Los botones de Napoleón

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A propósito de “Por qué las clases populares no votan a la izquierda
y qué hacer para corregirlo”, de A. Garzón[1]
 

Alberto Arregui
Miembro de la Coordinadora Federal de Izquierda Unida
ypromotor del Manifiesto por el Socialismo

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Los objetos que flotan en las aguas se desplazan en el mismo sentido que la corriente, nos parece lógico que sea así. El pensamiento humano también es arrastrado por la corriente de la historia, por el ambiente de la sociedad, decimos que es producto de su época, pero no siempre es así; a diferencia de los objetos podemos luchar contra la corriente.

En esta década hemos vivido uno de los períodos más intensos de la vida política, no sólo en el Estado español, también en Europa y a escala global. Se despertaron muchas primaveras esperanzadoras de transformación social y, sin embargo, ahora pareciera que nos hallamos amenazados por el invierno, invadidos por la frustración y el desasosiego.

El profundo cambio de ciclo que se fue produciendo a lo largo del año 2016, no fue bien valorado en nuestra organización, la mayor parte de la dirección de IU y de Podemos seguían influidos por la inercia de sus ilusiones pasadas. Cuando explicamos que los resultados de las elecciones de junio de 2016 eran el síntoma de ese cambio de ciclo, que suponían una derrota de la táctica electoralista emprendida por UP yque generarían frustración por la gran discrepancia entre las expectativas y los resultados, que eso afectaría a las organizaciones desatando crisis en su seno (todo esto consta, negro sobre blanco), se revolvieron contra nosotros, sin comprender que sus errores les habían llevado a desaprovechar una gran ocasión y que, una vez que pasa el tren, no fletan uno a nuestro gusto, sino que tiene que volver a darse un proceso de cambio en las conciencias. En demasiadas ocasiones la izquierda infravalora la capacidad de reacción del adversario, de los dueños del sistema; el enemigo se había reorganizado y el PSOE, aunque exhausto, volvía a reivindicar su lugar. No era el PASOK, esto no era Grecia, no era el movimiento de la clase obrera cimentado en las huelgas generales, sino la ilusión de un proyecto electoral demasiado influido por los métodos de intelectuales de la pequeña burguesía.

El mantenimiento del PP en el gobierno fue un jarro de agua fría sobre el ánimo de una parte decisiva de la población que había puesto su esperanza en la música de la perspectiva de un gobierno “del cambio”.

Y cuando la marea social se retira, todo lo que flota sobre ella se retira también, siguiendo la fuerza del agua, o bien queda abandonado sobre la playa, inerte. Por eso se distingue, entre otras cosas, el análisis marxista del pensamiento vulgar: la capacidad de imponerse frente a las tormentas, comprender los procesos e intervenir en ellos para transformarlos. Es la diferencia de una tabla al pairo de las aguas o una nave manejada con timón firme, capaz de sobreponerse ante las corrientes coyunturales.

Ahora, en las filas y entre los dirigentes de UP se busca con cierto desasosiego una salida frente a un proceso que les ha alcanzado sin haberlo previsto, y se corre el riesgo muy grave de dejarse arrastrar por la corriente dominante.

El compañero Garzón hace, en su artículo, un bienintencionado esfuerzo por encontrar las claves de la situación creada y cómo salir de ella. En esa encomiable tarea, si queremos tener éxito, debemos hacernos las preguntas adecuadas e intentar comprender la dinámica interna de los procesos sociales, analizados con una metodología marxista.

A lo largo de sus reflexiones podemos comprobar que tras el interrogante genérico que da título a su artículo, en realidad, está latente otra pregunta mucho más concreta: “¿Por qué no votan a Unidos Podemos?”

Nuestra tarea es abordar un análisis concreto de la realidad concreta, evitando abarcar un espacio demasiado escurridizo de leyes universales abstractas sin siquiera relación espacio temporal. En nuestro criterio, es mucho más apropiado intentar comprender qué ha pasado en el Estado español y considerar que relación guarda con lo sucedido en otras partes del planeta, al menos de Europa, y quizá después podamos extraer unas pautas de comportamiento que podamos aplicar a nuestro trabajo práctico.

Si miramos a nuestro entorno más próximo, Europa, podemos afirmar un primer hecho: periódicamente las formaciones políticas consideradas de izquierdas reciben la confianza de una mayoría del electorado; es el caso de Gran Bretaña, Francia, Alemania, Portugal… y el muy ejemplar caso de Grecia, que merece un análisis por sí misma. Es decir, para centrar las preguntas, ya debemos plantearnos: ¿por qué, después de votar a la izquierda, votan a la derecha? ¿Por qué cuando la izquierda llega al gobierno es incapaz de mantenerse en él? ¿Por qué en el campo de la izquierda la socialdemocracia renace de sus cenizas y los partidos a su izquierda son incapaces de arrebatarle la hegemonía en ese campo? (De nuevo Grecia, es una excepción que estudiar) ¿Por qué las bases de la clase obrera intentan una y otra vez transformar sus partidos antes de irse a otros? (Caso paradigmático es el de Jeremy Corbin) y desde luego ¿Por qué la izquierda ha dejado de defender el socialismo como alternativa práctica?

A lo anterior debemos añadir una observación importante: el comportamiento electoral es sólo un reflejo de los procesos que se producen en la sociedad, por lo que debemos preguntarnos por esos procesos, por el ciclo económico y su relación con el ciclo político, y por el ciclo de movilizaciones en relación con ambos. No sólo eso, las elecciones son una “foto fija”, el comportamiento en un momento dado que no refleja, necesariamente, el proceso anterior o el comportamiento siguiente, pues supone un campo muy distinto al de la movilización social. Un ejemplo clásico, pero no por ello menos ilustrativo, es el del triunfo de la derecha en Francia, inmediatamente después de la revolución de Mayo del 68. O remontándonos más en el tiempo, el resultado de las elecciones a la Asamblea Constituyente en Rusia, después de la Revolución de Octubre del 17. Procesos complejos que exigen preguntas complejas; una mala pregunta nos conduce a una mala respuesta. No nos basta una foto, necesitamos la película completa, no lo estático, sino lo dinámico, no el cuadro congelado de una naturaleza muerta, sino la dirección del proceso vivo; por qué se mueve y en qué dirección lo hace.

Vemos entonces que una pregunta debe ser mucho más concreta si queremos obtener respuestas adecuadas y, metodológicamente, lo más indicado es abordar el contexto político en el que nos encontramos.

 

Un cambio de ciclo político

Las huelgas generales en el cambio de la década, el 15 M y, sobre todo, movimientos como la PAH y las Marchas de la Dignidad, expresaron un potencial esperanzador de capacidad de transformación, tan fuerte que afectó a los partidos políticos tradicionales y dibujó un nuevo mapa que se expresó en las elecciones europeas de 2014. Pero el movimiento obrero quedó en un segundo plano, los sindicatos lejos de transformarse se agazaparon a la sombra del sistema y jamás se volvió a hablar de huelga general, es decir que los métodos de lucha de la clase obrera quedaron marginados. Después de unas cuantas demostraciones de fuerza en las calles todos los huevos se pusieron en la cesta de la transformación de la realidad por la vía electoral, jugando en el campo del adversario y con sus normas.

No podemos despreciar la importancia de un buen aparato de propaganda y la utilización de las redes sociales y cualquier medio de difusión de nuestras ideas que nos podamos permitir, pero tampoco podemos convertir nuestras organizaciones en algo más parecido a un “medio de comunicación” que a un partido político tradicional de la clase obrera. En el caso de los morados se llega al paroxismo, pensando una parte de sus dirigentes que son los debates televisivos, o las redes sociales, la clave del éxito, pero IU no le anda a la zaga. Y aunque empíricamente ha quedado ya demostrado el fracaso de esta vía se insiste en ella, obsesionados por ser “trending topic”.

Ya que el compañero hace una referencia extensa al SPD en los “buenos viejos tiempos” de la Segunda Internacional, nos permitimos recordar que ya entonces se daba un intenso debate sobre esa obsesión electoralista en la que Rosa Luxemburgo supo ver una peligrosa desviación.

«En la práctica, el camarada Kautsky nos dirige insistentemente hacia las próximas elecciones al Reichstag.  Estas son el pilar básico de su estrategia de desgaste. La salvación debe venir de las elecciones al Reichstag. Seguramente, nos traerán una victoria abrumadora, crearán una situación completamente nueva, «pondrán inmediatamente en nuestro bolsillo la llave para esta formidable situación histórica». En suma, hay tantos violines en el cielo de las próximas elecciones al Reichstag que seríamos criminalmente necios si pensáramos en una huelga de masas cuando tenemos ante nosotros una victoria tan segura, puesta «en nuestro bolsillo»» por la papeleta de voto» Rosa Luxemburgo.(¿Desgaste o lucha?)

Este fragmento, de un debate con Kautsky en 1910, podría haber sido escrito en 2014 o 2015. Es una discusión eterna en la izquierda que tiene muchas implicaciones; se trata de la relación entre el trabajo institucional, la vía electoralista, y la movilización de masas, la huelga general especialmente. Pero al tiempo supone una apuesta por esa táctica que los modernos creen que es un invento de Gramsci, pero que ya defendían antes otros reformistas como Kautsky: el “desgaste” paulatino del poder de la burguesía, o llamado ahora “guerra de posición” (Gramsci dixit), para oponerla a una política de confrontación abierta con el enemigo de clase, de lucha abierta, que el italiano con cierto esquematismo llama de “maniobra”, como si esa expresión pudiese encerrar todo el arte de la política revolucionaria de la toma del poder político.

Este tipo de prácticas, y lo que el compañero denomina como “práctica material” del SPD, unido a sus resultados electorales espectaculares y un gran poder sindical fue precisamente “la base material” sobre la que se fundamentó la degeneración de la socialdemocracia alemana, pues era correlativo al olvido del “objetivo final”. Este fue el proceso subterráneo que los ojos de águila de Rosa detectaron mucho antes que el propio Lenin. Pues esta esperanza en que eran capaces de construir en su “práctica material” una “sociedad alternativa” dentro de la sociedad capitalista, les llevó a ir renunciando cada día un poco más a la vía revolucionaria para ser un poco más cada día parte del sistema. Cuando surgió la guerra, el grupo parlamentario del SPD defendió así “una política de país”, porque ya lo consideraba “su patria”, traicionando su tradición revolucionaria internacionalista, dejando sólo a Karl Liebknecht en la votación de los presupuestos de guerra del gobierno alemán. Lenin pensó que la noticia era propaganda de guerra, una falsedad. Pero era la cruda realidad, alimentar las esperanzas en la construcción de un modelo de sociedad alternativa que irá cambiando el capitalismo conduce inexorablemente a ser asimilados por el sistema. La controversia entre “reforma y revolución”, no se debe a que los revolucionarios no veamos la importancia de luchar por reformas, sino a que los reformistas piensan que su camino de transformaciones graduales del capitalismo es una alternativa a la revolución social. Y en ese camino caen en una dinámica fatal, la de aceptar transaccionar con el sistema, cambiar reformas por paz social, o reformas por aceptación de las reglas del juego. Esa es la diferencia de principios: los reformistas, son gradualistas ignoran la dialéctica de la historia, sueñan con el progreso constante, creen que es posible cambiar el sistema poco a poco, mientras que los marxistas consideramos las reformas como conquistas para afianzar posiciones, para fortalecer el movimiento que acabe derribando el sistema.

Desde una perspectiva transformadora, lo que determina la fuerza de una organización de clase no es su capacidad “asistencial”, equiparándose a Cáritas o la Cruz Roja, sino su capacidad de movilización y lucha. Las redes de solidaridad, como las cajas de resistencia, son eso: una herramienta para el combate, y si las convertimos en herramientas para “construir un modelo alternativo de sociedad, dentro de la sociedad capitalista”, lo que hacemos es intentar “convertir el mar en limonada”, integrándonos en ese sistema.

Así que no estamos abordando una “novedad” teórica, lo que tenemos es una reproducción de un debate en la izquierda que en distinta forma se cuestiona de nuevo el mismo fondo del problema. Algo que ya debatían Kautsky y Rosa.

Tal como la revolucionaria Rosa y los espartaquistas habían comprendido muy bien, no se trataba de una cuestión electoral, sino de la correlación de fuerzas entre las clases en la sociedad en un combate entre revolución y contrarrevolución.

En la medida en que la revolución fracasó en Alemania, algo que merece un análisis aparte, la reacción se fue imponiendo y claro que tuvo una expresión electoral: los nazis ganaron las elecciones, tomaron el poder “sin romper un cristal”. Y no fue solo un proceso alemán, también en Italia, en España… “las clases populares dejaron de votar a la izquierda”. Pero en algunos casos, como la República española, el proletariado opuso una revolución a ese triunfo electoral de la derecha. Solo traemos este asunto a colación no para analizar todo ese proceso histórico, que sobrepasa la intención y posibilidades de este artículo, sino para recordar que no es un fenómeno nuevo, que incluso se dio de forma más extrema el triunfo electoral de las fuerzas más reaccionarias, el fascismo y el nazismo, y que por tanto sería más provechoso encontrar los elementos comunes de ese proceso que pensar que un nuevo fenómeno, la “globalización”, es la explicación de un “nuevo problema”. El problema viene de lejos y sus causas en lo esencial, también: la derecha encuentra apoyo en la sociedad cuando los partidos de la clase obrera son incapaces de dar respuesta a las necesidades de las grandes masas de la población, especialmente cuando estas se ven arrastradas al deterioro de sus condiciones de vida a consecuencia de las crisis capitalistas de sobreproducción. La agudización de las contradicciones sociales produce una radicalización de las alternativas.

 

Socialdemocracia y Eurocomunismo

Marx hablaba de la enfermedad del “cretinismo parlamentario”, de una política que pone el foco en las contiendas electorales y el trabajo institucional, con lo que de manera más o menos consciente, se corre el peligro de descartar la vía revolucionaria para transformar la sociedad. No podemos olvidar que las instituciones no tienen el papel de promover el cambio social, sino todo lo contrario: el de mantener el statu quo, el de taponar todo intento que pueda poner en peligro los privilegios de la clase dominante. Como diría Pablo Iglesias Posse, su papel debe ser el “caja de resonancia” de las reivindicaciones de nuestra clase.

El centrarse en esa vía, que ha puesto en primer lugar la participación en gobiernos relegando los compromisos de mantener nuestro programa y responder a las necesidades del pueblo trabajador, nos ha conducido a un panorama en el que las organizaciones están desechas, los partidos vacíos, los sindicatos vinculados a la patronal y el gobierno, los jueces encarcelando disidentes políticos…

Además, no podemos ignorar que la crisis de la izquierda viene de lejos, ni es algo exclusivo del Reino de España, ni acaba de empezar. Desde la “caída” de los países del Este, la URSS y China en la órbita capitalista, la izquierda desprende sensación de impotencia y ha quedado huérfana de proyecto de sociedad ante los ojos de las grandes masas.

La experiencia de “los países comunistas”, salvo para una aplastante minoría, está vinculada al funesto burocratismo estalinista. Los partidos que bajo la denominación de comunistas eran fuerzas de masas en Europa, como el PCI, han desaparecido o languidecen sin haber podido jugar un papel decisivo en ningún país del continente. Y eso en la época que hemos vivido, de la mayor crisis de sobreproducción del capitalismo en toda su historia, junto con la de 1929.

No es sólo el llamativo caso de Italia, sino que en Grecia debió ser una nueva fuerza, Syriza, la que encauzase el movimiento, y en otros casos como el del Estado español no sólo han perdido su capacidad de movilización, sino que, si atendemos al campo electoral, ni siquiera optan por presentarse como tal partido a unas elecciones. Podemos comprender entonces que las preguntas que debemos hacernos para entender la crisis de la izquierda son más complejas, pues aún con características compartidas, la degeneración de la socialdemocracia, la de los partidos llamados comunistas y la de la miríada de escisiones de la izquierda requieren un análisis particularizado y al no hacer las preguntas adecuadas no se pueden obtener respuestas útiles, sólo sembrar las dudas, irradiar las propias vacilaciones.

El nacimiento de Podemos era una constatación de que las arterias que debían unir a los partidos de la izquierda en el Estado español, con esos cientos de miles de personas que se movieron en busca de una alternativa, estaban obstruidas, y se debieron abrir camino creando un nuevo partido político. Un fenómeno tan extraordinario era una condena histórica del PSOE y del PCE, pero hacía falta ser más leales a nuestra clase que a la mitología para liberarse de esas pesadas cadenas del pasado. Al fin y al cabo, “las generaciones pasadas oprimen como una pesadilla los cerebros de los vivos” (K Marx).

La crisis de los partidos comunistas, aunque situada en la crisis general de la izquierda, no debe diluirse en ella si queremos comprenderla; incluso aún debiéramos concretar más y, en su caso, analizar la crisis específica expresada a través del eurocomunismo, que fue la peculiar adaptación de esos partidos a la corriente socialdemócrata. E incluso eso nos daría un marco general que es necesario completar analizando el papel del PCE en la Transición, su caída fulminante desde el año 77 al 82, pues en ese transcurso de sólo cinco años el PCE sufrió una desintegración de la que jamás se ha recuperado. No parece que sea una buena idea rescatar la particular interpretación de las ideas de Gramsci que llevaron a cabo Carrillo, Marchais y Berlinguer y que fueron el fundamento teórico del eurocomunismo.

Por supuesto que todo lo narrado se enmarca en una situación histórica más amplia, la de la evolución del capitalismo tras la Segunda Guerra Mundial y el papel del conjunto de las organizaciones de la clase obrera en esa época en la que obtuvieron, por cierto, magníficos resultados electorales en Europa (salvo en los países ocupados por dictaduras, por supuesto).

La situación en Europa occidental en las dos décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial es un período totalmente excepcional, en el tiempo y también en el espacio. El mundo estaba siendo sacudido por las revoluciones sociales y coloniales, la amenaza para el capitalismo era evidente, no sólo por los cambios en la Europa del Este, sino también por la revolución China y, sobre todo, por una situación en los países clave de Europa que amenazaba con agitación social. El dominio de los Estados Unidos, y la necesidad de reconstruir partiendo de la destrucción previa de las fuerzas productivas, permitieron un período excepcional de crecimiento económico con el que sobornar a los dirigentes de las organizaciones obreras e integrarlos en el sistema.

El auge de la socialdemocracia no es sino un aspecto de la capacidad parcial del capitalismo para un desarrollo de las fuerzas productivas, y el eurocomunismo es una combinación de ese mismo factor, sumado al derrumbe del modelo burocrático estalinista que era indefendible en Europa occidental, sobre todo después de la Primavera de Praga. Los líderes estalinistas de occidente tenían el mismo dilema, en esencia, que la propia burocracia de la URSS, o hacían una revolución política o aceptaban el capitalismo; optaron por lo segundo, con una nueva versión de la socialdemocracia a la que llamaron “eurocomunismo”, y que se nutrió del reformismo italiano.

No parece apropiado decir, como lo hace el compañero, que “la izquierda cambió de agenda”, porque eso supondría pensar que en el período posterior a la segunda guerra la agenda de la izquierda europea incluía la transformación socialista de la sociedad. Ese “cambio”, esa renuncia a defender el socialismo como alternativa práctica al capitalismo, ya se había producido mucho antes, pues al igual que la Segunda Internacional mostró su quiebra en 1914, la Tercera mostró la suya en los años 30. La única bandera de los partidos socialdemócratas y comunistas en los años 50 y 60 era una abstracta reivindicación de “la democracia”, nada de socialismo, sino reformas para hacer un capitalismo de “rostro humano”, y fueron esas reformas las que dieron una fuerte base social a la socialdemocracia, ya que el capitalismo europeo se podía permitir el lujo de hacer importantes concesiones económicas forzado por el contexto político y social, y el auge económico.

Tras la guerra mundial se renunció a intentar la transformación socialista de la sociedad, las potencias se repartieron las áreas de influencia; se abandonó al movimiento del pueblo griego a su suerte permitiendo la intervención militar directa para entregar el poder a la reacción.

 

Francia de postguerra un buen ejemplo

En Francia y en Italia, el poder de las organizaciones obreras tras la derrota del nazismo era de tal calibre que hubieran podido tomar el poder político y cambiar las relaciones de propiedad. Las organizaciones socialistas y, sobre todo, comunistas, habían sido decisivas en la organización de la resistencia. Y tuvo expresión electoral. En Francia, en las primeras elecciones tras la guerra, el PCF tuvo el 26,2% de los sufragios, y la socialista SFIO el 23,4%. Tenían 160 y 142 diputados respectivamente, la mayoría absoluta de la Asamblea Constituyente. El principal partido de la burguesía, con el General De Gaulle al frente, la MRP, tuvo el 23,9% de los votos. Sin embargo, Stalin —que acaba de participar con Estados Unidos y Gran Bretaña en las conferencias de Yalta y Postdam— impuso la política de “frentes nacionales”. El máximo dirigente del PCF, Maurice Thorez, defendió “un solo Estado, una sola policía, un solo ejército”, para justificar la disolución de las organizaciones del movimiento de resistencia frente a los nazis. En Italia, la situación fue similar.

Por supuesto, el acuerdo con la burguesía fue posible porque ésta hizo concesiones ante la amenaza revolucionaria. En Francia la nacionalización de la energía, los transportes, 34 sociedades de seguros, cuatro holdings bancarios, algunas empresas (como Renault) y la creación de una Seguridad Social basada en el principio de la solidaridad y no en la beneficencia.

Pero la situación distaba mucho de ser idílica en ningún país, por la destrucción que había supuesto la guerra (más de la mitad del PIB en Francia y casi dos tercios en Alemania). Las condiciones salariales de los obreros alemanes no alcanzaron el nivel de 1938 hasta 1956. Y los salarios alemanes del año 38 y habían caído respecto a los de 1933 en una cuarta parte, a causa de las políticas del gobierno nazi. En esos años, la jornada semanal media alemana era de 50 horas semanales, ocho más que en Estados Unidos. Precisamente, es el alto grado de explotación un factor determinante para el auge económico, que brinda un margen para las concesiones que se harían ante las luchas de la clase trabajadora.

Pero a finales de los años sesenta, la situación empezó a cambiar; el caso más destacado es Francia. El Mayo francés no cae del cielo: el paro se duplicó de 1964 a 1968, año en el que había 3,5 millones de trabajadores que vivían en la pobreza. El número de horas anuales de huelga pasa de un promedio de 2,5 millones en 1965-67 a 76 millones en 1968-69. Un proceso similar en el resto de los países europeos, en magnitudes distintas.

En Gran Bretaña y Alemania la socialdemocracia se había prestado a gestionar el capitalismo. El imperialismo mantuvo una política de colaboración con las dictaduras de Salazar y Franco, respaldando a sus regímenes por la sencilla razón de que el sistema democrático burgués es el mejor sistema de dominación, siempre y cuando se puedan hacer concesiones y no exista la amenaza directa de una revolución. Quizá esta es una de las pruebas más claras de la desorientación de la izquierda, el hecho de que tuvieran esperanzas de que los “aliados” iban a intervenir contra Franco al acabar la guerra. La democracia burguesa no tiene ningún escrúpulo en apoyar dictadores que ahoguen revoluciones.

En Europa, a pesar de todas las concesiones y reformas, la existencia de esa amenaza se mostró en muchas ocasiones, pero especialmente cuando en el año 68 los movimientos revolucionarios sacudieron Europa, tanto en el Mayo francés como en los intentos de revolución política en el Este, la Primavera de Praga y los movimientos que en el 56 se habían dado en Hungría y Polonia.

Más tarde la situación internacional se vio sacudida por la crisis capitalista de sobreproducción (llamada “del petróleo” para engañar, al igual que ahora se ha dicho “crisis financiera”) de 1973, alimentó el malestar en Europa y supuso el empujón definitivo para la caída de las tres dictaduras, que eran aún el testimonio de la derrota de las revoluciones respectivas. Eso dio un nuevo viraje, y las masas, de nuevo, se inclinaron a la izquierda, también en el terreno electoral. Aún sonaban los ecos de Mayo del 68.

¿Olvidamos todos esos procesos, todas las lecciones que se pueden extraer, para dar un salto en el vacío y lamentarnos de que, ahora, la izquierda no recibe los votos incondicionales de las “clases populares”? Siempre se han dado ciclos y la clave es comprender su relación con otros factores.

 

El voto no nos deja ver el bosque

Por tanto, la primera consideración que fundamenta el artículo en cuestión desvela ya un punto de partida que no es acertado. La pregunta certera no debe centrarse en el voto, si queremos aplicar el marxismo al análisis político, tenemos que entender que ese comportamiento deriva de los procesos de toma de conciencia, que es lo que hay que analizar.

Rechacemos cualquier visión estrecha, que no valore que la conciencia se transforma a través de la lucha, y que es la lucha lo que genera la organización; se establece una interrelación dialéctica entre ambas, alimentándose o limitándose recíprocamente. Debemos estar más preocupados de la ausencia de huelgas generales, o de que no haya afiliación política y sindical, o de la baja participación en la actividad política y social, pues todo, incluidas las elecciones, depende de esos factores para una fuerza transformadora.

Y, no menos importante, debemos ayudar a superar la sensación de impotencia y despiste, que incluso trasluce cierto grado de frustración derivada de la mala comprensión del proceso político del cambio de ciclo y sus razones, que hemos vivido en los últimos años. No caigamos en esa tendencia que atribuye la culpa de la derrota de Napoleón en Rusia a los botones de los uniformes franceses; es decir, que convierte un hecho real, secundario, en “el hecho”, una falsa clave, magnificando su importancia. En realidad, es una aparente paradoja que hemos señalado en muchas ocasiones: cuanto más se preocupa la izquierda de tener una táctica que le lleve a obtener votos, frenando para ello la movilización, menos votos obtiene. Y es aparente porque el respaldo a la izquierda debe venir del campo de la movilización, porque sólo en él se forja la lucha capaz de subvertir el orden burgués. Claro que debemos usar todos los medios a nuestro alcance, pero como herramientas auxiliares, teniendo claro que muchos de esos medios son cantos de sirena, las arenas movedizas a las que nos atrae el propio sistema, donde ellos juegan con ventaja.

Encontraremos más herramientas teóricas en cualquier texto de Rosa Luxemburgo y el marxismo clásico, que en toda la biblioteca de esa tendencia post marxista o pseudo marxista (en realidad “pre marxista”). Cada cual puede jugar un papel en la historia; pero se equivoca quien considere que la tarea de la izquierda es “superar” a Marx y Engels. Ese es un traje muy grande, para el que además la historia no ha creado aún el sastre que lo corte.

Esa es la empresa que inútilmente emprenden el ejército permanente de intelectuales de la pequeña burguesía … tan estériles, que fundamentan su originalidad en la ignorancia de sus lectores, que desconocen que sus “inventos”, ya estaban descubiertos. La tarea que nos corresponde, la empresa a la que se enfrenta la humanidad es superar el capitalismo.

No podemos encontrar nada fructífero en las obras de quienes han rechazado, o no comprenden, los aspectos esenciales del marxismo, es decir, la ley del valor, la teoría del estado y el pensamiento dialéctico. Sus ideas se asemejan más a las ideas del eurocomunismo en general que a las de Marx y Engels, más compatibles con “Eurocomunismo y Estado”de Carrillo, que con “El Estado y la Revolución”, de Lenin.

La gran aportación que pueden hacer compañeros como Garzón, y es a la que debíamos dedicar nuestras energías en IU, no es la de “superar” el marxismo, sino ser capaces de aplicarlo. Tal como expresó Trotsky: “La tarea de vida o muerte del proletariado no consiste actualmente en interpretar de nuevo el mundo sino en rehacerlo de arriba abajo”.

 

“¡Que traigan a un niño!”

En cualquier caso, el comportamiento electoral no es el determinante para un marxista. Desde esa óptica, que por cierto es la que están aplicando en Catalunya los dirigentes de UP, (al poner en un segundo plano la rebelión popular de los días 1 y 3 de octubre), los bolcheviques no “debían” haber hecho la revolución, puesto que, aunque ganaron en los soviets y con las armas, no ganaron en la Asamblea Constituyente… ¡Todo un fraude democrático! E incluso para un “no marxista”, también es una muestra de pobreza de análisis intentar reducir los procesos sociales a su expresión electoral.

La referencia a las elecciones catalanas celebradas bajo la tiranía del artículo 155, es más que discutible, y el hecho es que ya le han rebatido ese supuesto punto de partida “objetivo”[2], demostrando que es una afirmación muy endeble. No se trata de un aspecto secundario, pues el articulo da por bueno un análisis erróneo, e intenta buscar respuesta a una situación que no se analiza correctamente, y esa deformación de la realidad, necesariamente, distorsiona tanto el análisis como los resultados.

Por cierto, el tomar los resultados electorales en Catalunya como punto de partida, donde lo determinante ha sido la cuestión nacional, es un truco barato, ya que elimina un factor decisivo de la realidad para adecuarla a su conveniencia. ¡Hasta un niño lo comprendería! (“¡Que traigan a un niño!”, diría Marx… Groucho).

La división más profunda de la sociedad catalana, y es algo que no comprende la izquierda españolista (incluida la que vive en Catalunya), no era entre “dos bloques nacionalistas”, sino entre quienes defendían los derechos democráticos del pueblo catalán y quienes los negaban, estando el conjunto del nacionalismo catalán en el bloque que defendía esos derechos, negados por el nacionalismo español. No había espacio para la equidistancia, ese ha sido un error fatal, comparable al que cometió la izquierda en la Transición, al renunciar al derecho de autodeterminación de las nacionalidades.

 

Catalunya

La revolución democrática que ha vivido Catalunya, demostró su vigor también en las urnas, pero era un reflejo de lo que se vivió en las calles, mucho más importante; por la sencilla razón de que las transformaciones sociales más profundas sólo pueden ser consecuencia de la participación consciente de un sector determinante de un pueblo.

No cabe duda, la burguesía española, el PP, el Estado con todo su poder, no han podido doblegar por “métodos democráticos”, las ansias de libertad del pueblo catalán. Los nacionalistas españoles fueron derrotados sin paliativos, pues no pueden incluirse en su bloque los votos de En Comú Podem, ni muchos de los votos del PSC. Los partidos opuestos al 155, obtuvieron una mayoría más que significativa, sobre todo si tenemos en cuenta la diferencia cualitativa que existe entre una movilización, sea una huelga general, manifestaciones, o una rebelión democrática como la de los días 1 y 3 de octubre, y unas elecciones.

Quien a estas alturas mantenga que se trata de “un enfrentamiento entre burguesías por repartirse el pastel”, o tiene muy mala intención, o carece de capacidad de análisis de la realidad. La gran burguesía de Catalunya está aliada, sin fisuras, con la burguesía española, el IBEX 35 reina en todo el reino de España “y parte del extranjero”.  Y no tienen ningún interés en la independencia, al contrario, todas las organizaciones empresariales lo han dejado claro, y los cientos de empresas que han cambiado la sede social, también.

Es un movimiento arraigado en el pueblo catalán, y si ha sobrevivido a esta guerra de exterminio, es sólo porque posee una vitalidad que se nutre del propio pueblo, no de la burguesía.

Y en esa vorágine donde la mayor parte de la población tiene conciencia, aunque sea difusa, de que está en juego su futuro como pueblo, pasearse por Catalunya bailando, o repitiendo “Ni DUI ni 155”, produce una sensación de extraterrestres, o al menos de “extracatalanes”, pues no cabe la equidistancia cuando la percepción social es que se juega el ser o no ser.

Cualquier programa social por defender no podía ser sino parte del programa democrático, decir “pongamos la cuestión social en el centro”, y pensar que por repetirlo vas a influir en cambiar el proceso social es como pensar que puedes poner un barquito de papel en el centro de la riada. Simplemente, los equidistantes han sido so sobrepasados por la corriente.

El programa social, mejor sería decir las reivindicaciones de clase, debían proclamarse dejando claro que no es lo mismo ser carcelero que encarcelado, que no es lo mismo el pueblo catalán que la burguesía nacionalista española, que el 155 descalifica a quienes lo han respaldado, en lugar de ofrecer formar gobierno con ellos (con el PSC en particular). El discurso españolista de algunos dirigentes de Podemos, y también de IU, no ha contribuido precisamente a facilitar la tarea de nuestros compañeros en Catalunya. Declaraciones ultramontanas como la de Monedero, defendiendo la aplicación del 155 porque “se habían vuelto locos”, nos descalifica, con razón, ante cualquier persona demócrata. Pues si alguien se ha vuelto loco es el PP, Cs, y el PSC al haber desatado esta tormenta de represión sobre Catalunya.

Decir que pones el programa social en el centro y después ofrecer un gobierno común a Iceta, es una contradicción en los términos, no sólo sociales sino también democráticos, un disparate. La única opción de gobierno, en caso de considerar necesario hablar de esto, hubiese sido emplazar a ERC y la CUP, destacando varios puntos del programa social, además de aceptar los suyos de contenido democrático. Y, desde esa postura, sí hubiese sido viable un llamamiento a la base del PSC a rebelarse contra la política de Iceta. Esa hubiese sido una manera de empujar hacia la izquierda. Pero proponer bailar con Iceta, supone aceptar su música, de rancio españolismo, represión y defensa de los intereses de las élites económicas y políticas. Lo más valiente hubiese sido mostrar las diferencias que les separan del ala derecha del bloque independentista, defender un programa alternativo, pero en última instancia ser capaces de decir: “No compartimos vuestra política, nosotros defendemos un programa que va más allá de los derechos democráticos, que defiende una transformación social de Catalunya y defendemos una república federal, pero ante todo defendemos los derechos democráticos del pueblo catalán y no podemos admitir que el Estado burgués español impida que se cumpla la voluntad del pueblo. En consecuencia, os prestaremos los votos que debido a la represión no pueden emitirse en esta cámara, para respaldar al candidato que presentéis. Advertimos, sin embargo, que estaremos en la oposición a cualquier política antisocial desde el primer día y que defenderemos nuestra propia alternativa para conseguir la autodeterminación de Catalunya.”

La defensa de “un gobierno técnico”, que en algún momento sugirió Podemos en Catalunya no es sólo un sin sentido, sino que es la prueba definitiva de la ausencia de alternativa. ¿Se han olvidado de Italia? Un gobierno “ni de izquierdas ni de derechas”, es siempre un gobierno de derechas. Indirectamente estás lanzando un mensaje de la inutilidad de los partidos políticos, en lugar de usar la situación para profundizar en la debilidad mostrada por el régimen del 78.

Una buena prueba de esa debilidad es que el PP, por sí solo o con el apoyo de Cs, no podría haber emprendido la vía del 155, o lo que es lo mismo la vía de estimular el nacionalismo español para atacar las libertades democráticas en general, y las del pueblo catalán en particular. Para hacerlo ha tenido que apoyarse en la dirección del PSOE, sin ese apoyo la burguesía española estaba destrozada en esta batalla, el régimen del 78 hacía aguas por todas partes y el PSOE se ha inmolado por un bien superior: dar oxígeno al sistema político y económico de la oligarquía española.

Hay que dejar de hablar de una falsa incompatibilidad de los derechos democráticos y los derechos sociales, que son complementarios. Si la izquierda fuera capaz de presentarlos unidos en Catalunya, y en el resto del Estado, sería una enorme fuerza.

Es imprescindible comprender que la rebelión del pueblo catalán era, en gran medida, la continuación de esa rebelión que había inundado las calles de todo el Estado español en los últimos años y en lugar de ponerse a la cabeza y llevar la lucha a objetivos sociales, han buscado una inexistente “tierra de nadie”, perdiendo una gran oportunidad. Una crisis social que debía haber terminado derribando al PP, con la izquierda levantando la cabeza, se halla en una fase en que quien dobla el espinazo es la izquierda y la derecha, harapienta y exhausta, sigue dominando a través de la sumisión de los dirigentes del PSOE.

 

Clase social y comportamiento electoral

La incapacidad de la izquierda para mantener una visión marxista de la revolución democrática que estalló en Catalunya y ofrecer alternativa (en lugar de hacer el ridículo con una llave sin cerradura que abrir) ha sido un factor decisivo para que una parte de la población, bajo los prejuicios reaccionarios del nacionalismo español, busque cobijo en Cs. Pero extraer de eso una “no relación” entre la condición de clase y la posición en la lucha de clases sería como decir que la subida “democrática” de Hitler al poder era una demostración de este mismo argumento, en lugar de comprender su relación directa con la derrota de dos revoluciones, la traición de la socialdemocracia y la actitud sectaria de los estalinistas.

El voto masivo a la izquierda es un hecho excepcional en la historia, que va ligado a períodos de convulsión social y de fuerte ascenso del movimiento obrero, y el ascenso de la movilización tiene un reflejo, aunque distorsionado, en los resultados electorales. La explicación de este fenómeno tiene su explicación en que las elecciones implican la participación de toda la sociedad, los sectores más alienados, los más atrasados, además de la clase dominante y todos sus servidores, y todo el diseño del sistema electoral está pensado para mantener ese dominio.

Y sí, en esos momentos, son los sectores más desfavorecidos de la sociedad los que imprimen su huella en los acontecimientos, la clase obrera, la juventud, los pueblos oprimidos… son los que se movilizan en la calle y son los que votan las alternativas que creen transformadoras.

Precisamente, en la época que vivimos, la debilidad de la burguesía es tan palmaria, y la fuerza de la clase obrera tan determinante, que corren el riesgo de perder incluso con sus normas, pero para ganar no bastan las condiciones materiales, se exige un factor subjetivo (tanto en un sentido amplio, de clase, como más específico, de partido), que es el que está ausente. Por eso se puede entender el papel jugado por la pequeña burguesía catalana, y sus nefastos métodos, en la lucha del “procés”, porque la naturaleza aborrece el vacío, y en la ausencia de una fuerza de clase que encabezase las reivindicaciones democráticas, la gente siguió a quién tenía delante, invistiéndole de unas atribuciones de las que carecía. (Marx explica estos procesos de manera genial en el “18 Brumario…”).

En cualquier caso todos los estudios de encuestas sí demuestran que existe una relación, con más o menos distorsiones, entre clase social y comportamiento electoral, pero para ello debemos tomar un espectro amplio, y si lo hacemos, encontraremos que la primera opción de la mayor parte de la clase trabajadora es votar a los partidos que la han representado históricamente; el Partido Laborista, el SPD, el PSOE… reciben esos votos, y no son intercambiables en su mayoría por votos a los conservadores o al PP, en nuestro caso.

Pero al igual que existen procesos revolucionarios, o simplemente ciclos de radicalización política, también existen procesos reaccionarios o de reflujo del movimiento. Y eso altera, no el ciclo electoral, sino el ambiente de toda la sociedad y se busca una alternativa. Toda la experiencia histórica demuestra que esa alternativa se busca siempre, en primer lugar, a través de aquellos partidos que se identifican con los intereses de la clase social a la que se pertenece (Bernie Sanders, Jeremy Corbyn, Felipe González en el 82, o en 2015 Podemos… y, sobre todo, Tsipras).

Es el fracaso de estas opciones lo que puede abrir una vuelta al anterior partido, por la oscilación sobre todo de las capas medias, o bien la búsqueda de nuevas alternativas populistas, seducidos por la demagogia patriótica, religiosa… Todo depende del grado de crisis social que se esté atravesando y, ahora, la crisis es muy profunda y por eso vemos grandes cambios y giros bruscos.

 

¿Por qué ocultan el proceso de Grecia?

Todas las banalidades del reformismo (“post marxismo”, o como queráis llamarlo) quedan en evidencia ante la experiencia de Grecia ¿por qué nunca hablan del mejor ejemplo que se ha dado en Europa, tanto de la manera de vencer como de la manera de claudicar?

Grecia demostró la vigencia de los planteamientos marxistas, frente a los lugares comunes de esa legión de reformistas que son la fuente de inspiración de nuestros líderes. La clase obrera fue hegemónica, desplazó a la socialdemocracia, generó organización como consecuencia de la lucha, y ganó por goleada las elecciones… ¿Dónde quedan todas las disquisiciones de Garzón ante este proceso? ¿Dónde el “análisis concreto de la realidad concreta”?

Toda la situación en Grecia y en Europa hubiese cambiado, dando un giro a la izquierda con otra decisión del gobierno griego, digámoslo claro: la decisión que exigían las masas, que una vez más estaban infinitamente más a la izquierda que sus dirigentes, y optaron por el oxi, por la lucha, por defender sus derechos frente a la clase dominante.

Derrotaron a los partidos de la burguesía griega, dejaron en evidencia al PASOK eliminando su apoyo social, huelga tras huelga, elección tras elección, y finalmente, en el referéndum dejaron hundida a la burguesía griega con una derrota humillante. Pero para lo que la clase obrera griega no estaba preparada era para ser traicionada por sus dirigentes. Y ese fue el talón de Aquiles, el factor subjetivo, la ausencia de una dirección que de verdad representase los intereses de la clase obrera griega. Pero sus dirigentes, con Tsipras a la cabeza, eran profundamente reformistas, el socialismo no ha estado nunca en su agenda, y pensaban que podrían llegar a un apaño con los dueños de la economía europea, siempre subestimaron el factor de la fuerza del enemigo al que se enfrentaban y, sobre todo, nunca confiaron en la capacidad de la clase obrera para construir una nueva sociedad.

La pregunta no es ¿por qué las clases populares griegas no votaron a la izquierda?, sino por qué la izquierda griega traicionó a su pueblo. En consecuencia, nuestra obsesión no debe ser las elecciones, sino estar dispuestos a llevar nuestra apuesta por una sociedad socialista hasta las últimas consecuencias. Deberíamos inscribir en nuestras sedes las sabias palabras de Rosa Luxemburgo: “Las revoluciones que ha habido hasta ahora, y en especial la de 1848, nos han demostrado que no es a las masas a quien hay que sujetar, sino a los parlamentarios para que no traicionen a las masas y a la revolución”.

Grecia es el tema, Grecia es la lección, Grecia es la prueba irrefutable de la vigencia de los planteamientos marxistas, por eso, lo tienen muy claro: ¡¡NO HABLEMOS DE GRECIA!! Y seguimos sin cuestionar a Tsipras y su gobierno, en el GUE y en el PIE.  El temor fundado es que vayamos de la mano… hacia el mismo desastre si se diesen las mismas circunstancias.

Y durante un período era una opción para el Reino de España, vivir una situación similar a la de Grecia, pero no es la perspectiva a corto plazo. Entre otros factores, por la nefasta experiencia de la traición del gobierno de Syriza, y los errores de sus correligionarios de Podemos e IU.

Desde luego la alternativa no es convertir los partidos en clubs electorales, o en medios de comunicación, sino en instrumentos de lucha, porque si algo nos demuestra Grecia es la necesidad del partido. Grecia demostró, como Catalunya, que pueden estallar revoluciones democráticas o sociales, sin partido, pero no pueden triunfar sin un partido cuyo propósito sea que la clase obrera tome el poder.

Toda la experiencia histórica demuestra que el auge de la derecha es la consecuencia directa del fracaso de la izquierda. Fue así con el nazismo alemán, o tras la victoria aplastante del PSOE en el 82, y sigue siendo el caso en toda Europa…

La reciente experiencia en Francia también podría ser un buen ejemplo; si el sectarismo no se hubiese impuesto con votos inútiles, en lugar de concentrar todo el voto en Melenchón, la segunda vuelta con un choque entre Macron y el líder de La France Insoumise, hubiese presentado un panorama totalmente distinto. El factor subjetivo sigue siendo el que marca la diferencia.

No son las estadísticas y los supuestos cambios en la composición de clase de la sociedad lo que explican estos fenómenos, sino la desorientación, incapacidad, corrupción generalizada, de los partidos de la izquierda, el abandono del marxismo, la perniciosa influencia del estalinismo, la socialdemocracia y las actitudes sectarias.

Si seguimos analizando el proceso griego podemos observar dos diferencias muy profundas, en realidad dos caras de la misma moneda, respecto a lo sucedido en el Estado español. El movimiento de oposición a las políticas del gobierno que representaba a las clases dominantes de Grecia y de la Unión Europea, fue creciendo cimentada en una movilización con el protagonismo indiscutible del movimiento obrero. Huelga general tras huelga general, la fuerza, la determinación y la organización crecían y, como consecuencia lógica, reunían un creciente apoyo electoral que llevó a Syriza no sólo al gobierno sino también a humillar a la burguesía griega en un referéndum que le pedía a Tsipras que se enfrentase a las élites capitalistas que dominan Europa.

Por supuesto el dirigente, ahora presidente, se ahogó en mitad del Rubicón atenazado por el miedo. Pero eso es otro capítulo, volvamos a lo que aquí nos interesa: el crecimiento espectacular del apoyo a Syriza a través de las luchas que, dialécticamente, hacían más fuerte la organización y más extensos los combates. En definitiva, Syriza y los sindicatos griegos fueron el cauce a través del cual se expresaron primero el cabreo y la indignación y después la esperanza y la conquista del gobierno, por parte del pueblo griego, se iba dando una relación de mutuo crecimiento de esos factores.

 

Nuevos cauces de expresión

En el Reino de España ha sucedido algo muy distinto, casi podríamos decir que el fenómeno divergente de este. Las organizaciones políticas y sindicales lejos de ser el cauce de expresión de los anhelos populares han sido el obstáculo que se ha alzado entre las movilizaciones y sus objetivos de transformación social.

Las movilizaciones más importantes a partir de la huelga general de 2011 han sido semi espontáneas y, siempre, al margen de las grandes organizaciones sindicales y partidos políticos. En una primera fase, desde el 15 M a las elecciones europeas de 2014, se podría pensar que era un reflejo del pasado, que el movimiento había tomado por sorpresa a los dirigentes de las organizaciones y aprenderían la lección. Pero no fue así, y la siempre fructífera fuerza de las masas generó un nuevo partido, Podemos, intentando salvar el obstáculo interpuesto por las viejas organizaciones.

Pero pronto se mostró que el problema era más profundo, que los mismos que habían dirigido otras organizaciones, principalmente el PCE y por tanto IU, se pusieron a la cabeza de este nuevo partido para convertirlo rápidamente en un aparato esclerotizado que puso freno al torrente de unidad que fluía de las calles. La prueba más evidente de su error fue su espíritu revanchista que le impidió forjar la unidad a tiempo. El ejemplo de Ahora Madrid demostró lo fructífera que hubiese resultado la unidad en ese momento.

Pero al generar todas las esperanzas en el terreno electoral y conducir al fracaso en las siguientes convocatorias, dilapidaron todo el capital acumulado.

Las siguientes grandes movilizaciones han estado marcadas por la espontaneidad, claro que en ellas participan hombres y mujeres con mucha experiencia y en muchos casos militancia, pero no lo hacen a través de los partidos, sino incluso en contra o, al menos, tomando por sorpresa a sus dirigentes. El caso más paradigmático fue la PAH, pero volvió a ser así con las candidaturas de unidad en las elecciones municipales. La rebelión democrática desarrollada en Catalunya, rebasando todas las expectativas, es un gran ejemplo, como lo es la lucha magnífica de los pensionistas y la demostración impresionante del movimiento por los derechos de la mujer el 8 de marzo.

Ya no es un hecho aislado, no es un fenómeno particular, se puede establecer un diagnóstico: los partidos y sindicatos no están siendo el cauce de expresión de la clase obrera ni de los movimientos reivindicativos del pueblo. Las organizaciones no son el sector más avanzado, sino el más conservador, van a la zaga del movimiento y se han institucionalizado. De este último asunto es fiel reflejo la rendición de Carmena (Podemos) frente a Montoro poniendo la cabeza de Sánchez Mato en bandeja de plata para congraciarse con el gobierno, sin comprender que la debilidad es siempre una incitación al enemigo para que recrudezca sus ataques. Como lo es también la incapacidad de IU para reivindicarse como alternativa política, esclavizada por el pasado y por un partido que busca en su mitología pasada lo que sólo se puede hallar en el futuro.

 

La proletarización creciente

Hacernos eco de las ideas confusas de Harvey[3]o Piketty, o académicos que nada tienen que ver con la lucha por transformar la sociedad, como Przeworski, no nos va a ayudar demasiado, siempre podremos extraer datos interesantes, al igual que si leemos a Jeremy Rifkin, Paul Mason o Juan Ignacio Crespo, ola prensa económica o los informes del BBVA y de Intermón Oxfam, pero otra cosa distinta son las ideas.

Lo que Carlos y Federico describen es UNA TENDENCIA histórica, no una ley de la física, y hay que saber entenderlo así. (Aunque las leyes de la física, para operar, también necesitan de unas condiciones determinadas).

Hablamos de una economía global, con una interrelación como nunca se había dado, que contempla una proletarización gigantesca de la población mundial, y el capitalismo español, una de las economías más desarrolladas del mundo, un país imperialista, fundamenta su economía sobre un reparto del trabajo a escala global, donde las previsiones de Marx y Engels demuestran su vigencia.

Hoy, el capitalismo, con muchas distorsiones y particularidades, ha creado el proletariado más poderoso de la historia, el más numeroso también (entre 1980 y 2000 la clase obrera se duplicó a escala mundial). En la India, en septiembre del año 2016, fueron a la huelga 180 millones de trabajadores; ante hechos como estos decir que “la clase obrera ha desaparecido” sería una auténtica estulticia. Y sólo es el anuncio de una nueva época, pues estas cifras se repetirán e incluso serán superadas cuando la clase obrera china se ponga en pie frente a ese régimen monstruoso de explotación económica y dictadura política en el que vive.

Todo ello muestra que Marx y Engels tenían razón no sólo en esa previsión sino en lo esencial: solo la vía revolucionaria puede transformar la sociedad y sólo puede hacerse con una alternativa que supere las fronteras.

Y la piedra de toque, tal como ellos explicaron, es la contradicción generada por las relaciones de producción, eso es lo que hace del proletariado la clase más consecuentemente revolucionaria, pues es la única que por su posición en las relaciones de propiedad puede cortar el nudo gordiano que mantiene el sistema económico fundamentado en la propiedad privada de los medios de producción. No es un idealismo pueril y obrerista, sino el análisis materialista de la realidad. Y las demás clases sociales, no tienen más remedio que posicionarse en este tema vital: o en defensa de la propiedad privada de la clase dominante, pensando que a pesar de todo eso les da ventajas, o en defensa de la propiedad social, es decir, con la clase obrera. No hay alternativas intermedias, la pequeña burguesía carece de proyecto viable de sociedad.

Lo que ha provocado empobrecimiento no es “la globalización”; tomando así esta afirmación del compañero, lo que estaríamos haciendo es aceptar los argumentos nacionalistas de la extrema derecha, que en gran medida están siendo asumidos por una buena parte de la izquierda “radical”. O lo que es lo mismo, estaríamos encontrando la alternativa en el proteccionismo. Es algo así como defender la vuelta a los candiles de aceite ante los males que nos causa la energía nuclear ¡No hay vuelta atrás! El capitalismo es global hace mucho tiempo, mucho antes de que se pusiese de moda este término, la economía mundial había alcanzado un grado irreversible de interrelación.

A la luz de este proceso no sólo adquieren más relevancia las tesis de Marx, sino que cobra actualidad lo que explicó en su famoso “Discurso sobre el libre cambio”. La interrelación de la economía, y de la política, mundial es un factor irreversible, lo que daña es su apellido: globalización capitalista. Es el capitalismo, lo que nos empobrece, lo que amenaza al planeta, la vía no es dar “alternativa de país”, replegándonos a un nacionalismo extemporáneo, sino defender una “alternativa de sociedad”, son las relaciones de propiedad, no las fronteras, las que deciden nuestro destino.

 

La heterogeneidad de la clase obrera

La definición de clase social parte siempre de un hecho objetivo: la posición que se ocupa en las relaciones de producción. Por eso Marx no se limitaba a hablar de “pueblo”, o de “clases populares” sino de la clase obrera como aquella que por razones objetivas está históricamente en posición de acabar con el capitalismo. Por eso mismo términos como “los de abajo” o “los perdedores”, son referencias abstractas que sirven en un mitin, pero no sirven para un análisis marxista de la relación de clases.

La clase obrera nunca ha sido homogénea. El estudio, ya clásico, de Bujarin[4], aunque con deficiencias en otros campos, es muy didáctico en lo que se refiere a este tema. Recomiendo leerlo, por la extensión del debate. Pero, en resumen, y con una analogía que tiene limitaciones, digamos que es como en la biología, una cosa es el género que engloba distintas especies. Cada especie, por si misma tiene características particulares, pero comparte identidad con otras especies dentro de un género común. Hay muchas especies de trabajo asalariado, pero tienen un género común: la venta de su fuerza de trabajo. Lo demás es jugar al despiste.

Pero además no sólo hablamos de esa homogeneidad interna, sino de su relación con los partidos políticos… un tema inmenso y que el compañero deja de lado. Es un tema al que Marx y Engels y después Rosa Luxemburgo, Lenin, Trotsky, Ted Grant… dedicaron una gran parte de su esfuerzo teórico y práctico en la lucha revolucionaria.

En el manifiesto Comunista tenemos una expresión muy clara de este tema, como aspiración: “la clase obrera organizada como partido político”. Pero mientras eso llega, y solo puede llegar como consecuencia de un proceso colosal de experiencia que provoque la transformación de la conciencia de “clase en sí, a clase para sí”, la heterogeneidad de la clase, su distintas “especies” pero, sobre todo, sus distintas experiencias le llevan a otorgar su apoyo a distintos partidos, a retirarlo, a escindirlos e incluso, parece que se olvida de esto: a crearlos, en casos extremos, rechazando los anteriores. No se puede hablar de ganar el corazón y la mente de la clase obrera (las “clases populares”, diría el compañero), sin entender que eso supone un combate sin tregua frente a todas las falsificaciones de las ideas socialistas, frente a todas las tendencias pequeñoburguesas.

Esa tarea se impone como una necesidad en el camino de engendrar una fuerza capaz de enfrentarse a la tarea titánica del cambio social, exigiendo dos factores principales. Uno de ellos es la lucha en el terreno sindical, pues sin el movimiento obrero organizado en los centros de trabajo se carece de la fuerza decisiva, la de la huelga general, que unifica a la clase obrera y construye un referente para todos los movimientos sociales. El otro factor es la conquista de la hegemonía en el campo de los partidos de la izquierda que exige un esfuerzo en el terreno ideológico, en la práctica cotidiana y en la formación de un frente común de lucha a través de una táctica de frente único.

Digámoslo claro: IU nunca podrá ser una fuerza que encauce la lucha por el socialismo si antes no es capaz de poner al descubierto que una buena parte de los dirigentes del PSOE se inclinan siempre en caso de conflicto por mantener a salvo el sistema capitalista, o que algunos de los dirigentes de Podemos no tienen entre sus objetivos la superación del capitalismo y, por tanto, no pueden encabezar una lucha consecuente por transformar la sociedad. Una cosa es la unidad de acción y otra muy distinta la renuncia a la lucha ideológica (“golpear juntos, marchar separados”). Esta parte imprescindible del análisis está ausente de las reflexiones de nuestros dirigentes.

Sólo las revoluciones o las situaciones deudoras de ellas (como 1982), agrupan a la mayoría aplastante de la clase tras una sola fuerza política. Incluso si vamos a ejemplos clásicos de revolución, con los órganos creados en la lucha los que superan al partido, que establece una nueva interrelación dialéctica con el movimiento. Así los soviets en la Revolución Rusa, las Alianzas Obreras en Revolución de Asturias del 34, …

Tal como de forma brillante concluyeron Marx y Engels: “la revolución no sólo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que se hunde y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases”.

Toda la concepción eurocomunista, a partir de su interpretación del concepto gramsciano de la “hegemonía”, es una quimera. La ideología dominante en la sociedad en la de la clase dominante y ese es un factor que sólo una revolución puede cambiar, tal como explicaron los iniciadores del socialismo científico.

 

De la solidaridad de clase a la cogestión del capitalismo

La incomprensión de los fenómenos sociales se revela al abordar de la naturaleza de la socialdemocracia y del propio sistema político en la Europa posterior a la Segunda Guerra al afirmar que:

“De forma correspondiente, los discursos fueron cambiando y la atención a las condiciones materiales de vida (salarios, pobreza, etc.) fue perdiendo peso en beneficio de las condiciones inmateriales de vida (calidad de la democracia, cuestiones de igualdad horizontal, etc.).”

¡¿Qué carácter inmaterial tienen el empleo y el nivel de vida!? Todo el auge de la socialdemocracia europea se construye sobre las mejoras de las condiciones materiales de existencia, lo demás es la espuma de la cerveza. Precisamente esa es la médula espinal del reformismo, lo que hace fuerte a la socialdemocracia, un contexto político muy determinado en el tiempo y el espacio y la posibilidad de hacer concesiones materiales a la clase obrera, sin eso no existe lo demás en un contexto capitalista.

Tras la Segunda Guerra Mundial, todo el esfuerzo desarrollado en Europa por el imperialismo se dirige a evitar una revolución, y sólo había una manera de hacerlo: elevar el nivel de vida de la clase obrera. No sólo eso ¿Cuántas veces hay que explicarlo?: no se podía separar ese aumento del nivel de vida de las libertades formales de la democracia burguesa. Con la URSS enfrente, y con estallidos revolucionarios en todo el mundo, se veían obligados a optar por otra forma de dominación. No es imprescindible un sesudo estudio, bastaría con que hubiese escuchado el impresionante discurso de JFK en su visita a Berlín, Civis romanus sum[5], para comprender esta doble táctica de la burguesía en Alemania, Gran Bretaña, Francia o Italia…, mientras tanto (qué curioso que esto se le escape a su análisis), se mantenían tres dictaduras en Grecia, Portugal y España.

Quienes en nuestra formación de juventud empezamos por Fourier, Saint Simón, Owen… aprendimos que estas eran las ideas del pre-marxismo. Es imprescindible estudiar a Engels, especialmente su Anti Dühring, con una implacable crítica del “buenismo” social, explicando la diferencia entre el socialismo utópico y el socialismo científico, para no caer en la vuelta a esas ideas de reformar el sistema desde dentro, construyendo de nuevo las fábricas de New Lanark y los falansterios:

“Esto es algo que el movimiento obrero del siglo XIXsiempre tuvo presente. De hecho, la función principal del SPD era formar a la clase más allá de las instituciones, esto es, en la práctica cotidiana.(…)en esa red se incluían “grandes sindicatos; cooperativas agrícolas; mutualidades; bolsas del trabajo; ligas campesinas; secciones y círculos socialistas y anarquistas; asociaciones deportivas y recreativas; círculos culturales; muchedumbre de periódico e imprentas; casas del pueblo; ateneos obreros; bibliotecas y teatros culturales; universidades populares; escuelas de formación de cuadros sindicales y políticos; cajas de seguro de enfermedad; cooperativas de consumo…”.”

¡Muy significativo! Destaca aquello que constituyó la base de la adaptación del SPD, algo que comprendió muy tempranamente la ignorada Rosa Luxemburgo ¡Es la capacidad de lucha, no las cooperativas lo que da fuerza a un partido!

Un ejemplo histórico muy significativo, en el caso del Estado español, son las cooperativas de viviendas, que han jugado un papel muy negativo en la izquierda (lo que sucedió con la PSV y UGT, es un ejemplo destacado, pero no el único). Formar una cooperativa puede ser útil para resolver problemas concretos (el acceso a la vivienda, montar un medio de comunicación…), pero no es una alternativa en miniatura de sociedad socialista. Dentro del mar del capitalismo, que es el sistema dominante, estas islas no pueden ser otra cosa que medidas para resolver problemas concretos, no una alternativa de sociedad. Y generar ilusiones en ellas, como alternativa, es simplemente generarlas en el sistema capitalista.

Si el compañero desarrolla un poco más el “ejemplo del SPD”, tendrá que reconocer que todo su argumento queda destrozado, pues fue precisamente en Alemania donde “las clases populares” no votaron a la izquierda, sino que elevaron al poder, democráticamente, a uno de los mayores monstruos de la historia. Adolf Hitler ganó las elecciones ¿Dónde quedan todos los argumentos, acerca del SPD, o de “los perdedores de la globalización”, etc.? Sería más coherente aceptar que lo que condujo a la contrarrevolución fue la incapacidad de la izquierda para dirigir la revolución social cuando pudo hacerlo.

La asimilación del SPD por la clase dominante, incluso desde su respaldo a los créditos de guerra en 1914, tiene mucho que ver con este concepto que es el pasillo que condujo de la solidaridad obrera a la cogestión del sistema y, desde entonces, los sindicatos alemanes son una prolongación del aparato de dominación del Estado burgués. Pero claro, no lo olvidemos, nuestro análisis parte de la teoría marxista del Estado, no de las ideas pre marxistas de la burguesía de la Ilustración.

 

Clase, partido, dirección

Sin duda la concepción de cómo construir un partido, una herramienta de transformación social, late tras todo este debate, y en ello creemos que no se acierta pues se confunde una herramienta con el producto que esa herramienta crea. Para fabricar coches no se emplean coches como instrumento de fabricación, y para crear sociedades nuevas no se usan sociedades en miniatura. Da rubor tener que decir esto, pero para cortar un árbol se usa un hacha, o una sierra…

“recordar, sobre todo, que la función esencial de una organización política es convertirse en una sociedad alternativa, algo que se consigue siendo parte del tejido social y no solo tratando de representarlo. Si somos inteligentes en la izquierda europea, comprenderemos que la mejor manera de combatir a la extrema derecha, de ganar las elecciones y de poner en marcha un nuevo proyecto de país es precisamente a través del despliegue práctico y material de nuestra organización en todos los espacios de socialización. Y quizás todo empiece por preguntarnos si realmente nuestro objetivo es representar a las clases populares o ser las clases populares.” Dejemos a un lado esa flagrante incongruencia de hacer un llamamiento a “la izquierda europea” para que busque una salida nacionalista y “poner en marcha un proyecto de país” (sic), para centrarnos en esa concepción abstracta de partido.

La función del partido es ser un instrumento que permita derribar la sociedad existente, no un falansterio o una comuna hippie que por “contagio” ejemplar provoque la transformación social. El pensamiento dialéctico es incompatible con este rudimentario idealismo filosófico, tan difuso como inexacto. También podemos dejar al margen, por el momento, la inexactitud de un concepto como “clases populares” cuando nos referimos a la estructura de clases en la sociedad, pues sería una amalgama de varias clases sociales distintas, además de la clase obrera. Lo más importante es dejar claro que “ser clase” no implica conciencia revolucionaria, lucha y objetivo transformador, sólo una posición en las relaciones sociales de producción; esa es una de las grandes aportaciones de Marx a la psicología social al explicar la transición más importante de la conciencia humana en el proceso de la lucha de clases: pasar de ser “una clase en sí” a “una clase para sí”. Es decir, el hecho de “ser clase” objetivamente explotada a través del sistema del salario, a tener conciencia de los objetivos colectivos como clase que necesita transformar la sociedad frente a la clase que le explota. Esta es una diferencia esencial, junto con otras muchas, entre marxismo y populismo, al atribuir el socialismo científico a la clase obrera asalariada el papel determinante en derribar el capitalismo pues sólo puede liberarse acabando con la propiedad privada de los medios de producción y liberando, en consecuencia, a todas las demás “clases populares” al liberarse a sí misma. Por tanto, “ser pueblo” sólo es una condición objetiva, y lo que nos interesa es la transformación subjetiva y en ese proceso los partidos de la clase obrera deben jugar un papel decisivo como instrumento que expresa las necesidades objetivas de esa clase.

Si un partido, como IU, decide “convertirse en una sociedad alternativa”, lo haga como lo haga, se convertirá en una reproducción de la sociedad en la que vive. Y si ese era el propósito han cosechado éxitos, pues en IU se reproducen muchos de los defectos de nuestra sociedad, como la sustitución de la participación por una democracia formal, el monopolio de la información, el personalismo, las camarillas… todo es una reproducción de la sociedad, eso sí, en tal miniatura que resulta inofensiva para esa misma sociedad, ya que no es una “sociedad comunista en miniatura”, sino una mala imitación de la sociedad en que vivimos. El cooperativismo, como el de Mondragón, acaba siendo un defensor del capitalismo, y los falansterios terminan vendiendo baratijas en Ibiza.

Es en esta conclusión donde está el meollo, un planteamiento teórico vacilante, que retrocede al pre-marxismo, asimilable al “socialismo utópico”. Todo se puede encontrar en Fourier, Kautsky, Bernstein…

El partido, porque de eso hablamos, no es la propia sociedad, o “las clases populares”, el partido es un programa que contiene la expresión de las necesidades materiales de una clase social (no de las clases populares), y la forma de organizarse para defender ese programa que, objetivamente, responde, esta vez sí, no sólo a los intereses de la clase obrera, sino al de las clases populares y los pueblos oprimidos. Es decir, es la expresión política y organizada de una clase social, de una clase que no es uniforme ni en el conjunto de sus condiciones de vida ni en su proceso de toma de conciencia, sino que es heterogénea, y por eso parte de sus componentes pueden inclinarse hacia diferentes opciones políticas, incluidas las de los enemigos de clase.

Solo en momentos muy particulares de la historia se puede dar un proceso de transformación de la conciencia de “clase en sí a clase para sí”, y en esos momentos es cuando nos podemos acercar a esa idea tan vital de Marx y Engels de “la clase obrera como partido”, algo que sólo se puede producir en el fragor mismo de una revolución social.

John Reed, en su libro “10 días que estremecieron al mundo”, reproduce la siguiente reflexión de Lenin:

“Si el socialismo puede ser realizado solamente cuando lo permita el desarrollo intelectual de las masas populares, no veríamos el socialismo probablemente, ni dentro de quinientos años. El partido político de la clase obrera es la vanguardia de esta clase; no debe dejarse detener en su marcha por el bajo nivel de educación de las masas, sino que debe ponerse al frente de ellas, valiéndose de los soviets como instrumentos de su iniciativa revolucionaria… Pero para conducir tras de sí a los vacilantes, es preciso que los camaradas socialrevolucionarios de izquierda dejen ellos mismos de vacilar.”

La conciencia, es algo elástico y, además, aunque se alcance un alto grado de politización en la sociedad y de conciencia de clase, el estado de ánimo puede variar de forma muy rápida, como una explosión acelerada, o como un jarro de agua helada generando frustración; eso no elimina la conciencia adquirida, pero sí arruina el estado de ánimo y nadie se lanza a la lucha sin dirección ni sentido, sin objetivos ni programa, salvo en estados extremos de desesperación, pues es necesaria una mínima perspectiva de victoria.

La toma del poder político por parte de una clase social no es un desfile, o un curso universitario, o unos ejercicios espirituales donde jugamos a poner gometsen las paredes; es una guerra, y es un arte, y las ocasiones para hacerlo pueden surgir de una victoria electoral, o de una derrota (como Asturias del 34), pero no esperan a las convocatorias electorales para despertar el ánimo revolucionario una vez cada cuatro años.

Por algo hablamos del carácter científico del marxismo; una ciencia nos ayuda a comprender la realidad, a extraer conclusiones aplicables y a utilizarlas como herramienta en dos aspectos esenciales: establecer el curso más probable de los acontecimientos e intervenir en ellos para transformar nuestra propia historia.  Asumamos que, como señaló Lenin, “desde que el socialismo es una ciencia, es necesario estudiarlo”.

Auguste Comte, el padre del positivismo, resumió la definición de la ciencia como la capacidad de prever para actuar (Science d´où prévoyance, d´où action)[6], y eso es algo consustancial al marxismo.

 

Audacia

El reto es ganar las conciencias, es generar ilusión, crear organización… y todo ello traerá votos por añadidura, pero sobre todo traerá lucha, y sin lucha no hay nada, pero para conseguir todo ello necesitamos un programa de transición y los cuadros capaces de explicarlo, esa es la tarea.

El pueblo trabajador, busca alternativa y pone a prueba a partidos, líderes e instituciones e intenta cambiarlos y rechaza lo establecido y cambia de nuevo… porque no encuentra lo que busca, la expresión organizada, política y sindical de sus aspiraciones.

Sin embargo, el material humano existe: en IU, en Podemos, incluso entre bases del PSOE y desde luego en las AAVV, movimientos sociales, y en los sindicatos de clase…

El año pasado fue publicada una encuesta patrocinada por la UE, llamada “Generación qué” realizada en más de 30 países del continente con la siguiente pregunta: “¿Participarías activamente en un levantamiento a gran escala contra la generación en el poder, si este se produjese en los próximos días o meses? Más de la mitad de los encuestados de edades comprendidas entre los 18 y 34 años contestaron que sí.” [7]

En esta encuesta, tanto en el Reino de España como en Portugal, los jóvenes que se unirían a ese hipotético levantamiento alcanzaban el 63%, frente al 37% que no lo harían. La cifra más alta de potenciales insurgentes se daba en Grecia, con un 67% y en Francia un 61%, donde menos respuesta encontraba la idea de rebelarse era en Alemania, con un 37%. La conclusión de la encuesta estaba clara: Los mismos jóvenes europeos que no tienen interés en las elecciones se sumarían a una insurrección frente al poder. Con todas las limitaciones que pueda tener esta encuesta, es la prueba más fehaciente de que la orientación de la izquierda tiene que dar un giro hacia planteamientos radicales de auténtico cambio social.

Es un grave error el pensar que el socialismo como alternativa práctica asusta a “nuestros posibles votantes”, es justamente lo contrario, lo que quieren es un cambio de verdad no nuevas promesas rotas, como siempre. No es una casualidad el apoyo que recibió Jeremy Corbyn en Gran Bretaña cuando se enfrento al poder de la sociedad y al poder de su partido, ya que muchos jóvenes identifican correctamente a los aparatos de partidos y sindicatos con el poder establecido. El partido laborista pasó de cifras de 180.000 afiliados a más de 500.000 como consecuencia de esa ola de apoyo a la radicalización del partido. Una lección similar se podría sacar del fenómeno de Bernie Sanders en los USA.

Existe un enorme potencial, pero es necesario aglutinarlo, necesitamos una fuerza que haga el papel de un catalizador, para provocar la reacción.

Pero para ello necesitamos un punto de partida, está bien decir que es necesario romper el régimen del 78 para hacer frente a la falta de derechos democráticos, pero sobre todo debemos ser conscientes y proclamarlo a los cuatro vientos: ¡bajo el sistema capitalista no hay solución a nuestros problemas económicos!

Como de manera genial expresaba Rosa, no se puede esperar a tener la mayoría para actuar, sino que se debe conquistar la mayoría a través de la acción, una idea que enlazaba con la regla de Danton hoy tan olvidada por la izquierda: “Audacia, audacia y más audacia”.

 

20 de abril de 2018

[1]https://blogs.elconfidencial.com/espana/tribuna/2018-01-27/por-que-las-clases-populares-no-votan-a-la-izquierda-y-que-hacer-para-corregirlo_1512294/

[2] “No tiene ninguna lógica demográfica, ni de análisis electoral, que las elecciones hayan sido ganadas por las candidaturas independentistas y que éstas no representen a una parte mayoritaria de la población, la que representa la clase trabajadora y las clases más desfavorecidas. Quizás haya una interpretación interesada, y falsa al mismo tiempo, de presentar los resultados como si la gente trabajadora no prestara atención a los problemas democráticos y nacionales. En la medida que es un problema presente, y que continuará siendo conflictivo, lo peor es la política del avestruz, de esconder la cabeza.”  http://www.sinpermiso.info/textos/de-verdad-la-gente-trabajadora-en-catalunya-voto-a-ciudadanos

[3]Harvey, repite las ideas que son el fundamento económico de la socialdemocracia, del keynesianismo. Cito sólo un pequeño, pero significativo, párrafo:“Entonces, desde el punto de vista de la producción, se intenta exprimir al trabajador tanto como sea posible porque esto aumenta las ganancias. Pero entonces surge la pregunta, ¿quién va a comprar los productos? Si el trabajador es exprimido al máximo, ¿dónde quedaría el mercado? Si se exprime al trabajador demasiado se produce una crisis porque no hay suficiente demanda en el mercado para absorber el producto.”

[4]Teoría del materialismo histórico. Ensayo popular de sociología marxista. (Nicolai Bujarin)

[5] https://youtu.be/-PS0jK55SGw

[6]De la ciencia la previsión, y de esta la acción (literal: Ciencia, de donde la previsión, de donde la acción)

[7]https://qz.com/971374/europes-youth-dont-care-to-vote-but-theyre-ready-to-join-a-mass-revolt/

http://generation-what.rtve.es/