Samuel Romero Aporta
Ingeniero y miembro de Ecologistas en Acción
Publicado en elsaltodiario

La semana pasada planteaba un escenario distópico que la actualidad me devolvía con un revés de realidad. La pugna por mascarillas y demás elementos de protección e higiene imprescindibles para poner freno a la crisis sanitaria y dar las herramientas necesarias a los hospitales, florecía en este libre mercado de la carroña. Y es que, como buitres, bajo sobornos y robos, jugábamos con nuestra subsistencia. La planificación no es necesaria, seguirán argumentando algunos. El mercado se autorregula, amigo.

La distopía, espero, nos debe servir para reflexionar. Plantearnos si aquello que tenemos asumido como inamovible es realmente así o si la conciencia del deseo colectivo puede traernos tambores de transformación; si cabe otorgar a la imaginación colectiva parte del peso de la historia. 

Miguel Brieva nos recordaba esta semana en una de sus viñetas dos frases que pueden servir al reto imaginativo que él mismo nos marcaba: “Hoy día nos resulta más fácil imaginar el deterioro total de la Tierra y de la naturaleza que el derrumbe del capitalismo…” escrita por Frederic Jameson en 1994. Y una cita de la escritora Ursula K. Le Guin que planteaba creer “que la imaginación es la herramienta más útil que posee la humanidad (…) su ejercicio es peligroso para aquellos que se benefician de cómo están las cosas, porque tiene el poder de mostrar que ese estado de cosas no es permanente, ni universal ni necesario”. Es decir, la imaginación puede ser motor de cambio. Sobre todo si ese imaginario es compartido.

Nuestras miradas frente al espejo desde el que contemplamos la realidad parten de un desenfoque, de una distorsión. Es como aquellos espejos que desfiguran nuestra silueta dependiendo de dónde nos coloquemos. Son capaces de hacernos dar por permanentes, universales y necesarias realidades desiguales, antiecológicas e insostenibles. 

“¡Pero esto ha sido así siempre!” argumentaremos mientras, con un acto reflejo, colocamos el espejo recto. “Torcido queda feo”, nos han dicho.

La distribución desigual de recursos, las tasas de ganancia sobre el capital, la explotación laboral, el abandono de los cuidados, el agotamiento del planeta escapan desenfocados a nuestro quehacer diario. Resulta imprescindible ahondar en el escenario de partida, sin embargo, dado que cada particularidad la afrontamos y vivimos de formas muy diversas, voy a intentar avanzar. Además, el análisis del motivo o proceso que nos ha llevado a esta situación, aunque necesario, está lleno de tantos cristales que lo hace muy complejo. Pero hoy lo llamaremos espejo.

Continuando sobre la distopía planteada la semana pasada, pretendía proponer otro ejercicio. El de pensar, sobre la toma de conciencia e imaginarios colectivos, horizontes que bajo el reflejo del espejo pueda devolvernos una imagen utópica. Pero, ¿quién marca los límites de lo utópico? ¿hemos parado a reflexionar por un momento los escenarios que hemos asumido como normales e irremediables? ¿quién ha fijado las pautas de esa normalidad? Se autorregulan como el mercado, supongo.

Partimos de un planeta de recursos finitos sometido a equilibrios metabólicos. Podemos pensarlos como la balanza entre el ritmo de consumo de materias primas y la capacidad del planeta de generarlas o, por ejemplo, el ritmo de generación de residuos y la capacidad del planeta de asumirlos transformándolos o eliminándolos. Estos metabolismos, cuyo mantenimiento es básico para un mínimo desarrollo sostenible, están sumamente desequilibrados: consumimos muchos más recursos de los que el planeta es capaz de generar y vertemos muchísimos más residuos de los que el planeta es capaz de asumir. El pasado 2019 acabamos con el presupuesto ecológico anual del planeta el 29 de julio, la fecha más temprana en el histórico desde que se analiza esta variable.

Es decir, uno de los metabolismos ecológicos que planteaba, quedaba descompensado a partir de esa fecha.

Un reciente estudio de Christopher H. Trisos, Cory Merow y Alex L. Pigo publicado en la revista Nature ya advierte del colapso ecológico para 2030 sobre el ritmo de emisiones y consumo actual. Pero es que, además, tanto el consumo de recursos como la generación de residuos están repartidos de forma absolutamente desigual. ¿qué países son los mayores generadores de residuos y consumidores de recursos? ¿qué empresas son las mayores consumidoras de materia prima finita? ¿cuáles son las más contaminantes? Con el nivel de consumo y emisiones de EE.UU necesitaríamos los recursos de 5 planetas. Casi 3 en el caso de España.

Partimos de la necesidad de mantener los equilibrios metabólicos y nuestra absoluta dependencia como individuos y como sociedad de los recursos naturales (la ecodependencia de mi admirada Yayo Herrero y muchas más). Sin embargo, no existe ningún indicador económico en uso que permita regular la actividad y el crecimiento sobre estos parámetros. Sabiendo que no es posible la construcción de una sociedad ni la generación de ningún producto alimenticio, tecnológico, de ocio, etc. que no dependa de la obtención de materias primas y la generación de recursos, ninguno de los indicadores macroeconómicos que sitúan el escenario de cada país o entidad contempla el más mínimo eco del desastre ecológico que causa con su actividad o crecimiento ¿No resulta contradictorio cuánto menos? Espero empecemos a mirar de reojo, al menos, y tomar consciencia de la distorsión del espejo.

Este periodo de confinamiento creo que puede contribuir a hacernos ver nuestra fragilidad y vulnerabilidad. Nuestra dependencia en una sociedad organizada, dotada de recursos públicos y garante de necesidades vitales y de cuidados. Este mensaje es imprescindible no perderlo a la hora de empezar a imaginar esa sociedad que de frente el espejo nos devuelve utópica. Los indicadores económicos, la monetización de la economía, las variables analizadas y medidas son constructos sociales. Es decir, un supuesto consenso de élites económicas y políticas han ido conformando esos indicadores. En este caso herramientas de las que han dotado al propio sistema económico para poder medir su situación. ¿a caso han sido siempre los mismos indicadores? ¿podremos cambiarlos e incorporar otros distintos que preserven por encima de cualquier índice monetario la sustentabilidad ecológica y vital?

Creo que merece la pena imaginar indicadores que limiten cualquier tipo de actividad por su implicación ecológica en la destrucción de recursos y generación de residuos y que pongan freno a la barra libre actual. Y, por otro lado, plantear variables correctoras en los indicadores económicos que puedan llegar a convertir en inviables opciones antiecológicas y absolutamente rentables a través del espejo actual.

Estamos asistiendo a la respuesta del planeta cuando nuestra actividad se reduce. A la comprobación empírica de tantas modelizaciones de la comunidad científica sobre el efecto de la actividad humana. “Este parón nos abre alguna posibilidad de cambiar el rumbo de una sociedad que se dirige hacia el colapso ecológico, energético y social”, nos apuntaba Fernando Cembranos en su artículo Pepitas de oro psicológicas ante el confinamiento.  Porque las situaciones catastróficas y de debacle deben ser motor de cambio. Nos enfrentan a una realidad que presumíamos escondida o lejana permitiéndonos además empatizar con realidades semejantes por alejadas que supongan. Esta empatía es otro de los ingredientes imprescindibles que debe servirnos para tomar consciencia de la distorsión del espejo y empezar a girar el cuello y mirar la realidad de frente.

Porque puestos a imaginar, que planteaba en el artículo de la semana pasada, imaginemos. Imaginemos una sociedad estructurada en torno a garantizar condiciones de vida dignas de todos y todas. Por supuesto que hay recursos para ello. Un simple vistazo a las medidas económicas puestas en marcha por los principales bancos centrales y una mirada al desigual reparto de las mismas nos puede esbozar la respuesta. ¿Utópica, quizás? Acuérdense del espejo.

Y es que debemos recordar que la medición de los recursos económicos también depende de lo que como sociedad construyamos. El verdadero poder de la empatía está en dirigir esta transición que a todas luces tiene que suceder. La empatía y la conciencia colectiva deben servir para ser conscientes de la visión distorsionada que nos devuelve el espejo con el que miramos la realidad. Para después, darnos cuenta de que si nos giramos por completo, y miramos de frente el mundo, podemos construir una sociedad para todos y todas en equilibrio con nuestro entorno.