Este texto fue elaborado por Alberto Arregui en 1999. Fue el prólogo a una edición revisada de una de las obras más importantes de Rosa Luxemburgo: Reforma social o revolución. El trabajo de Alberto es capaz de transmitir toda la dimensión humana y política de Rosa Luxemburgo. Esperamos que lo disfrutéis tanto como nosotros lo hemos hecho al volver a leerlo, y que os anime a la lectura de Reforma social y revolución. Con él, empezamos una nueva sección de nuestra web en la que iremos recopilando diversos trabajos e intervenciones de Alberto a lo largo de más de cuatro décadas de lucha.

Introducción

En la época dominada por las ideas reaccionarias del pensamiento único y de una de sus destilaciones más representativas: el «fin de la historia», es más necesario que nunca rescatar las obras de quienes han defendido el papel protagonista del ser humano en la construcción de su propio destino, quienes demostraron en sus escritos y en su lucha la capacidad para transformar la historia en un sentido progresista.

Como Prometeo, que arrebató el privilegio del fuego a los dioses para ponerlo al alcance de los hombres, la lucha por el socialismo sigue representando la aspiración de una sociedad que ponga el bienestar de la mayoría de la humanidad por delante de los privilegios escandalosos de una minoría de parásitos.

En la historia del movimiento obrero son muchos los casos de hombres y mujeres que han dado todo, incluida su vida, en la lucha por una sociedad mejor. La mayoría de ellos han quedado en el anonimato, pero integran la memoria colectiva del combate contra la explotación. Sin embargo, presenciamos a veces el caso de quienes aún habiendo jugado un papel protagonista, no sólo en la lucha cotidiana sino también en la de las ideas, han sido relegados injustamente al olvido.

De entre todas estas figuras, encontramos la de la mujer cuyo papel en la lucha y en la elaboración teórica del marxismo ha sido el más importante de la historia del movimiento obrero internacional: Rosa Luxemburgo.

Nadie como Rosa encarna el mito prometeico, la lucha por abolir los privilegios de una minoría en beneficio de la humanidad en su sentido más universal, y como el héroe, encadenada y arrojada a los carroñeros.

Su memoria ha resultado incómoda para muchos durante mucho tiempo, no sólo por sus escritos, que son una brillante defensa sin concesiones del programa marxista y de la honestidad en el compromiso político, sino porque su propia figura despierta recuerdos que algunos querrían borrar: fue asesinada por un ministro «socialista», y sus obras fueron proscritas por Stalin. Tanto socialdemócratas como estalinistas necesitarían reconciliarse con la historia para poder abordar la obra de la mujer que más ha destacado en el campo del socialismo.

Hay otra peculiaridad atractiva en su imagen; el haber llegado hasta nosotros sin el filtro de la mitificación histórica. Al igual que las religiones suben a sus santos a los altares, a veces hemos padecido una elevación a los altares de personajes históricos de quienes la construcción de estatuas, pósters o camisetas, iba en proporción inversa al conocimiento de sus ideas. Rosa, por el contrario, llega hasta nosotros con todos sus defectos, sus errores y su derrota en la revolución alemana, sin embargo, esto hace aún más provechoso el estudio de sus ideas para quienes buscamos no las «vidas de santos», sino el programa y las formas de lucha que nos permitan alcanzar el socialismo.

Se cumplió, en 1999, un doble aniversario que no podemos dejar pasar sin hacer un intento, en la medida de nuestras posibilidades, por rescatar del olvido unas ideas que tanto pueden contribuir aún a la defensa del proyecto de la transformación socialista de la sociedad. Hace 80 años, enero de 1919, fue asesinada por orden de Noske, ministro socialdemócrata, junto con otro héroe del socialismo internacional: Karl Liebknecht. Ambos habían combatido la guerra, el imperialismo, y encabezado la revolución del proletariado alemán en 1918. Pero además de entre las obras de Rosa que se han conservado, pues muchos de sus trabajos se han perdido, una de las más importantes y, sin duda alguna, la que conserva una mayor frescura y actualidad es Reforma social o revolución, en la que contesta a los principales argumentos de Bernstein, teórico socialdemócrata que sistematizó los argumentos de quienes defendían el abandono de las ideas básicas del marxismo, y que fueron conocidos a partir de entonces como «revisionistas». Aunque esta obra, tal como la conocemos fue editada en 1908, su primera aparición a la luz se terminó de producir en 1899.

La vigencia del debate contra el reformismo

Se cumple pues un siglo de la publicación de un debate que nunca se ha cerrado: el de la validez o no, desde el punto de vista del movimiento obrero, de los postulados formulados por Marx y Engels. En todo lo esencial, los argumentos desgranados por Rosa Luxemburgo mantienen su vigencia, debido a que todas las ideas expuestas por Bernstein, y que ella rebate contundentemente, siguen siendo las mismas que toda laya de revisionistas, socialdemócratas y tránsfugas del movimiento obrero han seguido defendiendo hasta nuestros días.

Quizá lo más llamativo para quien lea por primera vez este libro, sea el comprobar la poca capacidad de innovación padecida por el ala de derechas del movimiento obrero. Todo lo que hoy en día oímos, ya fue formulado hace un siglo, y la historia lo ha refutado. La diferencia más importante es que Bernstein decía defender el socialismo como objetivo final, aunque en Reforma social o revolución queda claro que ya había renunciado a esta meta en la práctica. Sin embargo nuestros actuales dirigentes de las organizaciones de izquierdas, en muchos casos rechazan directamente la posibilidad de construir una sociedad alternativa al capitalismo. Pero en lo relativo a los argumentos, podríamos repetir: «…una vez que se ha plasmado en toda su expresión en el libro de Bernstein, todo el mundo exclama maravillado: ¿Cómo? ¿Esto es todo lo que tenéis que decir? ¡Ni rastro de un pensamiento nuevo! ¡Ni una sola idea que no haya sido ya hace decenios refutada, machacada, ridiculizada, aniquilada por el marxismo!».1

La mayoría de la población del mundo no puede sentirse satisfecha con la sociedad en la que vive, y somos muchos los que seguimos defendiendo la necesidad de una sociedad diferente al capitalismo. Las teorías del fin de la historia no representan nada original, siempre la clase dominante ha pretendido que la historia no avanzaría más, que su sistema respondía al «orden natural de las cosas». La historia no avanza en línea recta, lo que es un argumento en sí mismo contra los gradualistas, sufre estancamientos, retrocesos y avances, unas veces acumulativos y otras a través de saltos bruscos. En ocasiones estos cambios se expresan con suma violencia mediante el triunfo de la reacción o de la revolución.

Siempre los más miopes, históricamente hablando, tienden a pensar que todo el mundo es como su aldea, y que toda la historia seguirá siendo como la que él está viviendo. Precisamente el conocimiento del mundo hace mirar por encima del localismo, y el conocimiento de la historia y sus leyes nos permite saber que presenciaremos nuevos cambios.

La capacidad de entender la marcha de la historia, poseer unas perspectivas del desarrollo de los acontecimientos, no supone «hacer» el futuro, pero sí supone la capacidad de poder intervenir conscientemente en los procesos e influir en ellos: « No se pueden dirigir a voluntad los acontecimientos históricos imponiéndoles reglas, pero se pueden calcular por adelantado sus consecuencias probables y regular acorde con ellas la propia conducta».2

La lucha de clases no es un «invento» del socialismo, al igual que la evolución de las especies no es el producto de la imaginación de Charles Darwin, ni las teorías científicas sobre el origen de la vida responden a una maniobra política contra lo establecido en la Biblia. Las leyes de la naturaleza y de la historia existen a pesar de nuestra ignorancia de las mismas, se trata de descubrirlas. Como en el viejo chiste, «si no hubiese ley de la gravedad, las cosas caerían por su propio peso».

Pero la realidad no nos habla si nosotros no entendemos su lenguaje, debemos ser capaces de interpretarla. Tenemos ejemplos clásicos, como la teoría del geocentrismo, que al considerar que era el sol el que giraba alrededor de la Tierra aparentemente respondía a lo que captaban los sentidos, (y eso permitió que Josué pudiera pedir que el sol detuviera su trayectoria en el firmamento, podemos imaginar la catástrofe que se hubiera producido de haber sido la Tierra la que detuviera su rotación). Sin embargo, las teorías heliocentristas acabaron imponiéndose sobre las apariencias superficiales y las supersticiones, al demostrar que es la Tierra la que gira alrededor del sol. El mismo ejemplo nos serviría respecto a la ley del plano inclinado que para un observador ignorante parece oponerse a la ley de la gravedad.

En todos los terrenos, junto a la observación de la realidad, es necesaria la capacidad que nos da el pensamiento de abstraer y establecer leyes.

Esto es esencial en la historia como en la economía y en la política. Las tesis básicas del socialismo fueron establecidas por Marx y Engels, que fueron los primeros en darle un fundamento filosófico materialista, elaborar una crítica científica de la economía y establecer en líneas generales el carácter de la futura sociedad.

Por supuesto la lucha de clases se mantiene, pero el Manifiesto Comunista planteaba un objetivo que hoy parece lejano: la organización de la clase obrera como partido. La lucha por el socialismo es una consecuencia de la existencia de la sociedad de clases, pero la eficacia de esa lucha exige un aprendizaje, una organización que mantenga izada la bandera que defienda el programa, no sólo cuando la lucha avanza sino cuando se dan momentos de retroceso, cuando se lucha contra la corriente. Esa es la mayor carencia de nuestros tiempos para la causa de los oprimidos. El capital se organiza a escala mundial, las últimas actuaciones de la OTAN son un ejemplo evidente de cómo defienden sus intereses de clase por encima de las fronteras. En contraste con ello, los trabajadores carecemos de una organización internacional que mantenga en pie el programa socialista cuando más falta nos hace, en un mundo en que el socialismo sólo puede ser una alternativa internacionalista.

El núcleo esencial de la discusión en el seno de la izquierda transformadora es, más que nunca, el planteado en la famosa polémica «reforma o revolución». ¿Sigue siendo posible una alternativa global al capitalismo, o sólo podemos resignarnos a reformas? ¿Esas reformas progresivas conducirían a un capitalismo justo, o a una superación gradual y pacífica de las injusticias del sistema?

A pesar de que toda la historia del capitalismo contradice las tesis de los reformistas, a pesar de que la inmensa mayoría de nuestro planeta padece hambre, guerras y enfermedades, a pesar de que la riqueza se concentra cada vez en menos manos, la mayoría de los dirigentes políticos ha aceptado la quimera del revisionismo, el espejismo de que poco a poco el propio sistema va resolviendo los problemas.

Cuando la cultura se degrada, si se pierden las ideas científicas, se vuelve a las supersticiones arraigadas en el lado oscuro de la psicología humana. La ignorancia ha sido siempre la mejor aliada de las clases dominantes, como decía Quevedo, en la ignorancia del pueblo basan los príncipes su dominio. Nada como la incultura para mantener lo establecido. La «ausencia de ideología» es la ideología de la clase dominante, al igual que quienes se declaran «apolíticos» suelen serlo… de derechas.

Lo mismo sucede con las ideas socialistas; se corrompen bajo la presión para adaptarse al sistema, o se sectarizan por la incomprensión y la frustración que arrastran a una especie de onanismo político: buscar la autosatisfacción en una verborrea tan radical e insultante como impotente. La tarea sigue siendo la misma a la que se enfrentaba Rosa Luxemburgo: «La unión de las masas con una meta que trasciende por completo el orden establecido, la vinculación de la lucha cotidiana con la gran transformación del mundo: ése es el gran problema del movimiento socialdemócrata, el cual, consecuentemente, ha de trabajar y avanzar entre dos escollos: entre el abandono del carácter de masas y el abandono de la meta final, entre el retroceso a la secta y la degradación a movimiento burgués de reformas, entre el anarquismo y el oportunismo».3

Desde este punto de vista podríamos decir que la falta de estudio se ha instalado en la izquierda. El desconocimiento de las ideas socialistas es alarmante, la falta de lectura de los clásicos del marxismo alcanza a militantes de base y dirigentes.

Podemos preguntarnos quién estudia hoy el marxismo. Las actuales generaciones de militantes apenas conocen las experiencias históricas, las luchas, victorias y derrotas del movimiento obrero, ni han estudiado los textos de los autores marxistas clásicos. Esta carencia es una expresión del profundo desprecio a la teoría que se ha extendido entre muchos dirigentes, que les lleva a infravalorar la actividad orientada a la formación. Como escribió la propia Rosa, en Reforma social o revolución: «No hay ninguna calumnia más grosera, ningún insulto más indignante contra los trabajadores que la afirmación de que las discusiones teóricas son solamente cosa de los ‘académicos’. Ya Lassalle dijo en una ocasión que sólo cuando la ciencia y los trabajadores, esos dos polos opuestos de la sociedad, se unan, acabarán con sus brazos de acero con todos los obstáculos culturales. Toda la fuerza del movimiento obrero moderno se basa en el conocimiento teórico». Siempre insistió en la importancia vital de la teoría, como podemos comprobar leyendo su folleto Junius: «La teoría marxista puso en las manos de la clase obrera del mundo entero, una brújula que le permitía encontrar su camino en el torbellino de los acontecimientos de cada día y orientar su táctica de combate, en cada momento, en la dirección del inmutable objetivo final».4

No queremos sacralizar los escritos de la literatura marxista, simplemente constatar que la ausencia de una formación marxista conduce, inevitablemente, a una impregnación de la ideología dominante en la sociedad. No es de extrañar que en estas circunstancias penetren en la izquierda las ideas burguesas de adaptación al sistema o los brotes de desesperación sectaria.

Temas tan importantes como el hecho de que el capitalismo se haya mantenido por un largo período histórico, la interrelación mundial de la economía o el hundimiento de la Unión Soviética, exigen de la izquierda un análisis, una reflexión y una respuesta frente al sistema.

Y esa respuesta no cabe en una pintada o una consigna, sino que está en el arduo estudio y el debate. Cuanto más turbias llegan las aguas, más debemos dirigirnos a la claridad de las fuentes. Debemos recuperar los clásicos del marxismo. Rosa Luxemburgo tiene esa claridad cristalina de una mujer que no aspiraba a ningún beneficio personal, que no tenía por objetivo ser parlamentaria o alcaldesa o funcionaria… que sólo aspiraba a la emancipación de los oprimidos. La lectura de su obra ha sido oscurecida por socialdemócratas y estalinistas, por eso lo mejor es acudir a ella directamente.

El mayor peligro que acecha a la izquierda hoy, sigue siendo el mismo que combatió en Reforma social o revolución: la adaptación al sistema, la renuncia al objetivo final. Esto hace que su lectura resulte de una actualidad total, pero además, podemos afirmar que desde que Bernstein sistematizara sus ataques al marxismo no se han dado nuevos argumentos para atacar al socialismo por parte de aquellos que, pretendidamente, desde el campo de la izquierda intentan periódicamente demostrar la caducidad del marxismo.

La razón de que no surjan nuevos argumentos es sencilla: no se trata de un intento de superar el marxismo, sino de una vuelta atrás a las ideas premarxistas. Supongamos que, periódicamente, la ciencia oficial defendiese las teorías del Génesis expuestas en la Biblia, frente a la concepción materialista del origen de la vida y las especies. La verdad es que lo intentaron después de Darwin, siguieron haciéndolo después de Oparin, e incluso hoy en día te puedes encontrar algún carcamal que defienda la Biblia frente a la ciencia o que aún ande buscando los restos del Arca de Noé. Pero cada vez lo hacen con menos fuerza pues las teorías científicas acorralan a las posturas supersticiosas. Perdida la batalla, la desplazan hacía el origen del universo, en definitiva las supersticiones, que sólo pueden basarse en los terrenos donde la ciencia no ha podido llegar al fondo, intentan aún, batiéndose en retirada, mantenerse sobre los cimientos de la ignorancia humana. Claro que todos admiten que la Tierra no es plana, que gira alrededor del sol, que no hubo Adán y Eva, que el origen de la vida no proviene de un territorio demarcado por el Tigris y el Eúfrates, pero siempre existe una frontera del conocimiento humano.

El proceso en la lucha de clases no es igual, siempre hay que reconquistar el terreno que se creía conquistado. No es sólo una cuestión «racional» de «eficacia» o de sentimientos humanitarios, de ser así hace mucho tiempo que el capitalismo hubiese desaparecido. Es fundamentalmente una cuestión de intereses materiales contrapuestos entre las clases sociales. El sistema esta construido para garantizar los intereses de la burguesía, la clase dominante, más allá de la necesidad material e histórica que le dio origen. Otros sistemas sociales han ido engendrando en su seno las bases del que los superaría, así bajo el poder de la aristocracia emergían cada vez más las pujantes relaciones de producción capitalistas, y, además, las viejas minorías dominantes podían ser absorbidas, al menos en parte, por la nueva clase dominante. En contraposición el socialismo no pretende sustituir a una minoría dominante por otra, sino que al ser un proyecto en beneficio de la mayoría necesita de una acción consciente. «La época de los ataques por sorpresa —explicaba Engels en su introducción a Las luchas de clases en Francia, de Marx—, de las revoluciones hechas por pequeñas minorías conscientes a la cabeza de las masas inconscientes, ha pasado. Allí donde se trate de una transformación completa de la organización social, tienen que intervenir directamente las masas, tienen que haber comprendido ya por sí mismas de qué se trata, por qué dan su sangre y su vida. Esto nos lo ha enseñado la historia de los últimos 50 años. Y para que las masas comprendan lo que hay que hacer, hace falta una labor larga y perseverante. Esta labor es la que estamos realizando ahora, y con un éxito que sume en la desesperación a nuestros adversarios».

En el mismo sentido se expresó Rosa en distintas ocasiones. A raíz de su experiencia en la Revolución Rusa de 1905 afirmaba: «Aunque la Socialdemocracia, como núcleo organizado de la clase obrera, sea la vanguardia de toda la masa de los trabajadores y aunque el movimiento obrero extraiga su fuerza, su unidad, su conciencia política de esta misma organización, el movimiento proletario no puede ser concebido jamás como el movimiento de una minoría organizada».5 Durante la Revolución Alemana, al redactar el programa de la Liga Espartaco hacía la siguiente reflexión: «La revolución proletaria no precisa de terror alguno para alcanzar sus objetivos. Odia y aborrece el asesinato. No tiene necesidad de este medio de lucha, porque no combate a individuos, sino a instituciones, porque no sale a escena con ingenuas ilusiones, cuyas decepciones hubiera de vengar sanguinariamente. No es la tentativa desesperada de una minoría que busca modelar el mundo a su imagen y semejanza por medios violentos, sino la acción de amplias masas de millones de individuos llamados a realizar la misión histórica y a transformar las necesidades históricas en realidades».6 Poco tiempo después, en el Congreso fundacional del Partido Comunista alemán, afirmó en su discurso: «… La historia no nos concede las facilidades que imperaban en las revoluciones burguesas, donde bastaba con derrocar al poder oficial central y remplazarlo por unos pocos, unas docenas de hombres nuevos. Hoy debemos trabajar en la base, como corresponde al carácter de masas de nuestra revolución proletaria. Debemos conquistar el poder político, pero no haciéndolo por arriba, sino por abajo».

Las ideas socialistas son una oposición constante y frontal a las ideas dominantes en la sociedad, lo que hace que siempre sean rechazadas con todas las armas de la clase dominante. Como Marx y Engels dijeron en el Manifiesto Comunista: «las ideas dominantes en la sociedad no son sino las ideas de la clase dominante».

Marx y Engels pusieron en pie una obra titánica: dieron forma a un sistema de pensamiento que encerraba la superación del capitalismo, pero que al mismo tiempo surgía de las contradicciones engendradas en su seno. Dialécticamente podemos afirmar que el socialismo es una tendencia interna del propio capitalismo. Pero por supuesto no es la única tendencia engendrada por el sistema, aunque adquiere el carácter de necesidad histórica, en el sentido de que los problemas que ha ido generando el capitalismo no podrán ser resueltos mientras se mantengan los mecanismos esenciales que dan forma a este sistema: principalmente la propiedad privada de los medios de producción, que conlleva la anarquía en la producción, y la existencia de las barreras establecidas por las fronteras nacionales.

Así, como necesidad histórica, las condiciones para la lucha por el socialismo se crean bajo el capitalismo, pero el socialismo no es una consecuencia pacífica del sistema capitalista, pues la tendencia interna más constante del sistema es la de su propia supervivencia. Es lo que podemos llamar con Marx y Engels, la reproducción del sistema. El capital no sólo produce, sino que se reproduce. Cada día no sólo salen mercancías de las fábricas sino que se alimenta, con el propio trabajo de los obreros la relación de dominio del capital sobre la clase obrera, el capital crece, se reproduce, reproduciendo al mismo tiempo las relaciones de producción que establecen el dominio de una minoría sobre la inmensa mayoría de la sociedad. Nunca asistiremos a una tendencia gradual en que «desaparezcan» las diferencias de clase, sino a reproducirlas y ampliarlas. Y esta tendencia interna del sistema, que constituye su médula espinal, es la que se ha impuesto hasta nuestros días, aunque ha sido rota en muchas ocasiones por el movimiento de los trabajadores, que expresa periódicamente la necesidad histórica de superar el capitalismo.

El reformismo o revisionismo, el ala de derechas del movimiento obrero, no hace sino expresar esta tendencia capitalista, que considera que existe una armonía de intereses entre el capital y los trabajadores, como señaló acertadamente Rosa.

La obra «Reforma social o revolución»

Encontraremos en su justificadamente famosa Reforma social o revolución, un debate actual, unos argumentos aplicables a nuestros días. Este libro debiera convertirse en un material obligado de lectura y reflexión en las filas del movimiento obrero. No se trata de otra cosa que de la defensa de la vigencia del marxismo, y en un alto porcentaje contesta a las mismas acusaciones que hoy se lanzan contra las ideas de Marx y Engels.

No se trata de oponerse a las reformas sociales, sino de rechazar el argumento de que se puede llegar a una sociedad socialista, o que se puede alcanzar la justicia en la sociedad, a través de una reforma paulatina del capitalismo. Tras ello se oculta la renuncia a la transformación de la sociedad.

Eduard Bernstein en sus artículos, que aparecieron como libro en 18997, recogía todas las críticas al marxismo, prentendidamente desde el campo socialista, pero como dijo el socialista inglés Belfort Bax, y podríamos decir hoy de los modernos reformistas: «Bernstein ha abandonado el objetivo final del movimiento socialista a favor del ideario del actual liberalismo y radicalismo burgués».

Bernstein cuestiona la ley del valor tal como Marx la planteó, y defiende la capacidad del capitalismo para adaptarse evitando las crisis. Los mecanismos fundamentales de adaptación serían la utilización del crédito, las sociedades anónimas y los monopolios, así como la elevación del nivel de vida de las masas. Todo ello conduciría, a través de una mejora paulatina a la superación de las crisis económicas. ¡No hay mucha diferencia con las actuales tesis del fin de la historia, de la tercera vía o de los «gestores honestos» del sistema! En definitiva se trata de castrar el socialismo para quedarse en una «ética seglar de un mundo mejor».

Marx estableció la medida del valor en el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir las mercancías. Desentrañó la diferencia entre trabajo y fuerza de trabajo, fue capaz de dar una explicación material de los mecanismos de la economía. Sin embargo Bernstein, como todos los burgueses, como muchos de los actuales dirigentes, sustituyó la ley del valor por una abstracción inmaterial. Los capitalistas tratan de ocultar la cruda explotación a la que someten a los obreros, de la que extraen la plusvalía, tras ocultas fuerzas espirituales, tales como el «riesgo», el «carácter emprendedor», «esfuerzo», gran «habilidad para los negocios»… o simples engaños. Pero hasta hoy seguimos esperando en vano que expliquen de donde surge el beneficio.

Como no podía ser de otra manera, Bernstein niega la lucha de clases, por tanto no puede comprender su papel de motor de la historia. Necesita dar este paso para dar el que acometen todos los conciliacionistas, el reconocimiento de una armonía de intereses entre burgueses y proletarios, entre patronos y obreros, entre gobernantes y gobernados. Según Bernstein, el capitalismo se iría democratizando progresivamente, y era prueba de ello las sociedades por acciones. Ya vemos que lo del «capitalismo popular» no es original.

Así mismo, las reivindicaciones salariales de los sindicatos irían reduciendo paulatinamente los beneficios de los capitalistas hasta llegar a su práctica anulación y, con ello, el fin de la explotación del trabajo asalariado.

Rosa Luxemburgo dio cumplida respuesta en su obra Reforma social o Revolución a todos estos argumentos, con ideas que en gran parte mantienen su vigencia.

Especial interés merece el debate acerca de las crisis económicas, pues ya entonces algunos defendieron que el capitalismo las había superado, al igual que se ha venido repitiendo cada vez que se prolongaba el período entre crisis. Debemos aclarar que Bernstein se aferró a una expresión utilizada entonces en algunos debates acerca del supuesto «derrumbe» económico del capitalismo, para decir que tal derrumbe no se produciría nunca. Realmente Marx y Engels jamás plantearon un derrumbe pasivo del capitalismo una especie de «crisis final» como consecuencia de sus contradicciones económicas, sin la intervención consciente del proletariado. Tampoco Rosa Luxemburgo tenía esa concepción fatalista, comprendía perfectamente el carácter decisivo del factor subjetivo para poder transformar la crisis en revolución. Leemos en su folleto Junius: «La victoria del proletariado socialista (…) está unida a las férreas leyes de la historia, a miles de peldaños de una penosa evolución anterior demasiado lenta. Pero jamás podrá ser realidad si de entre todos los elementos reunidos, los requisitos previos, no salta la chispa incendiaria de la voluntad consciente de las masas populares». En Reforma social o revolución no deberían caber dudas en cuanto al sentido que le daba al «derrumbe» capitalista, cuando afirma ideas como la siguiente: «Naturalmente, la táctica socialdemócrata normal no consiste en esperar el desarrollo extremo de las contradicciones capitalistas hasta que se produzca entonces un cambio revolucionario. Al revés: lo que hacemos es apoyarnos en la dirección del desarrollo, una vez conocida, para llevar luego mediante la lucha política sus consecuencias hasta el límite. En esto consiste la esencia de toda táctica revolucionaria en general».

Ahora bien, en aquella época sí se respiraba entre los marxistas el ambiente de que se produciría una gran crisis económica y social y, en ese sentido, se comenzó a hablar de «un derrumbe». La verdad es que ese derrumbe de la sociedad se produjo durante todo un período histórico, que comprende desde la Primera a la Segunda Guerra Mundial.

La superioridad del análisis marxista sobre el empirismo de Bernstein ya había quedado, en cualquier caso, de manifiesto: «Ahora bien, si el sistema de crédito, los cárteles, etc., no eliminan la anarquía de la economía capitalista, ¿cómo es posible que hayan transcurrido ya dos décadas —desde 1873—sin que se haya presentado ninguna gran crisis comercial? ¿No es esto un signo de que el modo de producción capitalista, al menos en lo esencial, se ha ‘adaptado’ a las necesidades de la sociedad y el análisis realizado por Marx está superado?

La respuesta no se hizo esperar. Apenas Bernstein había arrojado en 1898 la teoría marxista de las crisis como un trasto viejo e inservible cuando, en 1900, estalló una intensa crisis general y siete años más tarde, en 1907, una nueva crisis alcanzó desde los Estados Unidos al conjunto del mercado mundial. La teoría de la ‘adaptación’ del capitalismo se vino abajo como consecuencia de estos elocuentes hechos. Al mismo tiempo quedaba así demostrado que quienes abandonaban la teoría marxista de las crisis sólo porque presuntamente había fallado en un par de ‘plazos de vencimiento’, habían confundido el núcleo de esta teoría con un detalle secundario y externo propio de su forma: con el ciclo decenal».8

Bernstein, como muchos de nuestros socialdemócratas actuales, consideraba las crisis económicas como algo debido a fallos del sistema que se podrían superar desde el propio capitalismo: «Para él [Bernstein] las crisis son simplemente perturbaciones del mecanismo económico y en el momento en que se eliminan el mecanismo ya puede funcionar completamente. Sin embargo, las crisis no son «perturbaciones» en sentido propio o, mejor, son perturbaciones de las cuales no obstante, la economía capitalista en su conjunto no puede prescindir».9

Así va contestando, uno por uno los argumentos de los gradualistas, para demostrar que su táctica, y en esto la historia le ha dado plenamente la razón, supone una aceptación del sistema capitalista. Quizá siga siendo este el problema más acuciante en el seno de la izquierda para ser capaces de levantar una alternativa que ofrezca un futuro de esperanza a los explotados de todo el mundo, pues de aquel debate son hoy más los herederos de Bernstein que los de Rosa Luxemburgo, es lo mismo decir que son más los que han renunciado al marxismo en las filas de las organizaciones políticas y sindicales de la clase obrera. Esto supone un gran retroceso histórico, pues una amplia organización, consciente de la necesidad de transformar la sociedad es la condición previa para la emancipación de todos los oprimidos. Y hay mucho que aprender de las conclusiones de Reforma social o revolución: «Por tanto, quien se pronuncie por un camino de reformas legales en lugar y en contra de la conquista del poder político y de la transformación de la sociedad está, en realidad, eligiendo no un camino más tranquilo, más seguro y más lento hacia la misma meta, sino también una meta diferente; está optando ciertamente por la introducción no de una nueva sociedad sino meramente de transformaciones que no afectan a la esencia de la sociedad existente. Así, a partir de las ideas políticas del revisionismo llegamos a la misma conclusión que a partir de sus teorías económicas: que el revisionismo, en el fondo, no aspira a la realización del socialismo, sino simplemente a la reforma del capitalismo, no aspira a la eliminación del sistema salarial sino a reducir más o menos la explotación, aspira, en una palabra, a suprimir los excesos del capitalismo y no el capitalismo mismo».

La historia confirmó de sobra la certeza de los argumentos revolucionarios contra los reformistas. Todas las ideas de Bernstein, después Kautsky y los demás, defendiendo la evolución gradual del capitalismo y de la democracia burguesa, así como la superación de las crisis económicas sufrieron un mentís aplastante con el advenimiento de la crisis del 29 y el triunfo de la barbarie nazi y la Segunda Guerra Mundial.

Pero nosotros no queremos limitarnos a tomar partido por los argumentos expuestos en Reforma social o revolución en la época en que fue escrita, sino trasladarlos a nuestros días. Una vez más oímos defender las mismas ideas con nuevos envoltorios.

Desde diversos ángulos se puede afirmar la actualidad de los argumentos de esta obra que polemizaba contra el reformismo.

Por una parte, asombrosamente, la mayor parte de los argumentos que hoy se utilizan contra el socialismo fueron sistematizados por Bernstein hace más de un siglo. Si la obra del viejo derechista alemán se hiciese hoy popular los Blair, González, etcétera, de todo el mundo quedarían a la altura del barro, pues se demostraría que su supuesta modernidad es una falacia.

El propio Bernstein, como Eróstrato, que incendió el templo de Diana con el único propósito de alcanzar la celebridad, tenía el mérito de hacerse famoso no por su propio pensamiento sino tratando de enterrar a un famoso, en este caso a Marx. Ahora los «erostratos» son legión, y su categoría muy inferior, pero siguen intentando la fama descubriendo la superación de las ideas socialistas, y se limitan a repetir lo ya dicho hace mucho tiempo. Una sola pluma, la del águila que fue Rosa Luxemburgo, basta para contestar y barrer todos los argumentos de estos modernos incendiarios.

Los argumentos de la obra que republicamos se han vuelto con el tiempo más actuales aún en la lucha contra el revisionismo. En realidad es el debate más urgente para el movimiento obrero organizado. Resulta de una necesidad inaplazable la discusión acerca de la vigencia de las ideas socialistas concebidas como un programa revolucionario para superar el sistema capitalista.

En un vibrante discurso dijo Rosa Luxemburgo que «no existe ninguna cuestión más práctica que el objetivo final», dio en el clavo. La socialdemocracia alemana utilizó una táctica que, por desgracia, ha tenido gran éxito histórico; la de arrinconar la idea del socialismo sin enfrentarse a ella, es decir planteando que «algún día» lucharemos por él, pero nunca llega ese día. Así el objetivo de la lucha deja de ser la meta y se puede llevar a cabo una política «realista» de adaptación al capitalismo, una renuncia en la práctica a la lucha por transformar la sociedad.

Cualquier intento de crear una separación entre la lucha cotidiana y el objetivo de la transformación socialista de la sociedad se trata de un divorcio artificial, que conduce inexorablemente al abandono del socialismo, adaptándose al sistema. El programa marxista está concebido como un programa de transición, es decir, un programa capaz de vincular la lucha cotidiana, las reivindicaciones inmediatas, con la lucha por la transformación social. Marx lo explicó muy bien al hablar del salario en la sociedad capitalista. Rosa lo sintetizó en una expresión que le costó la enemistad de los dirigentes sindicales burocratizados, al decir que la lucha sindical sin perspectiva socialista era un trabajo de Sísifo, en referencia, al inútil esfuerzo de este personaje subiendo una piedra a la montaña que de nuevo rodaría por la pendiente. Esta expresión no implicaba, ni mucho menos, un desprecio al trabajo sindical, lo que pretendía era destacar que la lucha sindical no tiene sentido sin una perspectiva de transformación social: «No existen dos luchas distintas de la clase obrera, una económica y otra política; existe sólo una única lucha de clase que tiende simultáneamente a limitar la explotación capitalista dentro de la sociedad burguesa y a suprimir la explotación capitalista y al mismo tiempo la sociedad burguesa».10 En ese aspecto, consideraba que no se puede separar artificialmente lucha política y lucha sindical: «La pretendida oposición entre partido y sindicato se reduce en este orden de cosas a una oposición entre el partido y un cierto grupo de funcionarios sindicales y, al mismo tiempo, en una oposición en el interior de los sindicatos entre este grupo y la masa de los proletarios organizados sindicalmente».11

Supo ver el grave problema que se deriva de un trabajo sindical carente de perspectiva revolucionaria. El análisis que efectuó de los riesgos que implica esta situación eran una previsión de lo que se ha convertido en el mayor problema de los sindicatos obreros: «La especialización en su actividad profesional de dirigentes sindicales, así como la restricción natural de horizontes que los liga con las luchas económicas fragmentadas en períodos de quietud, concluyen por llevar fácilmente a los funcionarios sindicales al burocratismo y a una cierta estrechez de miras».12

Es fácil comprender por qué el ala derecha de los sindicatos hizo de Rosa Luxemburgo el objeto de insultos personales y ataques políticos, que lejos de anular su crítica confirmaban que había puesto el dedo sobre la llaga: «Los dirigentes sindicales, constantemente absorbidos por la pequeña guerra económica, que tienen por objetivo hacer que las masas obreras sepan apreciar el gran valor de cada conquista económica, por mínima que ella sea, de cada aumento salarial y reducción del horario de trabajo, llegan insensiblemente a perder ellos mismo los grandes nexos de causalidad y la visión de conjunto de la situación general. Sólo así se puede entender por qué más de uno de ellos se extienda con tanta satisfacción sobre las conquistas de estos últimos quince años, sobre los millones en aumentos salariales, en lugar de insistir por el contrario en el reverso de la medalla: en el descenso de las condiciones de vida para los proletarios, que simultáneamente han causado el encarecimiento del pan, toda la política fiscal y aduanera, la especulación del terreno edificable que aumenta de modo exorbitante los alquileres, en pocas palabras, sobre todas las tendencias efectivas de la política burguesa que anulan en gran parte las conquistas de las luchas sindicales de quince años.

De la verdad socialista total, que, poniendo de relieve el trabajo presente y su absoluta necesidad pone el acento principal sobre la crítica y los límites de este trabajo, se llega a defender así la media verdad sindical, que hace resaltar sólo el resultado positivo de la lucha cotidiana».13

Sus ideas sindicales son un reflejo de su concepción marxista, no admitiendo la separación entre la lucha por lo inmediato y la lucha por la transformación de la sociedad, comprendiendo el carácter transicional que se debe imprimir a las reivindicaciones laborales. Su análisis descubre una de las raíces más importantes del abandono por parte de los dirigentes obreros de las ideas socialistas: «Pero dado que el punto de vista socialista consiste precisamente en combatir el optimismo sindical acrítico, y además combatir el optimismo parlamentario, se termina por oponerse a la misma teoría socialista: se busca a tientas una ‘nueva teoría sindical’, es decir, un teoría que, en contraste con la doctrina socialista, abriría a las luchas sindicales, en el terreno del orden capitalista, perspectivas ilimitadas de progreso económico».14

Aquellos dirigentes sindicales que defienden un sindicalismo apolítico y creen haber descubierto un «sindicalismo moderno», podrán constatar aquí que el intento de separar la actividad sindical de la lucha por la revolución social es, al menos, tan antiguo como el reformismo y que no necesitamos más argumentos que los expuestos por Rosa Luxemburgo para demostrar su alejamiento de los intereses reales del movimiento obrero.

La necesidad de contemplar la unidad dialéctica de la lucha por las reformas con la meta revolucionaria, es para ella la respuesta más adecuada frente a quienes pierden de vista la razón de ser del pensamiento socialista: «La conquista del poder político sigue siendo nuestro objetivo final, y la meta última sigue siendo el alma de nuestra lucha. La clase obrera no debe adoptar el punto de vista decadente del filósofo: ««El objetivo final, sea cual sea, no es nada; el movimiento lo es todo». No; al contrario: el movimiento, como tal, sin relación con la meta final, el movimiento como objetivo en sí mismo, no es nada; ¡el objetivo final lo es todo!».15

El pensamiento de Rosa Luxemburgo

Rosa Luxemburgo fue una auténtica marxista, no se dedicó a repetir frases de Marx y Engels, o recitar fórmulas escolásticas, como un papagayo, o a venerar a los jefes, como por desgracia ha sucedido tan a menudo, sino que hizo que sangre fresca corriese por las venas del pensamiento socialista. En todo aquello en que lo consideró necesario criticó a los propios fundadores del socialismo moderno, disintió de los dirigentes socialdemócratas como Bernstein y Kautsky, enfrentándose a ellos. Criticó abiertamente la política sindical burocrática, o polemizó con Lenin y Trotsky. Como todo el mundo, se equivocó a veces, en muchas ocasiones corrigió opiniones anteriores, pero nunca se sometió a ningún interés personal, ni retrocedió por miedo, ni se envolvió en conspiraciones desleales, ni traicionó la causa a la que sacrificó su vida.

Mostró por escrito sus diferencias con Marx en aspectos de la cuestión nacional, o en la consideración del papel histórico de Turquía o en la cuestión de los Balcanes. Sufrió la oposición de Engels, aconsejado por Plejanov, a su reconocimiento como delegada en el Congreso de la Internacional de Zurich en 1893, sin que eso le causase ningún efecto en su opinión sobre el viejo dirigente al que respetó profundamente16. En la medida en que la socialdemocracia alemana intentó justificar su cretinismo parlamentario en los escritos de Engels, ella denunció la maniobra y, además, disintió en algunos puntos de las opiniones del maestro.

Criticó el desarrollo de la Revolución Rusa del 17, con afán de colaborar con la misma, no de obstaculizarla. Pero el estalinismo en particular, y el burocratismo en general, no dan cabida a una actitud crítica, científica y creativa, el artículo primero es adular al jefe, algo contra lo que los escritos de Rosa constituyen un antídoto.

Siempre se mantuvo firme en las ideas, incluso cuando su ánimo decayó hasta la desesperación personal. Su convencimiento era firme, no retrocedió ni ante las penalidades ni la prisión o las amenazas. Una pequeña anécdota nos puede dar una idea de su carácter en las polémicas. Al enfrentarse a Gradnauer, uno de los dirigentes del SPD y diputado por Dresden, que criticó el intento de Rosa de haber dado una firme línea política al órgano de prensa del partido, el Vorwärts, ella replicó que los redactores del periódico carecían de criterio por miedo a perder el puesto de trabajo, y afirmaba: «Porque existen fundamentalmente dos tipos de seres vivos: los vertebrados, que gracias a eso pueden andar y, en ocasiones, correr, y los invertebrados, que solamente pueden reptar y vivir como parásitos».17

Es muy expresiva su encendida réplica a Vollmar, otro dirigente del SPD, en el Congreso de Stuttgart de 1898: «Sé perfectamente que todavía tengo que ganarme los galones en el movimiento alemán. Pero quiero conseguirlos en el ala izquierda, donde se quiere combatir al enemigo, y no en el ala derecha, donde se intenta llegar a compromisos con él. [Protestas] Pero cuando Vollmar responde a mis argumentos diciendo: «¡oye, mocosa, yo podría ser tu abuelo!», lo considero una prueba de que se le han terminado los argumentos. [Risas]».18

Gracias a la correspondencia que se ha conservado conocemos también la profunda riqueza de la vida personal de esta mujer: «No, no puedo trabajar más. El pensamiento vuelve constantemente a ti. Es preciso que te escriba. Mi querido, mi amado. No estás en este momento a mi lado pero toda mi alma está plena de ti, te abraza».19

«El diablo a su fuego y el cura a su ruego, ¿no? A pesar de todo lo que me dijiste antes de que me fuera, mantengo en el mismo tono mis pretensiones de felicidad personal. Es un hecho, tengo unas ganas locas de ser feliz y estoy dispuesta a negociar cada día por mi pequeña cuota de felicidad con la terquedad de un sordo».20

«Estaremos siempre solos en una casa vacía… Me ocurre cada vez más a menudo pensar en adoptar un niño. Eso será posible cuando nos instalemos y nos alcancen los medios. ¿No seré entonces demasiado vieja para educar un niño? A veces siento de manera insoportable la necesidad de un hijo. Pero no puedes comprenderlo».21

Cuando el grupo parlamentario del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) respaldó los créditos de guerra se hundió hasta el punto de pensar en el suicidio: «El 4 de agosto quise darme muerte, y sólo mis amigos me lo impidieron».22

Pero incluso en esos momentos de decaimiento su pensamiento era lúcido y llegó a la conclusión de que era necesario levantar otra internacional obrera. Así lo refleja en una carta a Hans Diefenbach: «Mi estado de ánimo, desesperado al principio, ha mejorado. No es que vea las cosas de color de rosa o que haya decidido alegrarme, sino todo lo contrario. Pero la brutalidad del primer choque que sufrimos se debilita cuando los choques se hacen cotidianos. Resulta del todo evidente que el partido y la Internacional están acabados, completamente acabados, pero es precisamente la amplitud creciente del desastre lo que hace de ello un drama histórico mundial, que sólo puede juzgarse desde una perspectiva histórica objetiva y que convierte en pasados de moda los gestos personales de mal humor, es inútil mesarse los cabellos».23

Resulta entrañable y especialmente descriptivo de su personalidad un pasaje de una carta a su amiga Luise Kautsky: «Necesito tener algo que me ocupe toda entera, por poco conveniente que sea para una persona seria de la que —para su desgracia— se espera siempre alguna cosa inteligente. Incluso tú misma, querida, no quieres saber nada de mi «felicidad en un rincón» y no haces más que reírte. Sin embargo, necesito tener a alguien que me crea cuando digo que es únicamente por error el que yo gire en el torbellino de la historia mundial, cuando en realidad yo había nacido para cuidar gansos».24

Rosa sufrió en muchas ocasiones una actitud discriminatoria, incluso por parte de sus propios compañeros de partido, por su condición de mujer, como la sufrió por su origen judío y por su pertenencia a una nación, Polonia, oprimida por el imperio Ruso, Alemania y Austria. Pero fue siempre de pies a cabeza una socialista internacionalista, y todos los problemas, el de la opresión de la mujer y de las minorías nacionales, los vio bajo la óptica de la lucha por la transformación socialista de la sociedad, dándoles un contenido de clase. «La fraternidad mundial de todos los trabajadores es para mí la cosa más elevada y más sagrada de este mundo, es mi estrella guía, mi ideal, mi Patria; ¡prefiero perder mi vida que traicionar este ideal!».25

El propio Franz Mehring, tuvo ocasión de salir en su defensa frente a los ataques que Rosa recibió de sus compañeros de filas: «La camarada Rosa Luxemburgo ha demostrado tener, precisamente, esa ‘elegante objetividad’ que se atribuyen los reformistas ya que, a pesar de los amargos y apasionados ataques de que ha sido objeto por un sector de los Sindicatos, ha prescindido de toda expresión violenta, incrementando las posibilidades de un entendimiento objetivo. Y eso ha dado lugar a que sea escarnecida una vez más y no por la prensa burguesa, que es la que habitualmente se ceba en ella, sino por un miembro de la prensa socialdemócrata. Esto no es nada elegante, entre otras cosas, porque estas invectivas de mal gusto a la cabeza más genial surgida entre los herederos científicos de Marx y Engels, radican en último término en el hecho de que es una mujer quien la lleva encima de los hombros».26

Acerca de la mujer escribió poco, pero nos basta una referencia para comprender la esencia de sus ideas marxistas: En su trabajo «El voto femenino y la lucha de clases», podemos leer: «El objetivo es el voto femenino, pero el movimiento de masas para conseguirlo no es tarea para las mujeres solamente, sino una responsabilidad común de clase, de las mujeres y de los hombres del proletariado. Porque la actual ausencia de derechos de las mujeres en Alemania es sólo un eslabón de la cadena de la reacción que sacude las vidas del pueblo, y está íntimamente vinculado al otro pilar de la reacción: la monarquía». «…Todavía existen porque ambos —la monarquía y la mujer privada de sus derechos— se han convertido en instrumentos poderosos en manos de los enemigos del pueblo. Los peores y más brutales defensores de la explotación y esclavización del proletariado se atrincheran tras el trono y el altar, pero también tras la esclavitud política de las mujeres. …En realidad se trata para el Estado actual de negar el voto a las mujeres obreras, y sólo a ellas… Si se tratara de las damas burguesas, el Estado capitalista lo consideraría como un apoyo para la reacción».27

La opresión nacional

Sus trabajos sobre la cuestión nacional fueron más amplios, incluso llegó a escribir una historia de Polonia que no se ha conservado. Los principios que defendía en este terreno demostraban que su preocupación esencial era la conquista del poder político por parte de la clase obrera y que eso traería como consecuencia la liberación de la opresión nacional. Su postura estuvo determinada por su militancia polaca contra los independentistas que hacían su bandera no de la lucha por el socialismo sino de la independencia de Polonia. Era este un grave problema que le llevó a no comprender la postura de Lenin y los bolcheviques en este mismo terreno, que hicieron del derecho de autodeterminación de las nacionalidades una de sus principales consignas en la lucha contra la autocracia zarista.

Rosa, desde una nacionalidad oprimida, luchaba por evitar la división del proletariado en líneas nacionalistas, y contra el peligro del triunfo del nacionalismo burgués, exigía una lucha común por la revolución socialista en el conjunto del imperio ruso.

Lenin, perteneciente a una nacionalidad opresora, la gran-rusa, hacía hincapié justo en el aspecto contrario: el derecho de todos los pueblos a separarse si así lo deseaban. En definitiva lo que Rosa no comprendió fue el aspecto táctico del derecho de autodeterminación, queriendo generalizar su postura respecto a Polonia.

Podemos comprobar lo expuesto en los siguientes párrafos: «…ninguna duda sobre la simpatía y la compasión de los socialistas con respecto a los pueblos oprimidos, porque esos sentimientos se desprenden de la misma concepción socialista del mundo. Igual de claro estaba, y lo sigue estando para los socialistas, el derecho de cada pueblo a la independencia, porque ese derecho también se desprende de los principios elementales del socialismo».28

«El problema nacional no es ni puede ser algo extraño a la clase obrera. La opresión bárbara más insoportable y la represión de la cultura espiritual de la sociedad no le pueden dejar indiferente».

«Nuestro proletariado, como clase que no posee ‘bienes terrenales’ en la sociedad actual, está llamado por el desarrollo histórico a la misión de derrocar todo el sistema existente. Como clase revolucionaria, debe sentir y siente la opresión nacional como una dolorosa herida, como una vergüenza…».29

El complejo debate en torno a este tema exigiría un trabajo mucho más a fondo y extenso, pero con estas referencias queremos señalar que Rosa sí entendía la existencia de la opresión nacional y luchaba contra ella con todas sus fuerzas. Su error estaba, probablemente, en dos aspectos: por un lado, su punto de vista influenciado por el caso concreto de Polonia, que tan bien conocía, y, por otro lado, no comprender que se trataba de una consigna democrática que fue planteada sagazmente por Lenin.

Para ella, la única solución a las aspiraciones democráticas nacionales vendría a través de la unidad frente a los regímenes de los países ocupantes de Polonia. Se oponía a la opresión nacional y, al tiempo, consideraba la independencia de Polonia una reivindicación de pequeño-burgueses, contraria a los intereses del proletariado polaco, que debía participar en una revolución más amplia. Hasta aquí no habría diferencias importantes con el líder bolchevique. La clave de la discrepancia es que consideraba que no se debía hacer bandera del derecho de autodeterminación, pues eso suponía dar alas a la reivindicación de independencia. Más concretamente, consideraba que la inclusión de este punto en el párrafo nueve del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR) dañaba la posición de los internacionalistas polacos frente a los socialpatriotas.

En un artículo posterior, El derecho de las nacionalidades a la autodeterminación, encontramos una crítica directa al programa del partido socialdemócrata ruso: «El carácter general y de cliché del punto nueve del Programa del POSDR muestra que esta forma de resolver el problema es ajena al socialismo científico marxista. Un ‘derecho de las naciones’ válido para todos los países y para todos los tiempos no es más que un cliché metafísico del tipo de ‘los derechos humanos’ y los ‘derechos del ciudadano’».(…)

«En palabras de Engels, ‘Lo que es correcto y razonable bajo ciertas circunstancias puede ser un sinsentido y un absurdo en otras’».(…)

«Cuando Napoleón o cualquier otro déspota de su misma especie utiliza un plebiscito —la forma más elevada de democracia política— para conseguir los objetivos del Cesarismo aprovechándose de la ignorancia política y de la dominación económica de las masas, no dudamos un momento en oponernos con todas nuestras fuerzas a esta ‘democracia’, sin vernos apabullados ni por un momento por la omnipotencia del pueblo, la cual viene a ser para los metafísicos de la democracia burguesa algo así como un ídolo sacrosanto».(…)

«La fórmula del ‘derecho de las nacionalidades’ es inadecuada para justificar la posición de los socialistas ante la cuestión nacional, no sólo porque no tiene en cuenta las diferentes condiciones históricas (lugar y tiempo) que se dan en cada caso concreto y no cuenta con las líneas generales del desarrollo de las condiciones globales, sino también porque ignora completamente la teoría fundamental del socialismo moderno, la teoría de las clases sociales.

Cuando hablamos de ‘el derecho de las naciones a la autodeterminación’ estamos utilizando el concepto ‘nación’ como una entidad política y social homogénea. (…)

En una sociedad clasista, la ‘nación’, como entidad política y social homogénea, no existe. Lo que existe, en cambio, en cada nación son clases con intereses y ‘derechos’ antagónicos».30

Su postura se debía a la incomprensión de que la política leninista sólo era contradictoria aparentemente. Así lo puso de manifiesto cuando escribió: «…políticos por lo general tan lúcidos y tan críticos como Lenin, Trotsky y sus amigos, refractarios a todo tipo de fraseología utópica, como el desarme, la Sociedad de Naciones, (…) han hecho de un eslogan vacío su caballo de batalla..».31

Pero la crítica de Rosa se hace desde un punto de vista de clase y revolucionario, originado por su miedo a que la clase obrera sea dividida en su lucha por la toma del poder a causa de la influencia de las ideas nacionalistas. Así queda clara esta preocupación que le producía la conciencia de que la burguesía siempre antepone sus intereses de clase, al igual que manifiesta su incomprensión de que el derecho de autodeterminación es simplemente una consigna democrática cuando afirma: «Los bolcheviques debieron aprender a costa de ellos mismos y de la revolución que, bajo el dominio del capitalismo no hay lugar para ninguna autodeterminación nacional, que en una sociedad clasista toda clase que forma parte de la nacionalidad desea autodeterminarse de manera distinta y que entre las clases burguesas los puntos de vista de la libertad nacional ceden completamente el lugar a los del dominio de clase. La burguesía finesa, al igual que la pequeña burguesía ucraniana, estaba perfectamente de acuerdo en preferir el despotismo alemán a la libertad nacional, si esta última estaba ligada a los peligros del bolchevismo».32

¡Qué acertado resulta este comentario! Lo mismo diríamos nosotros de la actuación del nacionalismo vasco y catalán en la guerra civil española. El problema, como veremos en la siguiente cita, estriba en que, aunque Luxemburgo tiene razón en su análisis de clase, no comprende el papel de la consigna democrática del derecho de autodeterminación. «En estos asuntos de referéndum sobre la cuestión nacional puede admitirse, como una regla inviolable, que las clases dominantes donde no les convenga lo impedirán o, si lo realizan, sabrán influir sobre los resultados con todas las maniobras y trapisondas posibles, lo que hace que ningún socialismo sea introducible mediante votaciones populares».33

La objeción expuesta no carece de fuerza, pero Lenin era el primero en comprender el estrecho margen de muchas reivindicaciones bajo el capitalismo, pero eso no es una razón para rechazarlas. Surge aquí, por parte del revolucionario ruso, la concepción brillante del programa socialista como un programa de transición capaz de partir de los problemas más sentidos por las masas y elevar el punto de mira de la lucha hacia el choque con el sistema, a las tareas socialistas. Por supuesto que Rosa compartía esa concepción del programa y se oponía a la artimaña reformista de tener un «programa máximo», guardado en el cajón, y otro «programa mínimo», basado en reivindicaciones inmediatas. Pero a diferencia de Lenin no veía el potencial revolucionario de la reivindicación del derecho a la autodeterminación: «…No sólo el derecho de las naciones a la autodeterminación sino todas las reivindicaciones básicas de la democracia política son ‘realizables’ en el imperialismo únicamente de modo incompleto, desfigurado y a título de rara excepción (por ejemplo, la separación de Noruega de Suecia en 1905). La reivindicación de liberación inmediata de las colonias, propugnada por todos los socialdemócratas revolucionarios, es también ‘irrealizable’ en el capitalismo sin una serie de revoluciones. Mas de ello, en modo alguno se deduce que la socialdemocracia deba renunciar a la lucha inmediata y más decidida por todas esas reivindicaciones (semejante renuncia no sería más que hacer el juego a la burguesía y a la reacción), sino precisamente lo contrario: la necesidad de formular y satisfacer todas esas reivindicaciones no de modo reformista, sino revolucionario; no limitándose al marco de la legalidad burguesa, sino rompiéndolo; no dándose por satisfechos con discursos parlamentarios y protestas verbales, sino arrastrando a las masas a la lucha activa, ampliando y atizando la lucha por toda reivindicación democrática fundamental hasta llegar al ataque directo del proletariado a la burguesía, es decir, a la revolución socialista, que expropia a la burguesía. La revolución socialista puede estallar no sólo con motivo de una gran huelga, o de una manifestación callejera, o de un motín de hambrientos, o de una sublevación militar, o de una insurrección colonial, sino también con motivo de cualquier crisis política como el caso Dreyfus, o el incidente de Saverne34, o de un referéndum en torno a la separación de una nación oprimida…

El recrudecimiento de la opresión nacional en el imperialismo hace necesario para la socialdemocracia que no renuncie a la lucha «utópica», como la califica la burguesía, por la libertad de separación de las naciones, sino, al contrario, que utilice enérgicamente los conflictos que surgen también en este terreno como pretextos para la actividad de masas y las acciones revolucionarias contra la burguesía».35

Su polémica con Lenin, en torno a ésta y otras cuestiones fue usada y manipulada tanto por el estalinismo para descalificar a un personaje cuyas ideas resultaban peligrosas para el burocratismo, como por los reformistas, que se parapetaban tras la autoridad moral de Rosa para buscar críticas contra la Revolución Rusa. Es absolutamente imprescindible restablecer la verdad sobre la polémica y la consideración que existió entre estos dos grandes revolucionarios.

Lenin y Rosa, una misma lucha

«Por encargo del Comité Central del Partido Comunista de Rusia declaro inaugurado el primer Congreso Comunista Internacional. Ante todo, ruego a todos los presentes que honremos la memoria de los mejores representantes de la III Internacional, de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, poniéndonos en pie. [Todos se ponen en pie]». Estas fueron las primeras palabras de Lenin en su discurso inaugural de las sesiones de la Internacional, en marzo de 1919.36

Se han llevado a cabo muchos intentos de distorsionar la figura de esta infatigable luchadora. Los socialdemócratas de todos los tiempos (el equivalente al PSOE hoy en día) han preferido que se mantuviese en el olvido, pues no podrían lavar el crimen cometido ni con toda el agua del Jordán. Sin embargo en muchas ocasiones han distorsionado las críticas que hizo a algunos aspectos de la política bolchevique tras la Revolución Rusa de 1917, para presentarla como «antibolchevique». Sólo es necesario leer su obra La Revolución Rusa, escrita en la cárcel en 1918, para comprender el tamaño de la infamia fabricada. Aquí en el Estado español vivimos esta burda maniobra en el PSOE en los años de la lucha contra la dictadura; mientras muchos militantes honestos veían en ella un ejemplo, algunos políticos invocaban a Rosa contra el «comunismo». Los hechos se encargaron de demostrar que no compartían ni de lejos los argumentos políticos, ni la honestidad y el compromiso en la lucha de la gran revolucionaria internacionalista.

Tanto en algunos de los aspectos de la política de los bolcheviques tras la Revolución como en la cuestión nacional, mantuvo divergencias importantes, pero eso nunca le impidió compartir la política bolchevique. Los mayores oponentes a la política del gobierno obrero ruso, desde el campo de la izquierda fueron los reformistas y los anarquistas, y ambas corrientes fueron combatidas por ella sin descanso. Especialmente en su obra Huelga de masas, partido y sindicatos, escrita al calor de la experiencia de la Revolución Rusa de 1905, se hace una crítica sin concesiones al anarquismo. En cuanto a la crítica al ala de derechas de la socialdemocracia internacional, ésta impregna toda su obra.

Rosa Luxemburgo era un espíritu libre, algo que tantas veces ha faltado en el movimiento obrero —sobre todo con la tragedia histórica del estalinismo—, y eso le llevó a expresar sus opiniones sin cortapisas. Al igual que no tuvo ningún problema en criticar a Engels en aquellos aspectos en que lo consideró errado, como cuando se refirió a su Introducción a Las luchas de clases en Francia, como una concesión a las presiones del ala de derechas de la socialdemocracia alemana. Probablemente llegó a esta conclusión condicionada por la utilización que de este escrito magnífico del viejo Engels habían hecho los partidarios del «parlamentarismo», que llegaron a eliminar algunas frases en su publicación, para oponerse a la vía insurreccional. Además de esas manipulaciones, es cierto que Engels torció la rama de la polémica para destacar lo descabellado de las tesis anarquistas, y Rosa la dobló en sentido contrario frente a los reformistas. En cualquier caso sus críticas están planteadas con un enorme respeto y nunca estuvieron guiadas por intereses personales de ningún tipo, sino por el impulso que determinó su vida: la lucha por acabar con el sistema capitalista. Se esté o no de acuerdo con ella, hay mucho que aprender de sus críticas y divergencias con otros pensadores marxistas.

Pero lo que más ha contribuido a destruir la memoria política de esta revolucionaria de origen polaco, ha sido la condena que de sus ideas llevó a cabo el estalinismo. Las ideas marxistas, la auténtica tradición del bolchevismo, representaban el mayor peligro para el mantenimiento del poder político de la burocracia en la URSS. En esos años se vivió el capítulo más negro de la historia del movimiento obrero, cuando la Revolución Rusa degeneró en líneas burocráticas tras una lucha titánica por mantener las conquistas de Octubre de 1917. Las purgas, los procesos políticos, las deportaciones, encarcelamientos y ejecuciones de los enemigos políticos, incluían una posición oficial de quién era y quién no era «bolchevique». En un arrebato de sectarismo difícil de haber previsto se elaboraban listas de libros y autores prohibidos. Rosa Luxemburgo tuvo el honor de verse pronto incluida en este proceso infamante.

En 1925, el Comité Ejecutivo de la Tercera Internacional lanzó una campaña destinada a la «bolchevización» de los partidos comunistas, y para ello consideraban necesario apartar a un lado a algunos teóricos del marxismo. El planteamiento parece subrrealista, pues consideraban más peligrosos a aquellos que estaban más cerca del leninismo, era el proceso de embalsamar las ideas poderosas de Lenin junto con su cadáver. «Cuanto más próximos al leninismo están estos teóricos, más peligrosas son sus concepciones en los puntos en que divergen de él. Una verdadera bolchevización de ciertas secciones de la Internacional Comunista es hoy imposible si éstas no superan los errores del luxemburguismo…».37

En 1931 el proceso había llegado mucho más lejos y Stalin, en una carta a la revista de historia del partido Prolétarskaia Revolutsia, condenó a Rosa Luxemburgo como contrarrevolucionaria al asociarla con Trotsky, como «inventora» y difusora de la teoría de la «Revolución permanente» que contradecía la posición oficial de Stalin del «socialismo en un solo país», la más acabada destilación teórica del burocratismo frente a la tradición internacionalista del bolchevismo.38

El estigma del trotskysmo la situaba en «el destacamento de vanguardia de la burguesía contrarrevolucionaria».

Lenin, sin embargo se había referido a ella como «representante destacada del proletariado revolucionario y del marxismo sin falsificaciones». Bastaría leer el artículo de Lenin escrito en 1920 Una contribución a la historia de la cuestión de la dictadura para comprender el abismo que separaba sus ideas acerca de Rosa de las de la burocracia. Un año después de aparecer la carta de Stalin, Trotsky escribió un artículo —Apartad vuestras manos de Rosa Luxemburgo— defendiendo a esta revolucionaria.

Se podría hacer una lista de los errores del propio Lenin, o de Marx y Engels, o de otros muchos grandes hombres, pero eso no es menoscabo de su obra, sino más bien el reflejo de la realidad humana. Stalin trató de construir más que una política un dogma, emulando a la Iglesia católica al convertirse en el intérprete del leninismo, como el Papa lo es de las Sagradas Escrituras, para aniquilar lo que de peligroso exista para el poder establecido.

Cualquiera que leyese su escrito acerca de la Revolución Rusa, a pesar de todos los errores, se encontraría con elementos de sobra para poner en duda las teorías oficiales de Stalin.

En esta obra, que es fundamentalmente una defensa de la revolución de Octubre, encontramos expuestas muchas de las ideas que compartía con los bolcheviques, y comienza atacando a los reformistas y mencheviques que consideran que la Revolución Rusa debía ser algo «nacional». Se refiere a ellos despectivamente, aludiendo a su «original descubrimiento ‘marxista’ del carácter nacional, por así decirlo, casero de la revolución socialista en cada Estado moderno»… «La fortuna de la Revolución Rusa dependía por entero de los acontecimientos internacionales, y el hecho de que los bolcheviques hayan condicionado su política a la revolución mundial del proletariado es, precisamente, el testimonio más brillante de su perspicacia, de la solidez de sus principios y de la audacia de su política».

«Tampoco cabe duda alguna de que muchas de las decisiones más graves que Lenin y Trotsky, los dirigentes más capacitados de la Revolución Rusa, tuvieron que tomar en su camino sembrado de espinas y trampas de todo tipo, se tomaron tras vencer las indecisiones internas más profundas y en lucha, también, contra las resistencias más extremas; y nada parecería más impropio a estos dirigentes que la idea de que todos sus actos, realizados en condiciones amargas de coacción y de urgencia, en el torbellino vertiginoso de los acontecimientos, sean admitidos por la Internacional como modelo sublime de política socialista, pues tal es una actitud para la que únicamente resultan apropiadas la admiración acrítica y la imitación servil».39 ¡Desde luego que las ideas de Rosa eran peligrosas para Stalin! Tras leer párrafos como estos, las ideas internacionalistas, totalmente coincidentes con las de Lenin, destacan su incompatibilidad con la antimarxista teoría del «socialismo en un solo país».

Por otro lado no es posible decir que esta obra, a pesar de las críticas a los bolcheviques por haber disuelto la Asamblea Constituyente sin convocar nuevas elecciones, no suponga un apoyo entusiasta al bolchevismo, por lo que les ponía difícil a los estalinistas demostrar el «antibolchevismo» de nuestra autora, y aún más difícil a los reformistas el escudarse en ella para criticar al bolchevismo. Basta leer lo siguiente: «El partido de Lenin fue el único que comprendió el mandamiento y el deber de un partido auténticamente revolucionario, el único que aseguró el avance de la revolución gracias a la consigna: todo el poder al proletariado y al campesinado.

De esta forma han conseguido resolver los bolcheviques la cuestión famosa de la ‘mayoría del pueblo’, que atormenta como una pesadilla a los socialdemócratas alemanes. Discípulos fervientes del cretinismo parlamentario, se limitan a aplicar a la revolución las trivialidades de su casa cuna parlamentaria: si se quiere conseguir algo, hay que tener primero la mayoría. Lo mismo sucede con la revolución: primero tenemos que ser una ‘mayoría’. Sin embargo, la verdadera dialéctica de la revolución invierte el sentido de esta banalidad parlamentaria: no es la mayoría la que lleva a la táctica revolucionaria, sino la táctica revolucionaria la que lleva a la mayoría. Únicamente un partido que sabe dirigir, o sea, impulsar hacia delante, se gana a los seguidores en su avance»… «Lenin, Trotsky y sus camaradas han demostrado que tienen todo el valor, la energía, la perspicacia y la entereza revolucionarias que quepa pedir a un partido a la hora histórica de la verdad. Los bolcheviques han mostrado poseer todo el honor y la capacidad de acción revolucionarios que han caracterizado a la socialdemocracia europea; su sublevación de octubre no ha sido solamente una salvación real de la Revolución Rusa, sino que ha sido, también, la salvación del honor del socialismo internacional».40

En un fragmento de sus apuntes, encontrado junto al manuscrito se puede leer: «El ‘bolchevismo’ se ha convertido en la palabra clave del socialismo revolucionario práctico y de las aspiraciones de la clase obrera a la toma del poder. El mérito histórico del bolchevismo consiste en haber abierto brutalmente el abismo social en el seno de la sociedad burguesa, en haber profundizado y exacerbado a escala internacional el antagonismo de clases, y, como en todos los grandes contextos históricos, esta obra hace desaparecer irremisiblemente todas las faltas y todos los errores particulares del bolchevismo».41

Además es importante señalar que corrigió, posteriormente los aspectos más negativos de su crítica a la actuación de los bolcheviques que había estado muy influida por la falta de una información precisa de los acontecimientos en Rusia, ya que ella se encontraba encarcelada en esos momentos.

En plena Revolución Alemana, Rosa revisó en la práctica las críticas que había hecho a la postura de los bolcheviques respecto a la Revolución Rusa, y en particular respecto al tema del papel de la Asamblea Constituyente. Así lo demuestra Paul Frölich en su magnífica biografía, al citar los artículos de Rosa en Die Rote Fahne42, de los que podemos entresacar las siguientes citas: «El Gobierno actual convoca la Asamblea Constituyente, con lo que está creando un contrapeso burgués frente a los consejos de soldados y trabajadores, encauza la revolución en los carriles de la revolución burguesa y escamotea sus metas socialistas».

«Quien hoy apoye la idea de la Asamblea Nacional ata consciente o inconscientemente a la revolución a la etapa histórica de las revoluciones burguesas; es un agente encubierto de la burguesía o un ideólogo inconsciente de la pequeña burguesía…».43

El propio Lenin era consciente de estas rectificaciones. Así lo confirma un importante documento, que no fue publicado hasta el año 1959; una carta de Lenin a Zinoviev, acerca de una conversación mantenida con la comunista alemana y compañera de Rosa, Clara Zetkin:

«Camarada Zinoviev:

La conversación que tuve ayer con Zetkin antes de su partida me parece tan importante por varias cosas que me dijo ella, que creo necesario contársela a usted.(…)

Por otra parte teme que a algún amigo de Levi se le ocurra publicar el manuscrito de Rosa Luxemburgo contra los bolcheviques (que, al parecer, escribió en la cárcel en 1918) Su intención, si alguien hace tal cosa, es manifestarse en la prensa plenamente convencida de que es un acto desleal. Declararía que ella fue quien trató de la manera más íntima con Rosa Luxemburgo y está persuadida de que ella misma reconoció que esas ideas eran erróneas, reconoció después de salir de la cárcel que no estaba suficientemente informada.

Además, Leo Jogiches, amigo íntimo de Rosa Luxemburgo, que dos días antes de morir, conversó largo y tendido con Zetkin, le dijo, refiriéndose a ese manuscrito de Rosa Luxemburgo, que la propia Rosa Luxemburgo había reconocido que su contenido era erróneo».44

Levi llevó a cabo esa publicación tendenciosa, que fue seguida de otra de Clara Zetkin. Lenin escribió a propósito de la primera:

«Paul Levi desea ahora hacer méritos especiales ante la burguesía —y, por consiguiente, ante sus agentes, ante la II Internacional y la Internacional II y media—, reeditando precisamente obras de Rosa Luxemburgo en las que ella estaba equivocada. Contestamos a esto con dos líneas de una buena fábula rusa: a veces, las águilas vuelan más bajo que las gallinas; pero las gallinas jamás podrán elevarse a la altura de las águilas. Rosa Luxemburgo se equivocó en el problema de la independencia de Polonia; se equivocó al enjuiciar en 1903 el menchevismo; se equivocó en la teoría de la acumulación del capital; se equivocó en julio de 1914, cuando defendió con Plejánov, Vandervelde, Kautsky y otros la unidad de los bolcheviques y los mencheviques; se equivocó en sus escritos de la cárcel, en 1918 ( por lo demás, ella misma corrigió, al salir a la calle, a fines de 1918 y principios de 1919, la mayor parte de sus errores). Pero a pesar de todos sus errores, Rosa Luxemburgo fue y seguirá siendo un águila; y no sólo será siempre entrañable para todos los comunistas su recuerdo, sino que su biografía y sus obras completas (cuya edición demoran demasiado los comunistas alemanes, quienes sólo en parte merecen ser disculpados por la inaudita cantidad de víctimas que sufren en su dura lucha) serán una utilísima enseñanza para educar a muchas generaciones de comunistas de todo el mundo. ‘Después del 4 de agosto de 1914, la socialdemocracia alemana es un cadáver hediondo’: con esta máxima entrará el nombre de Rosa Luxemburgo en la historia del movimiento obrero mundial. Mientras tanto, en el corral del movimiento obrero, las gallinas del tipo de Paul Levi, Scheidemann, Kautsky y toda esa cofradía seguirán admirando entre los montones de estiércol, por supuesto y sobre todo, los errores de la gran comunista. A cada uno lo suyo».45

Resulta especialmente interesante el hecho de que Lenin no oculte sus divergencias con Rosa, al contrario, pretende resaltar que a pesar de ellas, a pesar de todos esos temas de importancia en los que él consideró que estaba equivocada y polemizó con ella públicamente, a pesar de todo, lo fundamental era lo que les unía en la lucha revolucionaria.

Lenin insistió en la publicación de las obras de Rosa. No de un escrito u otro sino de las obras completas, como «una utilísima enseñanza para educar a muchas generaciones».

¡Qué tremendo contraste con la actitud de Stalin que proscribió las obras de esta revolucionaria, así como las de Trotsky y otros autores!

Hoy, el estalinismo ha mostrado su fracaso histórico, pero no podemos hablar de que el movimiento comunista haya llevado a cabo un estudio de superación de lo que supuso la degeneración burocrática de la Revolución Rusa, y cómo restablecer las raíces del socialismo revolucionario. La obra de Rosa es una de las claves para ayudar a esa superación, a ese restablecimiento de las ideas, no a través de los argumentos capitalistas, de la impregnación del democratismo burgués, sino recobrando las tradiciones del socialismo, del internacionalismo revolucionario.

El método de elaborar una lista de los errores reales o supuestos de Rosa, desde su postura en la cuestión nacional, a su supuesto espontaneísmo, no ocultaba sino el miedo de Stalin y la camarilla burocrática frente al contenido internacionalista y de defensa implacable de la democracia socialista que inspiraban los escritos de esta autora.

Por supuesto que podríamos hacer una lista de los errores de Marx y Engels o del propio Lenin, y, desde luego, quien no sea capaz de hacerlo difícilmente puede considerarse marxista, pero eso no invalida su pensamiento, salvo que demostrásemos que estaban equivocados en lo fundamental, que se trata de errores de método.

Algunos de los errores de Lenin tuvieron cierta importancia, como su concepción acerca de la conciencia de clase que expresó en su libro ¿Qué hacer? en 1903 cuando defendió que la clase obrera, por si misma, no podía pasar de una conciencia sindicalista. Él mismo lo corrigió en su obra «Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática», en las primeras frases del prólogo de 1905.

Su perspectiva para la revolución en Rusia estaba equivocada, él pensaba en una revolución democrática, no en una revolución socialista, en una primera fase. Incluso respaldó la confusa resolución del III Congreso del POSDR acerca de la participación en un hipotético gobierno provisional, a lo que se opuso con todas sus fuerzas en el momento de la verdad.46 Se fue produciendo un cambio, en el que acabó compartiendo lo fundamental de las tesis de Trotsky acerca de la «revolución permanente»; la inevitabilidad de que una vez desatada la revolución se plantearían ante ella tareas socialistas, no pudiendo detenerse en las tareas democráticas. Las Tesis de abril, suponen la culminación de la concepción leninista acerca de la revolución , y son además de uno de sus escritos más brillantes, imprescindibles para comprender su pensamiento y la concepción revolucionaria de los bolcheviques.

Rosa Luxemburgo comprendió antes que él la degeneración del SPD. Ya a principios de 1907, le escribía a Clara Zetkin: «Soy consciente, más brutal y dolorosamente que nunca, de la pusilanimidad y de la mezquindad que reinan en nuestro partido, pero no me encolerizo como tú por ello, porque ya he comprendido —es de una claridad que asusta— que estas cosas y estas gentes no pueden cambiar si la situación no cambia. E incluso entonces —ya me lo he dicho a mí misma al reflexionar fríamente sobre ello, y es algo para mí de cajón— cuando queramos hacer avanzar a las masas, tendremos que contar con la resistencia inevitable de todos ellos. (…) Si los acontecimientos toman un giro que desborde los límites del parlamentarismo, ya no servirán absolutamente para nada.(…) Nuestra tarea, la que actualmente nos concierne, consiste simplemente en actuar contra la esclerotización y el embrutecimiento de estas autoridades, protestando tan vigorosamente como nos sea posible».47

Incluso en 1914, cuando se publicó el Vorwärts, con la postura del grupo parlamentario socialdemócrata respaldando los créditos de guerra del gobierno alemán, Lenin pensó que se trataba de una falsificación propagandística del Estado Mayor alemán. Pronto reconoció su equivocación: «Odio y desprecio ahora a Kautsky más que a nadie por su sucia, vil y fatua hipocresía. No ha sucedido nada, según él, no se han abandonado los principios, todos tienen el derecho de defender a su patria. El internacionalismo, fíjense ustedes, consiste en que los obreros de todos los países disparen unos contra otros ‘en aras de la defensa de la patria’.

Tenía razón Rosa Luxemburgo cuando decía, hace tiempo, que Kautsky tiene el ‘servilismo de un teórico’: espíritu de lacayo, para decirlo en lenguaje más llano, de lacayo ante la mayoría del partido, ante el oportunismo».48

Y, por desgracia, reaccionó demasiado tarde frente a las inclinaciones burocráticas de Stalin. Su fatal enfermedad le impidió dar una batalla contra la degeneración de la revolución, cuyo peligro ya había denunciado.

Sin embargo, todos esos errores no hacen sino confirmar el carácter humano del más genial de los revolucionarios. Quienes defendemos lo esencial de la herencia del pensamiento de Lenin o de Rosa Luxemburgo no lo podemos hacer a base de ocultar o negar sus errores, levantarles monumentos y aprender citas de memoria, sino a base de estudiar su pensamiento y extraer su utilidad para la lucha en nuestros días. Como decía la propia Rosa: «La moderna clase proletaria no adapta su lucha a un esquema terminado, teóricamente elaborado y contenido en un libro. La moderna lucha laboral es un pedazo de la historia, un pedazo de la evolución social. Y en medio de la historia, en medio de la lucha aprendemos la manera de luchar… El primer mandamiento del combatiente político es marchar con la evolución de su tiempo y examinar constantemente los cambios experimentados por el mundo y los cambios de nuestra estrategia de combate».49

Lenin, que conocía la obra y la lucha de Rosa Luxemburgo, no se cansó de insistir en la necesidad de publicar sus escritos. En una carta a Berzin le pide que «Reuna una colección de Espartaco (he visto el núm. 11/9/1918) y reedite toda la colección en 4 idiomas. También a Junius y Liebknecht».50

El 19 de febrero de 1919, envía un telegrama: «A Stuchka y Berzin. Gobierno soviético de Letonia. Riga. Aplaudo la decisión de los obreros alemanes en Riga de editar en fascículos las Obras Completas de Liebknecht y Luxemburgo. Espero que ustedes les ayuden por todos los medios y lo aceleren, y a mí remítanme un ejemplar».51

En cuestiones organizativas también tuvieron diferencias, sobre todo en la época en que el POSDR se dividió entre bolcheviques (mayoritarios) y mencheviques (minoritarios). Pero es muy peligroso aislar una discusión del contexto en el que se produce. A Lenin le gustaba mucho citar la idea de Hegel de que «la verdad es concreta» y afirmaba «a problemas concretos, soluciones concretas». Lenin se enfrentaba a la necesidad de centralizar grupos dispersos en todo el Imperio ruso para darle la cohesión necesaria tanto política como organizativa. Rosa, por el contrario, chocaba con una poderosa organización política y sindical, con estructuras anquilosadas, pero falta de vida de base, de iniciativa política: «…Sería un error fatal pensar que por ese mero hecho la organización socialdemócrata se ha convertido en la única depositiaria de toda la capacidad de acción histórica del pueblo, y que las masas desorganizadas del proletariado se reducen a un magma amorfo, a un lastre inerte para la historia. Es precisamente lo contrario; la materia viviente de la historia sigue siendo, siempre, a pesar de la socialdemocracia, la masa del pueblo; y sólo cuando la sangre circula entre el núcleo organizado y las masas populares, sólo cuando el pulso de uno y otro late al unísono, la socialdemocracia puede y demuestra ser capaz de realizar grandes acciones históricas. (…) …la pequeña parte de iniciativa y decisión tanto en el plano intelectual como político, que incumbía a las organziaciones de base en la vida cotidiana, queda totalmente transferida al pequeño cenáculo que dirige el partido: direcciones de sección, federación y grupo parlamentario. Lo que queda para la gran masa de miembros es el pago de las cotizaciones, la difusión de los panfletos, las elecciones y la organización de la campaña electoral, el puerta a puerta para recoger las suscripciones a la prensa del partido y otras obligaciones por el estilo. (…) La iniciativa de la base acaba por lo general estrellándose contra el muro de las innumerables instancias».52

Luchaba por obtener el máximo margen para combatir a los dirigentes y, sobre todo, creía en el aire fresco de la presión directa de las masas: «Los pasos en falso en que incurre un movimiento obrero verdaderamente revolucionario son históricamente mucho más fructíferos que la infalibilidad del mejor Comité Central».53 Esa desconfianza en los dirigentes en contraste con una gran confianza en las masas, la encontramos siempre en ella, de entre la multitud de citas que podríamos traer aquí, damos una muy expresiva: «La revoluciones que ha habido hasta ahora, y en especial la de 1848, nos han demostrado que no es a las masas a quien hay que sujetar, sino a los parlamentarios para que no traicionen a las masas y a la revolución».54

El empeño de Rosa era luchar contra una estructura burocrática mientras que Lenin se enfrentaba a la necesidad vital de centralizar una organización dispersa, llegando a decir: «Las ‘terribles palabras’ de jacobinismo, etc., no expresan absolutamente nada más que oportunismo. El jacobino, indisolublemente ligado a la organización del proletariado consciente de sus intereses de clase es precisamente el socialdemócrata revolucionario».55 Podemos contrastar esta cita con la opinión de Rosa: «Atribuirle al oportunismo, como hace Lenin, una preferencia absoluta sobre una forma cualquiera de organización —digamos por la descentralización—, significa confundir su verdadera naturaleza. Oportunista como es, el oportunismo tiene también, en lo relativo a los problemas de organización, un solo principio: la falta de principios».56

Nada mejor que citar al propio Lenin para comprender la necesidad de situar la polémica en el contexto en que se produjo: «Nada podrá entenderse de nuestra lucha si no se estudian la condiciones concretas de cada batalla».57

El dirigente ruso pretendía forjar, y lo consiguió, una «herramienta afilada», pequeña por necesidad y muy disciplinada.

En cualquier caso, se ha exagerado la importancia de esta controversia, a la que Rosa restó importancia: «Nosotros negamos que los camaradas rusos de la actual ‘mayoría’ hayan sido víctimas de errores blanquistas en el curso de la revolución, como les reprocha el camarada Plejanov. Puede que haya habido trazas de algo similar en el proyecto organizativo que el camarada Lenin escribiera en 1902, pero es algo que pertenece al pasado, a un pasado lejano, porque hoy la vida va deprisa, vertiginosamente deprisa».58

En la práctica, en los grandes movimientos revolucionarios que vivieron, la revolución de 1905 en Rusia, la del 17 y la revolución alemana del 18, coincidieron en lo fundamental, en la organización de las masas, la defensa del poder para los soviets, su lucha implacable contra el conciliacionismo y contra la claudicación ante la burguesía.

Cuando Lenin preparó sus apuntes, para elaborar su estudio de la revolución de 1905, podemos encontrar en ellos el siguiente pasaje:59

«La mejor exposición en alemán: Rosa Luxemburgo (en relación con las peculiaridades euroccidentales de la lucha)
Rosa Luxemburgo: La huelga de masas, el partido y los sindicatos (Hamburgo 1906)».

Un hecho muy significativo en la vida de ambos revolucionarios, su posición revolucionaria frente a la guerra imperialista, nos sirve tanto para comprobar sus coincidencias como para ver lo unidos que se sintieron en la lucha internacional por el socialismo.

En el Congreso de la Internacional Socialista celebrado en Stuttgart en agosto de 1907 (VII Congreso de la II Internacional), Rosa Luxemburgo y Lenin defendieron la misma postura sobre la guerra presentando enmiendas a la propuesta de Bebel, planteando: «En caso de que la guerra, pese a todo, llegue a desencadenarse, ellos (la clase obrera de los diversos países y sus representantes en los parlamentos) deben (…) aspirar por todos los medios a utilizar la crisis económica y política provocada por la guerra para excitar a las masas populares y acelerar la caída de la dominación de clase capitalista».

Poseemos un testimonio de privilegio en las memorias de Nadia Krupskaia, la compañera de Lenin: «Al atardecer estuvimos con Rosa Luxemburgo. El Congreso de Stuttgart, en el cual Vladimir Ilitch y Rosa Luxemburgo se manifestaron en el mismo sentido en lo que se refería a la cuestión de la guerra, les acercó mucho. Esto sucedía en 1907 y tanto el uno como el otro decían ya en el congreso que la lucha contra la guerra debía proponerse como fin no sólo la lucha por la paz, sino la sustitución del capitalismo por el socialismo. La crisis engendrada por la guerra deberá ser utilizada para acelerar el derrumbamiento del capitalismo. ‘El Congreso de Stuttgart —escribía Vladimir Ilitch, caracterizándolo— ha puesto en oposición con particular relieve, sobre varias cuestiones de gran importancia, al ala oportunista y al ala revolucionaria de la socialdemocracia internacional y ha solucionado dichas cuestiones en el sentido del marxismo revolucionario’. En el Congreso de Stuttgart Rosa Luxemburgo y Vladimir Ilitch marcharon juntos. Y por esto la conversación de esa tarde entre los dos tuvo un carácter particularmente amistoso».60

León Trotsky, que también había sido criticado por Rosa, escribió de ella en 1919: «Baja de estatura, fragil, enferma, con un rasgo de nobleza en su rostro de hermosos ojos y una mente radiante, impresionaba por la valentía de su pensamiento. Manejaba el método marxista como sus propios brazos; podría decirse que el marxismo corría por sus venas. (…)

¡Cómo la odiaban! [los oportunistas] ¡Y cómo ella los despreciaba! Su pequeña y fragil estructura ascendía a la plataforma del Congreso como la personificación de la revolución proletaria. Con la fuerza de su lógica y el poder de su sarcasmo reducía al silencio a sus más reconocidos oponentes. Sabía como odiar a los enemigos del proletariado y precisamente por eso despertaba el odio hacia ella: la habían identificado desde un principio».61

El espontaneismo

Otro de los equívocos más comunes es el pretendido culto al espontaneismo de las masas por parte de Rosa, dándole al término un contenido semianarquista. La supuesta falta, según el Ejecutivo de la Tercera Internacional en 1925, consistía en «un modo que no es bolchevique de tratar la cuestión de la ‘espontaneidad’, de la ‘organización’ y de las ‘masas’. Tal error de los luxemburguistas, que no disponían de otra experiencia de la del Partido Socialdemócrata Alemán, con frecuencia restringía la amplitud de la lucha de clases y no les permitió comprender adecuadamente el papel del partido en la revolución».62

¡Nada más lejos de la realidad! En su obra trazó con claridad la relación siempre compleja entre las masas y el partido, y el proceso de las masas cuando se desata una revolución.

De nuevo nos encontramos con unas circunstancias específicas, en que defiende la necesidad de contar con las masas y no pretender que el partido puede decidirlo todo al margen de éstas, marcando el día y la hora de las acciones sin comprender el estado de ánimo de los trabajadores. Su acepción de «espontáneo», se refiere más a la idea de no planificado, no a que el movimiento se desarrolle espontáneamente al margen del trabajo de dirección del partido.

Unas cuantas referencias pueden bastarnos para demostrar que la acusación de «espontaneismo» es producto de la incomprensión o de una manipulación de las ideas.

En su artículo Was weiter? (¿Y ahora qué?), que fue censurado por la dirección del SPD, afirmaba: «En un partido como el alemán, en el que el principio de la organización y el ejemplo de la disciplina del partido se tiene en tan alto concepto, donde por lo tanto la iniciativa de las masas populares no organizadas, su capacidad de acción espontánea, por así decirlo, improvisada —que es un factor tan importante, con frecuencia decisivo en todas las luchas política de envergadura—, están casi excluidas…».63

«Las exteriorizaciones de la voluntad de las masas en la lucha política no se pueden mantener artificialmente en una y a la misma altura por tiempo indefinido, y encasillar en una y de la misma forma. Deben crecer, agudizarse, cobrar formas nuevas y más eficientes. La acción de masas iniciada debe desarrollarse. Y si se quiebra en la dirección del partido la decisión de dar a las masas las consignas necesarias, en el momento oportuno, entonces se apodera de ellas, invariablemente una cierta frustración, el ímpetu desaparece y la acción, en sí misma, decae».

Su concepción de la relación entre el partido y las masas es dialéctica, lo que no admite en ningún momento es que se pretenda manejar a las masas como si se tratara de un grifo que se puede abrir y cerrar a voluntad de los dirigentes: «Es cierto que las masas sólo pueden alcanzar el éxito si la dirección del partido es consecuente, resuelta y de una claridad transparente. Si cada vez que se dan dos pasos adelante se retrocede uno, las acciones de masas irán también a ciegas. Pero cada vez que una campaña política fracasa el responsable no son las masas desorganizadas, sino el partido organizado y su dirección.

Históricamente la socialdemocracia está llamada a constituir la vanguardia del proletariado; como partido de la clase obrera debe ir delante y asumir la dirección. Pero si la socialdemocracia se imagina que es la única llamada a escribir la historia, que la clase no es nada, que debe ser transformada en partido antes de poder actuar, podría ocurrir fácilmente que la socialdemocracia jugara un papel de freno en la lucha de clases y que llegado el momento fuera obligada a correr detrás del movimiento, y fuera arrastrada a la batalla decisiva contra su voluntad».64

Su obra Huelga de masas, partido y sindicatos, es un escrito magnífico, inspirado en la experiencia de la Revolución Rusa de 1905, en la que tomó parte, que no deja lugar a equívocos: «Había que ser inconsciente para esperar que el absolutismo fuera abatido de golpe por una sola huelga general ‘prolongada’ según el modelo anarquista. Es el proletariado el que debe derrocar al absolutismo en Rusia. Pero el proletariado tiene necesidad para eso de un alto grado de educación política, de conciencia de clase y de organización. No puede aprender todo esto en los folletos o en los panfletos, sino que esta educación debe ser adquirida en la escuela política viva, en la lucha y por la lucha, en el curso de la revolución en marcha».65

«El elemento espontáneo, según ya vimos, desempeña un gran papel en todas las huelgas de masas en Rusia, ya sea como elemento impulsor, ya sea como freno.(…) Incluso si el proletariado, con la socialdemocracia a la cabeza, desempeña un papel dirigente, la revolución no es una maniobra del proletariado sino una batalla que se desarrolla cuando alrededor todos los fundamentos sociales crujen, se desmoronan y se desplazan incesantemente. Si el elemento espontáneo desempeña un papel tan importante en las huelgas de masas en Rusia, no es porque el proletariado ruso sea ‘insuficientemente educado’, sino porque las revoluciones no se aprenden en la escuela».66

No sólo aborda el proceso del desarrollo de la conciencia durante la lucha, sino que también demostraba una concepción dialéctica de la organización: «La concepción rígida y mecánica de la burocracia sólo admite la lucha como resultado de la organización que ha llegado a un cierto grado de fuerza. La evolución dialéctica viva, por el contrario, hace nacer a la organización como producto de la lucha».67

Sus conclusiones no sólo prueban su aguda comprensión de las lecciones de la Revolución de 1905, acerca de la importancia decisiva de la huelga de masas como arma en la lucha, sino que demuestran la falsedad de un supuesto espontaneísmo: «La socialdemocracia es la vanguardia más esclarecida y consciente del proletariado. No puede ni debe esperar con fatalismo, con los brazos cruzados, que se produzca una ‘situación revolucionaria’ ni que el movimiento popular espontáneo caiga del cielo. Por el contrario, tiene el deber como siempre de adelantarse al curso de los acontecimientos, de buscar precipitarlos. No lo logrará lanzando al azar y no importa en qué momento oportuno o no, la consigna de la huelga, sino más bien haciendo comprender a las capas más amplias del proletariado que la llegada de un período semejante es inevitable, explicándoles las condiciones sociales internas que conducen a ello así como sus consecuencias políticas».68

Lejos del espontaneismo, Rosa comprendía perfectamente la gran responsabilidad de los dirigentes, y así lo expreso en muchas ocasiones, incluso en sus últimos momentos en el desarrollo de la Revolución Alemana. Lo que nunca aceptó es la actitud de aquellos que pretenden descargar sus propias responsabilidades sobre las masas, de quienes las consideran borregos o conejos para ocultar sus propias deficiencias, es aleccionadora su carta a Mathilde Wurm: «No hay nada tan mutable como la psicología de los hombres, al igual que la psique de las masas encubre siempre —como thalassa, el mar eterno—, en este estado latente, todas las virtualidades: una calma mortal y la tempestad más feroz, la cobardía más vil y el más bravo heroísmo. Las masas son siempre aquello que necesariamente tienen que ser en función de las circunstancias, y siempre están a punto de convertirse en algo totalmente diferente de lo que aparentan ser. ¡Ah! ¡Qué clase de capitán podría ser aquel navegante que fijara su ruta fiándose únicamente del aspecto momentáneo del mar y que no supiera prever la llegada de la tempestad a partir de los signos observados en el cielo y en las profundidades del océano! ‘Ser decepcionado por las masas’, mi pequeña, para un dirigente político, equivale siempre a la demostración de su propia incapacidad. Un dirigente de gran envergadura no basa su táctica en el humor momentáneo de las masas, sino en las leyes de bronce de la evolución; mantiene su táctica a pesar de todas las decepciones y deja tranquilamente que la historia vaya madurando su obra».69

La democracia socialista

Rosa no se limita a contestar a los argumentos teóricos sistematizados por los revisionistas, sino que es capaz de establecer un vínculo entre el abandono de los principios y el abandono de los métodos de lucha y las tácticas revolucionarias: «El parlamentarismo no sólo da pie a todas las conocidas ilusiones del oportunismo actual como las que conocemos por Francia, Alemania e Italia, es decir, la sobrevaloración de la acción reformadora, la colaboración de las clases y de los partidos, la evolución pacífica, etc., sino que constituye al mismo tiempo el suelo sobre el cual esas ilusiones pueden fomentarse en la práctica al separar a los intelectuales también en la Socialdemocracia, en tanto que parlamentarios, de las masas proletarias poniéndolos en cierto modo por encima de éstas. Finalmente, el mismo parlamentarismo, con el crecimiento del movimiento obrero, hace de este último trampolín para el ascenso político, razón por la cual vienen a cobijarse en él muchos elementos ambiciosos desplazados pertenecientes a la burguesía».70

El marxismo no sólo cuestiona el sistema económico capitalista, también plantea la superación de los sistemas políticos que lo acompañan para garantizar la dominación de clase de la burguesía. En la obra de Rosa encontramos de forma destacada este aspecto de crítica del Estado burgués, un análisis minucioso de cuál debe ser la actitud del movimiento obrero respecto a la defensa de las libertades, la utilización del Parlamento y su relación con las movilizaciones.

El capitalismo considerado como lo que es, un sistema mundial, ha fracasado claramente, demostrando su incapacidad de satisfacer las necesidades de la humanidad tanto en lo que se refiere al bienestar material como en lo que afecta a las libertades democráticas.

La premisa de una defensa convincente de la alternativa socialista, es partir del rechazo al actual sistema que impera en el mundo. Desde este aspecto la actualidad del debate planteado en «reforma o revolución» es indiscutible.

Se presenta, desde los que creen en el capitalismo, como el mejor sistema posible, pero lejos de mejorar la situación de la población mundial, al margen de pequeñas islas de desarrollo, la miseria es creciente, las guerras, las enfermedades, el embrutecimiento… son moneda corriente en el mundo. Sólo la superación de la propiedad privada de los medios de producción puede establecer un sistema basado en el interés de la mayoría y no en el de una minoría, que cada vez concentra más riqueza en sus manos.

Este desastre económico que sitúa al capitalismo como sistema incapaz de satisfacer las necesidades vitales es patente. No sólo eso, además es incapaz de proporcionar un desarrollo sostenible y cada vez más amenaza las propias fuentes sobre las que se sustenta la vida del hombre sobre la tierra.

Pero no se trata únicamente de la economía, el fracaso político es aún más patente. Bernstein trató de ligar el capitalismo, y su evolución, al desarrollo de las libertades democráticas. Rosa atacó esta postura, y los acontecimientos le dieron la razón. Hoy su planteamiento sigue siendo válido; el capitalismo aparece unido a los horrores más tremendos en lo que se refiere a la violación de las libertades democráticas en todo el mundo, justificando los regímenes más atroces si son fieles al imperialismo. En el mejor de los casos las libertades formales son disfrutadas por una minoría de la población mundial, y dentro de esos países el verdadero poder de decisión se lo reservan para ellos el puñado de propietarios de las grandes empresas, bancos y medios de comunicación.

«¿No ha afirmado siempre la socialdemocracia que ‘una democracia plena no formal, sino auténtica y eficaz’ solamente es pensable como consecuencia de una igualdad económica y social, es decir, de un orden económico socialista y que, por el contrario, la ‘democracia’ del estado nacionalista burgués es, en última instancia, un fraude más o menos grande?».71

Como para Rosa, el objetivo de transformación social sigue siendo la superación del capitalismo y la conquista de la democracia socialista.

Además ella vivió en un país donde la democracia burguesa había llegado a un desarrollo considerable, el Partido Socialista alcanzó gran apoyo electoral y los sindicatos eran poderosos. Sin embargo debido principalmente a las ilusiones en el parlamentarismo y en la democracia burguesa condujeron al movimiento obrero al desastre.

«…Siempre hemos distinguido el contenido social de la forma política de la democracia burguesa, siempre supimos ver la semilla amarga de la desigualdad y de la sujeción social que se oculta dentro de la dulce cáscara de la igualdad y de la libertad formales, no para rechazarlas, sino para incitar a la clase obrera a no limitarse a la envoltura, a conquistar antes el poder político para llenarlo con un nuevo contenido social. La misión histórica del proletariado, una vez llegado al poder, es crear, en lugar de una democracia burguesa, una democracia socialista y no abolir toda democracia».72

Este planteamiento de principios tiene profundas implicaciones en lo que respecta al parlamentarismo o la participación en los gobiernos burgueses. A propósito de la discusión sobre la participación en junio de 1899 del socialista Millerand, en un gobierno burgués en Francia, sin precedentes en el movimiento obrero, escribió: «La naturaleza de un gobierno burgués no viene determinada por el carácter personal de sus miembros, sino por su función orgánica en la sociedad burguesa. El gobierno del Estado moderno es esencialmente una organización de dominación de clase, cuya función regular es una de las condiciones de existencia para el Estado de clase. Con la entrada de un socialista en el gobierno, la dominación de clase continua existiendo, el gobierno burgués no se transforma en un gobierno socialista, pero en cambio un socialista se transforma en un ministro burgués. (…) Mientras que en el Parlamento, o en el Consejo Municipal, podemos obtener reformas útiles luchando contra el gobierno burgués, ocupando un puesto ministerial sólo conseguimos esas reformas si apoyamos al Estado burgués. La entrada de los socialistas en un gobierno burgués no es, pues, como podría creerse, una conquista parcial del Estado burgués por los socialistas, sino una conquista parcial del partido socialista por el Estado burgués».73

En definitiva está planteando que no se puede hacer una política socialista y, al mismo tiempo, mantener el Estado burgués: «En la sociedad burguesa, a la socialdemocracia le corresponde por su misma esencia el papel de un partido de la oposición; como gobernante solamente puede aparecer sobre las ruinas del Estado burgués».74

Un buen ejemplo de esto es el paso de los dirigentes del PSOE por el gobierno después del triunfo aplastante en las elecciones generales de 1982.

Es cierto que hoy en día la clase obrera podría llegar a alcanzar la mayoría parlamentaria a través de los cauces que ofrece la propia democracia burguesa en algunos casos excepcionales, pero eso no invalida el pensamiento de Rosa. Así lo demuestran casos como el de Chile, con el Gobierno de Allende, o la Revolución de los Claveles en Portugal, o, desde luego, lo sucedido en el Estado español durante los años 30.

Pero no basta con tener el apoyo de la mayoría de las masas, es necesario evitar la reacción de la burguesía: «Es una ilusión creer que los capitalistas se avendrán plácidamente a acatar los veredictos socialistas de un parlamento, de una asamblea nacional. Es ilusorio creer que renunciarán a sus bienes, a sus beneficios, a sus privilegios derivados de la explotación. Todas las clases dominantes siempre han defendido encarnizadamente sus privilegios hasta el último aliento. (…) Todos ellos han sido los responsables de matanzas, todos ellos han vertido ríos de sangre, han dejado rastros de cadáveres, cenizas y ruinas, han recurrido a la guerra civil y la alta traición con el único objeto de mantener sus privilegios y sus poderes».75 La teoría marxista del Estado mantiene plenamente su validez. El cambio de sociedad podría ser perfectamente pacífico, no hay por qué relacionar necesariamente revolución y violencia extrema. De hecho en Portugal en abril de 1974 el Estado burgués se hundió sin apenas resistencia. Pero en ningún caso podrá darse el cambio del capitalismo al socialismo si no se toman medidas revolucionarias. Esto quiere decir que es necesario poner los recursos de la sociedad, tanto económicos como de medios de comunicación, instituciones políticas, administrativas y judiciales, incluido el poder de coerción en manos de la mayoría arrancando su control a la minoría que se sirve del Estado burgués.

La izquierda debe ser capaz de analizar a fondo la encrucijada histórica en que se encuentra y sacar recursos de su propio arsenal. El mayor peligro que nos acecha es el de recurrir a la ideología dominante para sustituir la ideología de los oprimidos. El socialismo no ha fracasado porque aún no se ha construido. Sólo con una autocrítica sincera, con plena libertad de discusión se puede construir la organización que necesitamos.

«Lo que importa es lo siguiente: nosotros tres [Luxemburgo, Mehring y Karski] y especialmente yo —me interesa destacarlo—, somos de la opinión de que el Partido está atravesando una crisis interna mucho más grave que cuando surgió el revisionismo. La frase puede parecer dura, pero estoy convencido de que el Partido corre el peligro de sucumbir en el marasmo si continúa de esta forma. En semejantes tiempos solamente existe una salvación para un partido revolucionario: la más dura y desconsiderada autocrítica que pueda imaginarse».76

Esta tarea no puede quedar en manos de notables o círculos restringidos de dirigentes, es una tarea que debe implicar a los sectores más amplios posibles de entre todos aquellos que participamos en la lucha por la transformación socialista de la sociedad.

Toda la obra de Rosa debe ser rescatada del olvido. Hoy, que la izquierda está tan necesitada de inspiración para superar sus complejos y levantar con orgullo la bandera del socialismo, debemos retornar a las raíces del socialismo revolucionario para encontrar las fuentes en que restablecer el proyecto de transformación socialista de la sociedad. Ante un mundo que es conducido de mal en peor por las clases dominantes, debemos recuperar la confianza en la capacidad de intervenir en la historia. Frente a muchos problemas esta mujer extraordinaria solía decir: «Las cosas tienen su lógica, incluso cuando los hombres han dejado de tenerla».

  1. Reforma social o revolución, Rosa Luxemburgo.
  2. Huelga de masas, partido y sindicatos, Rosa Luxemburgo. Editorial Siglo XXI.
  3. Reforma social o revolución.
  4. La crisis de la socialdemocracia (Junius). Editorial Anagrama.
  5. Huelga de masas, partido y sindicatos. Editorial Anagrama.
  6. Los objetivos de Espartaco. Editorial Anagrama.
  7. Publicado en castellano con el título: Socialismo evolucionista. Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia. Editorial Fontamara.
  8. Reforma social o revolución.
  9. Ibídem.
  10. Huelga de masas, partido y sindicatos. Editorial Anagrama.
  11. Ibídem.
  12. Ibídem.
  13. Ibídem.
  14. Ibídem.
  15. Intervención de Rosa Luxemburgo en el congreso del SPD de Stuttgart en 1898, bajo el título de El objetivo final.
  16. Recogido en la biografía Rosa Luxemburgo. Su vida y su obra, de Paul Frölich. Editorial Fundamentos.
  17. Ibídem.
  18. Intervención de Rosa Luxemburgo en el congreso del SPD de Stuttgart en 1898, bajo el título de El objetivo final.
  19. Carta a Leo Jogiches, recogida en El pensamiento de Rosa Luxemburgo, Ediciones del Serbal.
  20. Ibídem.
  21. Ibídem.
  22. Palabras de Rosa recogidas en un artículo de Luise Kautsky, en El pensamiento de Rosa Luxemburgo, Ediciones del Serbal.
  23. Carta del 1 de noviembre de 2015. Recogida en El pensamiento de Rosa Luxemburgo, Ediciones del Serbal.
  24. Ibídem.
  25. Recogido en la biografía Rosa Luxemburgo. Su vida y su obra, de Paul Frölich. Editorial Fundamentos.
  26. Ibídem.
  27. Recogido en El pensamiento de Rosa Luxemburgo, Ediciones del Serbal.
  28. La cuestión polaca y el movimiento socialista, 1905. Recogido en El pensamiento de Rosa Luxemburgo. Ediciones el Serbal.
  29. Ibídem.
  30. Recogido en El pensamiento de Rosa Luxemburgo. Ediciones el Serbal.
  31. La Revolución Rusa. Editorial Castellote.
  32. Ibídem.
  33. Ibídem.
  34. Caso Dreyfus: proceso urdido en 1894 por círculos reaccionarios de la camarilla militar de Francia contra un oficial hebreo del Estado Mayor Central, acusado falsamente de espionaje y alta traición. Incidente de Saverne (Alsacia), noviembre de 1913, un oficial prusiano se mofó de los alsacianos. Este hecho hizo estallar la indignación de la población local, primordialmente francesa, contra la opresión de los soldados prusianos.
  35. La revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación. Lenin.
  36. Obras completas. Editorial Progreso. Tomo XXXVII, página 507.
  37. Esta cita viene recogida en la Presentación de la edición de Huelga de masas, partido y sindicatos, de la Editorial Siglo XXI.
  38. Recogido en las Obras de Stalin, en el artículo Sobre algunas cuestiones de la historia del bolchevismo.
  39. La Revolución Rusa. Castellote Editor.
  40. Ibídem.
  41. Recogido en la biografía Rosa Luxemburgo. Su vida y su obra, de Paul Frölich. Editorial Fundamentos.
  42. La Bandera Roja, periódico de la Liga Espartaco.
  43. Recogido en la biografía Rosa Luxemburgo. Su vida y su obra, de Paul Frölich. Editorial Fundamentos.
  44. 28/7/1921. Publicado en Recopilación leninista. Obras completas, tomo LIII.
  45. Escrito a finales de 1922. Obras completas, tomo XLIV.
  46. Obras escogidas. Páginas 473 a 477, y página 493.
  47. Recogido en El pensamiento de Rosa Luxemburgo. Ediciones del Serbal.
  48. Carta a AG Shliapnikov. 27/10/1914. Obras completas, tomo IL, página 22.
  49. Escritos y discursos escogidos. Recogido en la biografía Rosa Luxemburgo. Su vida y su obra, de Paul Frölich. Editorial Fundamentos.
  50. 15/10/1918. Obras completas, tomo L, página 222.
  51. Obras completas, tomo L, página 300.
  52. Cuestiones tácticas. Recogido en El pensamiento de Rosa Luxemburgo. Ediciones del Serbal.
  53. Recogido en la biografía Rosa Luxemburgo. Su vida y su obra, de Paul Frölich. Editorial Fundamentos.
  54. Ibídem.
  55. Obras escogidas, Ediciones Progreso. Del libro Un paso adelante, dos pasos atrás.
  56. Problemas de organización de la socialdemocracia rusa. Recogido en El pensamiento de Rosa Luxemburgo, Ediciones del Serbal.
  57. Obras escogidas, Ediciones Progreso. Del libro Un paso adelante, dos pasos atrás.
  58. Blanquismo y socialdemocracia. Recogido en El pensamiento de Rosa Luxemburgo, Ediciones del Serbal.
  59. Obras completas. Tomo XLIV, páginas 537.
  60. Recuerdo de Lenin, Nadezhna Krupskaya. Editorial Fontamara.
  61. Perfiles políticos, León Trotsky. Editorial Ayuso.
  62. Esta cita viene recogida en la presentación de Huelga de masas, partido y sindicatos, de Rosa Luxemburgo, en la edición de la Editorial Siglo XXI.
  63. Recogido en El pensamiento de Rosa Luxemburgo, Ediciones del Serbal.
  64. Cuestiones tácticas, artículo publicado en Leipziger Volkszeitung en 1913, recogido en El pensamiento de Rosa Luxemburgo, Ediciones del Serbal.
  65. Huelga de masas, partido y sindicatos, de la Editorial Siglo XXI.
  66. Huelga de masas, partido y sindicatos, de la Editorial Siglo XXI.
  67. Ibídem.
  68. Ibídem.
  69. Wronke, 16/2/1917, recogido en El pensamiento de Rosa Luxemburgo, Ediciones El Serbal.
  70. Problemas de organización de la socialdemocracia rusa, recogido en El pensamiento de Rosa Luxemburgo, Ediciones El Serbal.
  71. Extracto de un artículo en Die Internationale, citado por Paul Frölich en su biografía de Rosa Luxemburgo.
  72. La Revolución Rusa. Casetellote Editor.
  73. El affaire Dreyfus y el caso Millerand, citado en El pensamiento de Rosa Luxemburgo.
  74. Recogido en la biografía Rosa Luxemburgo. Su vida y su obra, de Paul Frölich. Editorial Fundamentos.
  75. La Liga Spartakus, Editorial Anagrama.
  76. Carta de Julián Karsky a Hans Block, Recogido en la biografía Rosa Luxemburgo. Su vida y su obra, de Paul Frölich. Editorial Fundamentos.