ante nuestros ojos. La muerte y la miseria de una parte de la humanidad, son el negocio de otros, que alimentan un sistema social decrépito.

Cuando la transformación social no llega, “se producen los monstruos”, y la expresión religiosa de ese factor es una constante histórica que adquiere proporciones dantescas con el yihadismo, inicialmente espoleado tanto por EEUU, directamente (especialmente en Afganistán), como por la brutal represión, indirectamente (por ejemplo de Rusia en Chechenia). Este movimiento degenerativo, hacia “la barbarie”, no es la primera vez que se produce, basta con recordar a los Jemeres rojos en Campuchea (¿también los consideramos aliados en la lucha anti imperialista?), o las matanzas de la guerra en Ruanda y Burundi, pero ahora no se ha tratado de una excepción, sino de una tendencia en el proceso histórico.

Esta ola de luchas que implicaron movimientos de masas, fueron generalizadas en muchos países del mundo, incluida parte de Europa (Francia y Reino de España, especialmente), y aledaños (el año 2013 en la plaza Taksim, enTurquía), pero adquirieron una proporción muy llamativa en los países árabes.

La señal de salida se produjo en Marruecos, en el Sáhara occidental, en noviembre de 2010, con un movimiento que fue reprimido por el ejército con un saldo impreciso de muertos, pero en torno a las cien víctimas, además de cientos de heridos y detenidos.

 

Es la lucha de clases, siempre

El año 2011 despertó una esperanza en la transformación social, en la participación activa de los pueblos para determinar su propia historia. Los países árabes alumbraron la llamada “primavera árabe”, que formaba parte de una ola más amplia que tuvo su expresión en Europa, con el 15 M, o las movilizaciones en Grecia o en 2013 en Turquía. Unos años después el balance es guerra y destrucción, con miles de cadáveres sepultados en el mare nostrum. ¿Qué ha pasado, cuales son las claves de este conflicto?

Hablando de guerra, cualquier analista que se referencie en el marxismo, tendrá presentes unas coordenadas básicas, entre ellas creo que se destacan dos. La primera es evocar la certera sentencia de Carl von Clausewitz: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”, y eso nos lleva a la segunda idea, la necesidad de entender la política, es decir: “cherchez la lucha de clases”. En un conflicto tan amplio, siempre, tendremos la confrontación de intereses de clase, al menos a dos bandas, el choque de la clase trabajadora, del pueblo, contra la clase dominante, y el enfrentamiento entre distintas clases dominantes por el reparto del control del mundo, dominio económico, militar o geoestratégico.

Si alguien albergaba alguna duda acerca del carácter profundo de la crisis de la izquierda, la ha podido disipar con el lamentable espectáculo en torno a la cruenta guerra de Siria, donde demasiados sectores, en lugar de recurrir al análisis materialista de la historia, buscan un bando en el que amortiguar su orfandad histórica.

Lo más llamativo es que una izquierda supuestamente antibelicista, incluso declarada pacifista, toma partido por una de las potencias imperialistas que desgarran el cuerpo vivo del pueblo sirio. Así, unos justificarían la intervención de EEUU y sus aliados, para “frenar la locura yihadista”. Por ejemplo, la aviación francesa habría hecho bien bombardeando, eso sí “con cuidado”. Otros, ven en Rusia un aliado del progreso a base de bombazos, no se han enterado todavía de que en Moscú las ideas de Lenin están aún más embalsamadas que su cuerpo, que es un emblema del esperpento de la Rusia imperial y reaccionaria sobre la que reina Putin.

Hemos tenido declaraciones justificando la intervención del imperialismo occidental, por supuesto, pero también hemos tenido cantos laudatorios al paso hacia la paz que suponía la destrucción total de Alepo por el ejército de la dictadura siria, acompañada del “Partido de Dios” libanés, de los muyahidines iraníes, y del nuevo imperio ruso.

 

¿Y el pueblo de Siria?

Es inevitable recordar a Beltolt Brecht:

“Los de arriba dicen: éste es el camino de la gloria

Los de abajo dicen: éste es el camino de la tumba.”

La izquierda que, no puede comprender algunas de las claves de interpretación de este proceso sin entender la época de la revolución colonial, el surgimiento de estados de bonapartismo a imagen del Estado burocrático de la URSS, que después han abrazado el capitalismo al perder su referente.

También es necesario comprender la compleja interrelación dialéctica entre estructura y superestructura, entender por qué millones de seres humanos buscan desesperadamente vías de expresión religiosa. Marx lo explicó hace mucho, la religión juega el papel del opio para el pueblo, donde una población desesperada busca el consuelo que no encuentra, la esperanza perdida. Y lo ha sido así en muchas revoluciones, empezando por la propia revolución rusa de 1905, el “ensayo general”, como dirían Lenin, Trotsky o Rosa Luxemburg, de la revolución del 17. La fecha más destacada, el domingo sangriento, agrupo a las masas tras un cura, el pope Gapón, y terminarían estableciendo la forma más democrática jamás concebida, de representación de los oprimidos, los soviets. Siendo un revolucionario como Trotsky el presidente del soviet de San Petersburgo.

Nos puede ayudar una idea que formuló de manera magistral Gordon Childe, cuando explicó que aun cuando han desaparecido las bases materiales que han creado las condiciones para el surgimiento de unas ideas en la sociedad, esas ideas pueden mantenerse durante mucho más tiempo tras haber perdido esa base que les dio origen.

Es decir, que la relación entre estructura y superestructura es más compleja de lo que puede parecer a un mecanicista, pues la historia pasada sigue influyendo en el presente, y cuando una revolución fracasa, el pensamiento humano retrocede buscando amparo en ideas caducas, y entre ellas la religión siempre desempeña un papel destacado, junto con “la patria”. No sólo eso, sino que como explicó Marx, las clases en contienda pueden llegar a destruirse mutuamente. Es, en definitiva, el camino de la barbarie, tal y como lo estamos viendo en Siria y es no sólo indigno, sino absolutamente reñido con la razón dialéctica, decir desde nuestra cómoda Europa que el pueblo sirio debe elegir entre la dictadura y la barbarie, que no tiene derecho a su propia revolución.

Y fue eso, una revolución, lo que intentaron los jóvenes trabajadores de Siria en 2011. El partido Baaz en el poder desde 1963, mantenía una dictadura agobiante pero, al menos, las mejoras económicas habían supuesto una anestesia social lo suficientemente poderosa para mantener una estabilidad relativa en el país.

Pero todo eso se perdió en un proceso lento pero imparable hacia la destrucción del entramado social que se había construido en los años de la revolución colonial y el panarabismo. De una economía centralizada y estatalizada, se pasó a la privatización, la desatención de las necesidades básicas de la población, y los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional (FMI). La receta la conocemos: los ricos se hicieron más ricos y los pobres más pobres.

Es comprensible que la “primavera árabe” se extendiese como un reguero de pólvora desde Marruecos a Túnez, Egipto… y llegó a Damasco. La respuesta de Assad al levantamiento popular fue monstruosa: detenciones, torturas y asesinatos. La dictadura eligió la senda de la guerra contra su pueblo, el sistema entró en crisis, el propio ejército empezó a descomponerse y el pueblo respondió con las armas.

 

Teoría de la conspiración

Quienes sustituyen el materialismo histórico por las teorías conspirativas, lo atribuyen todo a “los servicios secretos de Israel y EEUU”, que al parecer serían omnipotentes. En primer lugar este análisis demuestra un profundo desprecio a la clase trabajadora y la juventud siria que serían fácilmente manipulables y conducidos a la muerte por un grupo de agentes secretos. Claro, en “la civilizada Europa”, somos “mayores de edad”, pero no podemos admitir la capacidad de las masas árabes para intentar tomar su destino en sus propias manos. Está en la misma línea que la afirmación de que el 15M y Podemos son inventos del capital financiero y los medios de comunicación burgueses, sin comprender lo que expresan de los cambios profundos en la psicología de las masas. Pero la terca realidad constatable desdice esta interpretación, sobre todo porque este movimiento forma parte de una auténtica ola de movilizaciones que con carácter general respondía a la crisis capitalista por sus repercusiones en las condiciones de existencia de grandes masas de población, no era un proceso aislado.

Las condiciones materiales y políticas de existencia eran cada vez más miserables mientras un pequeño sector de la población se enriquecía, especialmente los círculos familiares del poder. Una realidad de una población que en 2011 estaba compuesta en más del 50% por jóvenes menores de 25 años, y con un 40% de desempleo, no necesita de agitadores, sólo necesita una chispa para prender la gasolina, y fue la represión brutal la que espoleó las luchas.

El movimiento popular de protesta creció como la espuma frente a la represión, llegó a organizar una huelga general “de la dignidad” que paralizó el país, y surgió un modelo revolucionario de organización desde los barrios y las ciudades, los Comités de Coordinación Locales, como estructura de participación y auto organización popular.  Estas organizaciones locales, dieron origen a Consejos Revolucionarios de ciudad o distrito, que a su vez se agruparon en Consejos de Comando de la Revolución, estructurados en la ciudad o territorio, y por fin, una Comisión General de la Revolución Siria.

La represión de la dictadura alcanzó tal nivel que el conflicto adquirió rápidamente un carácter bélico, formándose un verdadero cuerpo de ejército laico con los desertores y las organizaciones de base, el Ejército Libre de Siria.

 

Conflicto regional y global

No es necesario argumentar el alto valor geoestratégico de Siria, algo que no pasa desapercibido para las fuerzas imperialistas con intereses directos en la zona. El choque entre los EEUU, y la UE siempre como subalterna, y la Rusia de Putin, ha sido constante.

El imperialismo ruso tiene en Siria bases militares (en Tartus y Hmeimim),  y fuertes intereses económicos y geoestratégicos y no iba a dejar que se le escapase de las manos, sostuvieron la dictadura siria desde el primer momento del conflicto y se fueron implicando progresivamente. Hezbollá (el “Partido de Dios”) del Líbano envió tropas para respaldar a la dictadura siria desde el primer momento, así como el régimen teocrático reaccionario de los ayatolas en Irán, con sus muyahidines.

Por otro lado, los reaccionarios regímenes del Golfo, especialmente Arabia Saudí y Catar, vieron la oportunidad de reforzar su influencia en la zona, enviando armas y respaldando a los sectores yihadistas que iban creciendo sobre el terreno. Turquía, por supuesto, no podía perderse la fiesta, sobre todo para asegurar que, pase lo que pase, los kurdos son aplastados y, de hecho, ese ha sido su mayor interés en la guerra, hasta el punto de que ha pasado de pactar con EEUU a pactar con Rusia. Moscú le proporcionó a Erdogan toda la “información” de sus servicios secretos con la que procedió a una oleada de arrestos de todos los elementos de oposición y ahora le asegura que no dejará que los kurdos alcancen sus objetivos como pueblo. Y no podemos olvidarnos de Israel que, por supuesto, defenderá sus intereses y los del imperialismo occidental por todos los medios.

De esta manera, un conflicto de clase, una rebelión contra la dictadura de Assad por derechos democráticos y sociales, se fue corrompiendo en un escenario de lucha de las potencias locales y de las potencias imperialistas en un pulso de poderes capitalistas sobre el sufrimiento y los cadáveres del pueblo sirio. El dictador Assad, al reprimir a sangre y fuego a su propio pueblo, abrió una caja de Pandora que ha traído el desastre; sería un disparate tomar al verdugo por víctima.

La formación de un grupo que representaba a Al Qaeda, en enero de 2012, primero llamado Al Nusra, y después Fatah al-Sham, y el ascenso del ISIS (Daesh), con su “Estado islámico” terrorista en 2014, representó la barbarie sanguinaria y retrograda, la sectarización yihadista del conflicto que  fue haciendo retroceder a un segundo lugar a las fuerzas laicas y democráticas en el campo de los rebeldes, hasta casi monopolizar el terreno. La versión que intenta presentar el movimiento popular como algo controlado por el islamismo yihadista desde sus inicios es, sencillamente, mentira.

Un ejemplo bien ilustrativo es el de la ciudad de Raqqa: En los primeros días de marzo de 2013, una coalición militar del ELS con los islamistas (“moderados” en ese momento) de Ahrar al Sham, y el Frente Al Nusra, tomaron la ciudad de Raqqa, expulsando a las tropas del gobierno sirio.

En abril, Al Nusra desató una ofensiva para controlar la ciudad, frente a sus antiguos aliados del ELS, y el 14 de enero de 2014, el “Estado Islámico de Irak y del Levante”, se había hecho con el control total de la ciudad, que fue proclamada capital del ISIS.

Es decir que, por la parte rebelde, el yihadismo necesitó más de dos años de guerra para poder ir tomando el control, ya que les hacía atractivos su mayor eficacia de fuego, al estar abastecidos de armas y pertrechos por los gobiernos reaccionarios del Golfo y el imperialismo USA, a diferencia de los sectores comprometidos con el movimiento popular que eran aislados por todos los medios, en el terreno militar y en el diplomático con organizaciones fantasmas en el exilio.

No debiera ser tan difícil de entender, para quien se considere marxista, que con otros ritmos hemos visto procesos en que una revolución fracasada genera las condiciones para una contrarrevolución con apoyo de masas; es el caso del fascismo, del nazismo.

Cualquiera que conozca el proceso de la revolución en Irán que provocó la caída del Sah, y la posterior llegada del imán Jomeini, puede entender que una revolución sin cabeza desata un torrente que busca vías de expresión y, de forma ciega, puede acabar encontrando su dirección por los caminos más extraños. En Irán el ejército se deshizo como un azucarillo en el agua, pero ningún partido político de carácter socialista fue capaz de ofrecer una dirección, y los ayatolas dieron esqueleto a aquel cuerpo informe, gestando un régimen teocrático.

Algo que estaba en las antípodas de lo que buscaba el movimiento de origen, pues una revolución, en sus primeros pasos, sabe lo que quiere destruir, pero aún no sabe qué quiere construir.

 

Los kurdos

Mención aparte debe ser hecha de los kurdos que han sido un pueblo perseguido, al que el régimen del partido Baaz ha negado sus derechos democráticos y han sido reprimidos, al igual que en Irak, Irán y Turquía, y sus reivindicaciones democráticas siempre han tenido un carácter progresista, tanto por su laicidad, (la llamativa participación de las mujeres en contraste con el islamismo) y sus reivindicaciones en el campo social.

En el año 2004, se produjo un levantamiento de los kurdos. La respuesta fue represión, en la que más de 2000 activistas kurdos fueron detenidos y muchos tuvieron que tomar el camino del exilio.

Por supuesto los kurdos del YPG están enfrentados al régimen de Asad, pero su enemigo secular es Turquía, y en concreto el régimen de Erdogan, que ha sido aliado de “los insurgentes”, aunque luego ha maniobrado negociando directamente con Putin.

Durante la guerra, los kurdos, se han aliado en algunos casos con el ELS, como en Alepo en la primera parte de la guerra, y han sido atacados por los islamistas, manteniendo contra ellos algunas de las batallas más feroces, en el enclave kurdo de Kovani, y en Raqqa.

Esperar que la dictadura de Asad, ofrezca una autonomía a los kurdos, supondría un abandono total del análisis materialista de la historia Irán, Turquía y la propia Siria se opondrán con las armas a esta opción. Por ello, cualquier socialista debe estar comprometido con el derecho de autodeterminación del pueblo kurdo, que puede optar por su autonomía o que podría optar por su independencia a la que tienen derecho.

 

Alzar los cadáveres

No hay ningún “bando al que apoyar” en un enfrentamiento que anuncia la barbarie en toda una zona del planeta. Las ambiciones imperialistas occidentales, unidos a los regímenes reaccionarios como Arabia Saudí, han provocado la reacción del imperialismo ruso que está obteniendo una victoria clara; primero fue Crimea, y ahora el avance en Siria.

Casi todo el movimiento revolucionario de 2011, como parte de la primavera árabe, fue enterrado bajo el islamismo conforme avanzaba la guerra civil, tanto como Alepo ha sido enterrada bajo los escombros.

Es cierto que el imperialismo occidental (USA, UE y sus aliados) han desatado una verdadera catástrofe que arroja a la barbarie a una zona del planeta, pero no es menos cierto que lo que permitió que una revolución de masas por transformaciones democráticas en Siria, se convirtiese en un infierno, fue la represión salvaje de Bachar al Assad y, por supuesto, lo que hoy se ha convertido en un factor objetivo en la situación: la ausencia de una organización que represente los intereses internacionales de la clase obrera y los pueblos oprimidos y esté dispuesta a luchar por el socialismo hasta las últimas consecuencias.

La geopolítica, las bases materiales, nos proporcionan los elementos para el análisis, pero nuestra posición sólo la determina un factor: nuestra clase, el pueblo que sufre, ese es nuestro aliado, y enfrente tenemos a los responsables de ese sufrimiento atroz: el gobierno sirio, en primer lugar, las fuerzas imperialistas y todos los monstruos, desde los yihadistas del ISIS y Fatah al-Sham , a las milicias de Hezbollá y de Irán, pasando por la brutal shabiha siria, y todos lo demás…

Cualquier análisis sobre esta guerra, debe poner en primer plano la crisis de los refugiados: ahí lo vemos todo, el contenido de clase, el sufrimiento del pueblo, nuestro único aliado, la responsabilidad del gobierno sirio, incapaz de defender a su pueblo, al revés, causante directo de su dolor, la vergonzosa política de la UE tratando como animales a quienes huyen de la guerra, mostrando su hipocresía, y la del imperialismo de USA Y Rusia, implicados directamente.

No se puede separar la guerra de las transformaciones sociales; los kurdos son el ejemplo vivo de que lo único que puede frenar la locura del yihadismo es un pueblo que lucha por su propio destino, que tiene en sus manos su futuro. La lucha  del YPG es el contraste nítido con la dictadura siria que generó el caldo de cultivo para el surgimiento de estos monstruos, pues esa locura también tiene un método, y prende en una sociedad atrapada en la desesperación generada por la pobreza y la desigualdad social. Mientras los kurdos han sido capaces de plantar cara a la barbarie, el ejército sirio necesitó la intervención de Rusia, Irán y Hezbollá.

Si lajuventud siria que se alzó contra la dictadura hubiese tenido en sus manos su destino, al igual que el pueblo kurdo, el Daesh y Fatah al Sham hubiesen sido aplastados. Las bombas rusas y las muertes de miles de civiles no son ningún camino hacia la paz, o hacia una transformación progresista de la sociedad. La lucha contra el Daesh, por ganar la guerra, es la lucha por acabar con el régimen dictatorial.

La victoria contra el cáncer yihadista sólo se podrá conseguir si el pueblo sirio y los demás pueblos de la región toman las riendas de la transformación social, entonces en lugar de huir, defenderían cada palmo de terreno porque estarían defendiendo su tierra, su libertad y no los privilegios de una minoría de parásitos corruptos. El mantenimiento del régimen sirio seguirá reproduciendo, no sólo las relaciones de explotación, sino también las condiciones para que ese monstruo abyecto que es el yihadismo siga reproduciéndose.

El fin de este horror no parece verse a corto plazo, y quienes esperen de quienes se sientan sobre los cadáveres una política favorable a su pueblo, tras la guerra, no habrán entendido que la sentencia de Clausewitz es reversible: la política es la continuación de la guerra por otros medios.

Y podemos decir con la gran revolucionaria alemana Rosa Luxemburg:

“Cada día mueren desamparados individualmente, se quebrantan de hambre y frío, ninguna persona se da por enterada, sólo el informe policial…. Normalmente un cadáver es una cosa muda, de mal aspecto. Pero hay cadáveres que hablan más fuerte que trompetas y que alumbran con más claridad que las antorchas.  Lo que toca hacer ahora con los desamparados, quienes son carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre, es alzarlos con millones de manos proletarias y llevarlos al nuevo curso de la lucha con el grito de:

¡Abajo el infame orden social, que da lugar a tales atrocidades! “

 

Madrid, a 8 de febrero de 2017

SIRIAAPORTACIÓN