Recordando a James Connolly

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Se cumplen cien años de la “Insurrección de Pascua”, cuando el 24 de abril de 1916 se produjo un levantamiento armado contra el imperio británico. La lucha duró una semana, los edificios del centro de Dublín, donde se localizaron los combates, quedaron destrozados por los bombardeos del ejército inglés. Los enfrentamientos y la represión posterior causaron la muerte de más de trecientos civiles y la detención de más de tres mil.La lucha del pueblo irlandés contra el colonialismo británico ha sido primera página de la prensa durante décadas, pero siempre vinculándolo al terrorismo y al sectarismo de sesgo religioso y nacionalista. Pocas personas conocen en el Estado español, una de las páginas más heroicas escritas en esta lucha, la protagonizada por James Connolly, el líder histórico de la clase trabajadora y del socialismo irlandés que en el levantamiento de Pascua dirigía el “Ejército Ciudadano Irlandés”, que junto a los “Voluntarios Irlandeses”, componían la fuerza armada de la sublevación.

Tras la derrota de los insurgentes, Connolly, herido de gravedad y atado a una silla, pues ni siquiera podía mantenerse en pie, fue asesinado en la cárcel por el ejército británico el 12 de mayo. Esa es la escena, incomprensible para muchos espectadores no familiarizados con esta historia, que se puede contemplar en las primeras imágenes de la película “Michael Collins”.

Este revolucionario es parte de la historia de Irlanda, pero aquí solo aparecen algunas menciones en las películas, como en “El viento que agita la cebada”, magnífico relato del director Ken Loach, donde los protagonistas invocan una de sus más famosas citas. En Dublín, con la inscripción de una de sus frases, “La causa obrera es la causa de Irlanda, y la causa de Irlanda es la causa obrera”, podemos ver una efigie del que es considerado uno de los héroes de la lucha por la independencia, ya que se ha ido desdibujando su carácter revolucionario socialista para convertirlo, como tantas veces se hace, en un cadáver embalsamado que pierda su fuerza genuina.

Pero nada estaría más lejos de la realidad; el ejemplo y las ideas de James Connolly tienen aún mucho que enseñarnos. Era Secretario General del Sindicato del Transporte, y organizó un ejército, compuesto casi en su totalidad por obreros, que tenía como finalidad defenderse de la policía y de los empresarios, al tiempo que preparaban una fuerza disciplinada y entrenada para futuras batallas, y se implicaron a fondo en la lucha de la semana santa de 1916.

Sin duda es el máximo exponente del socialismo en Irlanda, junto con James Larkin, el dirigente sindical, y asumió la defensa de los derechos democráticos del pueblo irlandés desde una perspectiva de clase y revolucionaria:

“Estamos por una Irlanda para los irlandeses. Pero, ¿quiénes son los irlandeses? No el casero rentista poseedor de suburbios, no el capitalista sudoroso triturador de beneficios, no el pulcro abogado untado, no el prostituido hombre de la prensa — los mentirosos a sueldo del enemigo. No son estos los irlandeses de los que depende el futuro. No son estos, sino la clase obrera irlandesa, la única base sólida sobre la que se puede alzar una nación libre”.

No era un nacionalista, sino un internacionalista que comprendía hasta las últimas consecuencias, y dio su vida por ello, que la lucha por los derechos democráticos era inseparable de la lucha por la revolución social. Se rebeló al igual que Rosa Luxemburgo, Lenin, Trotsky o Liebknecht, contra la traición de la Segunda Internacional cuando los partidos socialdemócratas apoyaron la gran carnicería de la Iª Guerra Mundial, diciendo en uno de los artículos que escribió: “Si estos hombres han de morir, ¿no sería mejor que muriesen en su propio país luchando por la libertad de su clase y por la abolición de la guerra, que no ir a países extranjeros y morir asesinando y asesinados por sus hermanos para que los tiranos y explotadores puedan vivir?”

Cuando el congreso de los sindicatos británicos, TUC, respaldó la guerra, les reprochó: “Hubo un tiempo en que la voz unánime del Congreso declaró que la clase obrera no tenía ningún otro enemigo que la clase capitalista ¡y la de su propio país en primer lugar!”

Tenía la esperanza de que el movimiento en Irlanda formase parte de un movimiento revolucionario más amplio, pero la desdicha histórica llevó a que esta insurrección se produjese antes que la Revolución Rusa del 17, lo que probablemente hubiese dado más opciones de triunfo. Pero aunque James Connolly era plenamente consciente de que el alzamiento sería derrotado se comportó como sólo lo hacen los revolucionarios (como hicieron los bolcheviques en las jornadas de julio), poniéndose al frente y dándolo todo para intentar la victoria sin abandonar a su pueblo y a su clase, y ofreciendo al menos un ejemplo para las luchas futuras. Vemos este pensamiento en sus propias palabras: “Empezando así, puede que Irlanda todavía encienda la antorcha de una conflagración europea que no se apagará hasta que el último trono y los últimos bonos y obligaciones capitalistas se hayan consumido en la pira funeraria del último militarista”.

Encontramos en él las raíces de ese socialismo que debemos recuperar, capaz de asumir en su bandera los derechos de la mujer, de los pueblos, de las personas migrantes, por encima de fronteras, con un concepto cosmopolita de la emancipación humana, y sabiendo que es la lucha por la liberación de la clase obrera la punta de lanza de esa ansiada transformación social.

“Luego de que Irlanda sea libre, dice el patriota que no se considera socialista, protegeremos a todas las clases, y de no pagar la renta, serás desalojado igual que ahora. Pero quien te desalojará, bajo el mando del comisario, usará uniforme verde y llevará por emblema una harpa sin la corona, y la orden que te dejará en la calle, será estampada con el emblema de la República de Irlanda.”

En esta Europa que hace oídos sordos a la tragedia humana, a la degradación de nuestras vidas y que se cierra en sus fronteras como si de una fortaleza asediada se tratase, en este viejo continente que escucha proclamas que nos advierten de los “peligros” que vienen de fuera, es imprescindible tener memoria, no sólo de los textos, sino sobre todo del ejemplo de lucha de alguien como James Connolly, que resolvió esa cuestión que algunos ven aún como una contradicción, entre la lucha por los derechos democráticos de los pueblos y la lucha por la transformación socialista de la sociedad:

“Si mañana echáis al ejército inglés e izáis la bandera verde sobre el Castillo de Dublín, a menos que emprendáis la organización de una república socialista todos vuestros esfuerzos habrán sido en vano. Inglaterra todavía os dominará. Lo hará a través de sus capitalistas, sus terratenientes, a través de todo el conjunto de instituciones comerciales e individuales que ha implantado en este país y que están regadas con las lágrimas de nuestras madres y la sangre de nuestros mártires. Inglaterra os dominará hasta llevaros a la ruina, incluso mientras vuestros labios ofrezcan un homenaje hipócrita al santuario de esa Libertad cuya causa traicionasteis.”

Sin duda un socialista de pies a cabeza, que había asumido plenamente la lúcida teoría de Marx y Engels acerca de que la revolución democrática forma parte de una “revolución permanente” socialista, algo que mantendrían Rosa Luxemburgo, Lenin y Trotsky, entre otros, y que fue abandonado totalmente por el estalinismo con nefastas consecuencias hasta el día de hoy.

Ojala entre nuestros hombres y mujeres surjan, al igual que lo fue James Connolly, las personas a la altura de lo que la historia nos exige, capaces de sentir una causa universal por encima de cualquier frontera, de luchar por una Europa que ponga vallas a la barbarie y abra sus puertas al futuro de la humanidad, encendiendo la pira donde se extinga la injusticia.

Alberto Arregui