Acuerdo Podemos-Izquierda Unida

Jordi Escuer, miembro de la Coordinadora de IU Madrid ciudad

 El acuerdo suscrito entre Podemos e Izquierda Unida, que en estos días se está sometiendo a votación de la militancia en IU, nos obliga a entrar en la situación de la izquierda transformadora, que atraviesa un fuerte crisis que no puede resolverse en ninguna votación, sino que exige una reflexión profunda por parte de toda la militancia. La inminencia de las elecciones generales, seguidas de las votaciones a los ayuntamientos, a la mayoría de las Comunidades y al Parlamento europeo, no son los momentos más propicios. Y, sin embargo, habrá que hacerlo, porque lo que está en juego es el futuro de la izquierda transformadora.

 

La escisión de Podemos en Madrid, encabezada por Íñigo Errejón, la imposibilidad de reeditar la confluencia de Ahora Madrid… sólo son los exponentes más destacados de esta crisis. La unidad ya no es lo que era. Para algunos se ha convertido en una expresión vacía, que la invocan al tiempo que rompen su organización cuando en las listas no están las personas que desean. Unas condiciones que llevan a muchos militantes de IU y Podemos a preguntarse si merece la pena tantos esfuerzos. Desde luego, la militancia de IU haremos cuanto esté en nuestra mano por sacar el mejor resultado posible, aunque sólo sea para tratar de impedir una victoria del trifachito (lo que pasará si sube el PSOE, pero baja más Unidos Podemos), pero no debemos conformarnos con seguir a la espera de tiempos mejores. En este ambiente de disgregación, de despiste, es necesario acudir a las fuentes de agua clara de las ideas para encontrar orientación en el trabajo cotidiano y tratar de tener una perspectiva para nuestra labor. Más que nunca, lo urgente no debe impedirnos hacer lo importante.

El acuerdo entre Podemos e IU saldrá, con una alta probabilidad, aprobado. Y la razón es muy sencilla: no hay alternativa posible en tan corto espacio de tiempo. No es un buen acuerdo porque renuncia a lo más importante: un programa claro y unos procedimientos democráticos para aprobarlo y elegir la candidatura. Se trata de un acuerdo de lista, básicamente, que ni siquiera tiene presente la profunda crisis que sufre Podemos y actúa como si todo estuviera igual que en 2016. La dirección de Podemos sigue sin querer aprender de sus propios errores, y la nuestra debería estar diciéndolo y dando alternativa. No cabe duda de que muchos militantes de Podemos tendrán las mismas inquietudes que los nuestros.

Es evidente que no tiene ningún sentido que existan diversas fuerzas políticas a la izquierda del PSOE, y eso empuja al acuerdo. Pero si queremos que la unidad no sea una propuesta formal, ritual, era menester llenarla de un contenido concreto programático y democrático, no la negociación de una lista electoral. Y el primer paso es reconocer que eso no ha sido así.

 

Los métodos democráticos son imprescindibles

La experiencia de Ahora Madrid, en su aspecto más positivo, demostró que una candidatura que elaboró y aprobó democráticamente un programa, que eligió su lista en unas primarias abiertas y proporcionales, logró despertar la ilusión de miles de activistas que, a su vez, conectaron con las aspiraciones de buena parte de la clase trabajadora de Madrid. Su principal apoyo estuvo en los barrios más humildes de la ciudad. La movilización previa, unida a esos métodos, consiguió el inesperado milagro de derrotar a la derecha, tras 27 años de gobierno ininterrumpido, y superar al PSOE.

El abandono de esos métodos por parte de la mayoría del equipo de gobierno y de la propia dirección de Podemos en Madrid, la renuncia a funcionar con Asambleas en los distritos para supervisar democráticamente la labor municipal y que actuaran de cauce entre el gobierno y los barrios, ha sido uno de los factores determinantes en que la experiencia de gobierno de AM quedase atascada. Se renunció al programa y a la movilización. Y a quien discrepase, se le cesó. Y ha sido la negativa de Más Madrid a repetir los procedimientos democráticos de 2015 y su defensa de una política que choca con el programa que se aprobó, en particular las operaciones urbanísticas de Chamartín y Los Berrocales, lo que ha dinamitado Ahora Madrid. IU no podía claudicar ante la imposición de Carmena, pues era enterrar a la organización en una candidatura que acabará defraudando a la clase trabajadora madrileña.

Ahora, IU enfrenta un reto muy difícil en la ciudad de Madrid, pues va ser muy duro mantener representación institucional, pero lo hace desde su terreno natural, al lado de la izquierda de Ahora Madrid y con una perspectiva de futuro: la reconstrucción de la izquierda transformadora en Madrid ciudad.

La unidad no implica el fin de la libertad de crítica. Nuestra obligación es también defender nuestras ideas frente a la claudicación ante el sistema, y, de nuevo, nos remitimos la experiencia del Ayuntamiento de Madrid. Las renuncias al programa sólo alimentan la idea de que todos los políticos son iguales y que no hay alternativa. De hecho, la abstención es un fenómeno que afecta sobre todo a la clase trabajadora y es una expresión de ese profundo desencanto y falta de alternativas que siente, como vimos en las elecciones andaluzas.

Los procedimientos democráticos son determinantes para que la unidad funcione. Si la base no se siente partícipe real de esos acuerdos, si no hay cauces para expresar lo que se piensa y se siente, la unidad queda vacía. Por el contrario, si se actúa bien, el propio proceso de preparar las candidaturas, los debates políticos y las decisiones, son una parte decisiva de la campaña electoral.

Si hay una lección importante es que, para que la izquierda gane las elecciones, lo primero que debe apartar es el electoralismo. Y los malos hábitos a la hora de conformar las candidaturas. El mero hecho de que alguien como Carlos Sánchez Mato haya retirado su candidatura a las primarias al Congreso por las presiones recibidas, es un síntoma de que las cosas no van bien.

Las candidaturas que conformemos tienen que alimentarse de la participación democrática y consciente de los activistas, tener raíces en los barrios y en la clase trabajadora, con una perspectiva que vaya más allá del día de las elecciones, por importantes que sean. Estamos hablando de reconstruir la izquierda transformadora que vive una profunda crisis.

 

Nuestra fuerza es el programa

Sin un diagnóstico certero y una alternativa clara, estamos perdidos. Necesitamos una perspectiva de futuro. No basta con señalar que hay una crisis de régimen, como se dice en el documento “Un país que lucha”. Sobre todo estamos ante una crisis del sistema capitalista. Este sistema social no es capaz de garantizar un empleo digno, salarios decentes y acceso real a la vivienda a una parte creciente de la clase trabajadora y de la pequeña burguesía, cada vez más empobrecida. La derecha habla constantemente de la desigualdad entre “españoles”, sólo cuando se refiere a la cuestión catalana, pero ampara un sistema que cada vez abre un abismo mayor entre las clases.

La crisis, como siempre en el capitalismo, ha supuesto intensos recortes del gasto social y aumento de la explotación en las empresas. Nada de eso se ha revertido y ya asoma en el horizonte una nueva crisis, para la que la izquierda necesita ser capaz de levantar una alternativa. La dirección de Podemos carece de ella, pues ha asumido que este sistema y este régimen se pueden gestionar en beneficio de la mayoría. Ha tomado el camino de la socialdemocracia, y para ver a dónde conduce sólo hay que mirar hacia el PSOE.

Sin duda, es necesario cambiar de régimen, crear nuevas instituciones. La experiencia de los ayuntamientos del cambio ha demostrado que se pueden lograr avances, pero que cuando intentas profundizar en una política alternativa saltan todas las costuras. El cese de Carlos Sánchez Mato, por oponerse a la política de recortes, lo puso en evidencia. Las instituciones están hechas a la medida del sistema.

Por eso, cambiar las instituciones no es suficiente, es necesario también un cambio social, poner fin al capitalismo, que es la razón de fondo de los sufrimientos sociales y del desastre ecológico. Francia tiene una república y eso no resuelve ni el paro ni la explotación. Los chalecos amarillos nos lo han vuelto a recordar. El capitalismo es explotación, de las personas y de la naturaleza. Esa es la principal raíz de nuestro problemas y debemos explicarlo.

No queremos “reducir” la pobreza, ni la precariedad, ni el paro, ni la falta de recursos sanitarios, sociales o educativos públicos, queremos acabar con ellas. Es posible una sociedad con pleno empleo y unas condiciones de vida digna, pero eso exige medidas como la reducción drástica de la jornada laboral, sin disminución salarial, y que los sectores estratégicos de la economía pasen a ser públicos mediante su nacionalización. Sólo así se puede democratizar la economía y planificarla primando la atención de las necesidades sociales y el respeto al medioambiente.

IU debería hacer un caballo de batalla de una propuesta muy sencilla: todo el mundo debe tener un empleo digno o una ayuda por desempleo digna mientras eso no sea efectivo. Igual que todo el mundo debe tener una pensión con la que pueda vivir y una vivienda decente, etcétera. Hay recursos para que eso sea posible, el problema es que eso es incompatible con que la economía esté sometida al mercado capitalista.

 

La emancipación de la clase trabajadora es tarea de ella misma

No debemos caer en el ambiente cada vez más general, por comprensible que sea, de que como viene la derecha hay que aparcar las diferencias. En absoluto, podemos ponernos de acuerdo en hacer todo lo posible para parar a la derecha, pero sin renunciar a nuestras ideas.

Es un error plantear, como se hace en el documento Un país que lucha que “es mucho más inteligente buscar acuerdos con la socialdemocracia que permitan avanzar en materia social al tiempo que neutralicen las opciones reaccionarias o reformistas, siempre sobre la base de compromisos programáticos y con la declarada intención de llevar a cabo medidas que, por un lado, mejoren la vida de la gente y, por otro, avancen en la democratización de la economía y de la sociedad”. La socialdemocracia sólo hará concesiones si una fuerte lucha se lo exige y, apenas pueda, retrocederá pues los dirigentes del PSOE ataron su destino al sistema y al régimen hace muchos años. A su lado, nunca avanzaremos en “democratizar la economía y la sociedad”, sino frente a ellos. Nuestro objetivo es dejarles al desnudo ante sus propias bases.

No cabe duda de que preferimos un gobierno de Pedro Sánchez que uno del trifachito, pero no debemos sembrar esperanzas en él, sino defender nuestra alternativa. Podremos arrancar concesiones si hay movilización, por eso lo preferimos, pero están tan atados al sistema y al régimen, que no darán ningún paso que pueda ponerlo en peligro. En el acuerdo de presupuestos lo vimos, al final los máximos defensores de dicho acuerdo eran los dirigentes de Unidos Podemos, cuando el acuerdo no era más que el reparto de las migajas. Y no lo olvidemos, es el desencanto con la izquierda, la falta de alternativas a los problemas concretos de la clase trabajadora, lo que acaba alimentando las victorias de la derecha.

Igualmente, cuando los dirigentes de Podemos asumen el sistema, toman el mismo camino que la dirección del PSOE. Nadie va a salvar a la clase trabajadora sino es ella misma, con su lucha y con un programa alternativo. Y debemos utilizar esa idea en las campañas electorales: no hacemos promesas, sino que llamamos a unir fuerzas a luchar por un programa hasta hacerlo realidad.

 

La exigencia de derechos democráticos y sociales, una misma lucha

Escuchar la intervención de Jordi Cuixart, el presidente de Òmnium Cultural, durante el juicio que se está celebrando en el Tribunal Supremo, debería ser de escuchada por todo militante de izquierdas en todo el Estado. Su defensa de los derechos democráticos para Catalunya y para todo el Estado, su negativa a que se les enfrente con los otros pueblos del Reino de España, recordando que su madre es de Murcia, merecen todo nuestro reconocimiento.

La izquierda debemos dejar de lamentarnos por el “conflicto catalán” y empezar a verlo como lo que es: una rebelión democrática ante un régimen político profundamente injusto. No tenemos que enfrentar la exigencia de derechos democráticos, incluido el de autodeterminación, a los sociales. Es la misma lucha. Es más, es uniéndolas como lograremos acabar con la influencia decisiva de la derecha catalana en el “procés”. Pero eso implica defender de forma consecuente el derecho a decidir. Igual que no esperamos que sea la gran patronal la que instituya la jornada laboral de 30 horas semanales, no podemos esperar que la derecha española acepte el ejercicio de ese derecho. Hay que conquistarlo.

Nuestro reto es unir la lucha por nuestros derechos sociales y democráticos a la lucha por la transformación socialista de la sociedad.

Por ese motivo, debemos recordar que IU tiene la obligación es también defender otra política sindical, y trabajar activamente por ella, que una la pelea sindical a la lucha la transformación social, y renuncie a la política de conciliación con la patronal, a alimentar la idea equivocada de que es posible una gestión del capitalismo que garantice una existencia digna de los trabajadores y trabajadoras.

Se puede y se debe lograr cuantas concesiones se puedan, de Gobierno y de la patronal, pero el sindicalismo de clase no puede limitarse a eso, sino que debe apostar por una lucha que vaya a la raíz del problema, el capitalismo, y unirla a la lucha por el socialismo. Aceptar el corsé del sistema, la conciliación con él, acaba instalando a las organizaciones sindicales la política del mal menor, de aceptar paso a paso recortes ante la amenaza de otros mayores. Eso conduce a un callejón sin salida.

El movimiento de la clase trabajadora se recuperará. Ya estamos teniendo avisos en diversas luchas parciales. Y nuestro reto será dar una alternativa. IU tiene militancia con experiencia, con voluntad de lograr una transformación socialista de la sociedad, y que, dando ejemplo de coherencia política y democrática, puede contribuir de forma decisiva a la recuperación de la izquierda transformadora.