Nuestros problemas no se solucionarían con una vuelta al Estado nación, sino acabando con un sistema que nos explota tanto en el conjunto de Europa como en cada uno de nuestros países

Marina Albiol, eurodiputada y portavoz de Izquierda Plural en el Parlamento Europeo

Publicado en CTXT contexto y acción

En 1957 seis países de Europa firmaban el tratado de la Comunidad Económica Europea (CEE), que había sido precedido en 1951 por la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), y que desembocaría en la actual Unión Europea. La terca realidad ha disipado la espuma de las promesas de felicidad, para enfrentarnos a una dura realidad: la Unión Europea no está diseñada para mejorar la vida de los pueblos, sino para hacer más ricos a los que ya lo eran.

Puede parecer bastante lógico que ante unas instituciones europeas antidemocráticas, que en los últimos años nos han impuesto recortes brutales en nuestros servicios públicos, surjan voces apostando por la vuelta a “la soberanía nacional”.

Pero quizá esta alternativa pierda fuerza si profundizamos un poco más en el análisis. En primer lugar, es fundamental desenmascarar la propia naturaleza de la Unión Europea como proyecto político del capitalismo para Europa para entender que el problema se sitúa en el sistema y no tanto en el hecho de que exista una integración regional. Todas las instituciones de la UE forman parte y están basadas en un sistema económico que se sustenta en el saqueo de muchos para beneficio de pocos, y así se construyó, desde el principio, con el objetivo de crear un mercado común interno y que, a la vez, nos posicionara con fuerza en el mercado mundial para que una pequeña élite continuara enriqueciéndose.

 

La crisis de la UE y la del capitalismo son inseparables

Y precisamente porque la UE es un proyecto capitalista, no se puede desligar el análisis de la crisis de la UE de la crisis del capitalismo. De hecho, no son dos crisis diferentes. Lo que ha sucedido es que aquello que hasta ahora sólo era evidente si mirábamos a África y Asia –es decir, que el capitalismo no es capaz de satisfacer las necesidades de la mayoría–, ya se ha puesto de manifiesto en los países que hasta ahora habían sido los grandes beneficiados del sistema, en Europa y en EEUU, donde las clases populares se han visto azotadas por el paro, la precariedad y la pobreza.

Por eso en el 60º aniversario de la firma del Tratado de Roma, no hay nada que celebrar. Especialmente en “los países del sur” –sería mejor decir “los países de la periferia”– que, aunque en el período de auge económico internacional experimentaron un crecimiento, al comenzar la crisis económica han padecido altas tasas de desempleo, precariedad laboral y retroceso en la prestación de los servicios públicos, con un incremento notable de la población en riesgo de pobreza.

Sin embargo, no podemos quedarnos con un análisis territorial de las consecuencias de la crisis o de las políticas de austeridad de la UE, porque las políticas de austeridad han hecho aumentar las desigualdades en los 28 Estados miembros de la UE, incluida Alemania.

 

Las desigualdades crecen en todos los países

“Aunque el paro en Alemania afecta al 6,9% de la población activa –unos 40 millones –, la cifra absoluta supera los tres millones. Un 15,5% de la población ingresa menos del 60% del salario medio, lo que la convierte en pobre. Casi el 60% de los parados son pobres, y lo mismo sucede con el 40% de padres y madres solteros. Más de tres millones de trabajadores son pobres, a pesar de tener empleo, lo que supone el 7,8% de la población activa. Y eso está empezando a afectar cada vez a más trabajadores con contrato fijo.”

Debemos tener claro que ni siquiera es un proceso exclusivo de Europa. En mayo de 2015, el secretario general de la OCDE, Angel Gurría –nada sospechoso de izquierdista–, se alarmaba por esta progresión sin precedentes en un preámbulo al último informe: “Hemos alcanzado un punto crítico. Las desigualdades en los países de la OCDE no han sido jamás tan elevadas desde que las medimos” (1). “Las desigualdades de rentas han alcanzado niveles récord en la mayor parte de los países de la OCDE y se mantienen a niveles más elevados aún en numerosas economías emergentes”.

Los ricos se han hecho más ricos en todos los países. No todos en Alemania han ganado ni todos en el Estado español hemos perdido. El presidente y consejero delegado de Inditex, Pablo Isla, percibió una retribución total de 10,37 millones de euros en el ejercicio 2016, equivalentes a 28.410 euros al día. Y sólo es la guinda del pastel, pues es la tónica de todos los altos directivos del IBEX 35 y de las grandes fortunas, que también han crecido.

Es cierto que, a veces, en la búsqueda de un buen titular, perdemos el rigor. Pero más allá de ‘Alemania nos impone políticas de austeridad’, o del ‘Merkel nos obliga a recortar’, la realidad es que las políticas económicas de la UE han estado y están al servicio de las clases dominantes de toda Europa, también de las del Estado español, aliadas entre ellas. Eso sí, con un predominio de las alemanas y francesas, como consecuencia lógica de la situación más dominante de cada una de ellas en el mercado mundial.

Si tenemos claro que las políticas de austeridad han supuesto en todos los países de la UE una gigantesca transferencia de las rentas del trabajo a las rentas del capital, deberíamos centrarnos en la repercusión desigual de la crisis en las distintas clases sociales, porque si no podríamos errar el análisis. Identificar al adversario es la primera condición en cualquier batalla, y nuestro adversario no son los pueblos de Europa, sino la estructura y la concepción de la Unión Europea, al servicio del capital financiero, de los poderosos.

 

La principal división es de clase

Esta UE ha tenido y tiene a unos gobiernos actuando como marionetas de esas élites. Algo que también se da en el Estado español. Zapatero y Rajoy, aplicando las políticas de austeridad, no sólo se arrodillaron, sino que han sido cómplices y copartícipes, igual que lo fue Felipe González con la desindustrialización. Todos ellos forman parte de esa alianza entre la socialdemocracia europea y los conservadores, que son los que han diseñado esta Europa. Han sido sus impulsores y quienes han avalado los tratados de Maastricht y Lisboa, el Pacto de Estabilidad, las políticas de austeridad y, ahora, también los tratados de libre comercio, que son la propuesta para el futuro, ya casi presente. Esa alianza se ha mostrado a las claras con el respaldo al CETA (el tratado entre la UE y Canadá).

No se trata tanto de un ataque a la soberanía nacional de los Estados miembros, como de un ataque organizado por la clase dominante de todos los Estados de la UE a los trabajadores y trabajadoras de todos los países de Europa. Y, por tanto, nuestros problemas no se solucionarían con una vuelta al Estado nación, sino acabando con un sistema que nos explota tanto en el conjunto de Europa, como en cada uno de nuestros países. En otras palabras, creo que la salida a la actual situación no es recuperar soberanía nacional, sino conquistar soberanía popular. En el Estado español, con UE o sin UE, con peseta o con euro, nuestra clase, el pueblo, nunca ha tenido soberanía, si por eso entendemos la capacidad de tomar decisiones. Es decir, de gobernarnos.

 

El campo de batalla es Europa

Ahora toca hablar de conquistar el derecho a que el pueblo y los pueblos de Europa decidamos nuestros destinos. La UE sólo responde a los intereses de las élites y por eso es imposible construir nuestra Europa manteniendo su actual estructura.

Pero entiendo que la alternativa de la izquierda, como internacionalistas que tenemos claro que a la clase trabajadora lo que le da fuerzas es la unidad por encima de las fronteras, no puede levantar fronteras.

El camino de vuelta al Estado nación nos llevaría al riesgo de enfrentamientos entre territorios y de forjar alianzas con aquellos que, siendo nuestros “compatriotas”, son, sin embargo, nuestros verdaderos enemigos, porque tenemos más intereses en común con la clase trabajadora de cualquier país de Europa que con nuestra oligarquía respectiva.

No podemos permitirnos, desde la izquierda, ir por detrás de los acontecimientos. Nuestros adversarios están perfectamente organizados a escala europea y nuestra misión no puede ser abandonar el campo de batalla en que se ha convertido la UE, sino organizarnos para oponer a su proyecto el nuestro. Frente a la Europa fortaleza de los mercaderes y las élites, debemos representar la Europa democrática y solidaria de los pueblos.

Para poder construir la alternativa política y económica necesitamos un programa común, que ponga la riqueza creada por el trabajo social en manos del pueblo, ya que existen recursos suficientes para poder garantizar unas condiciones de vida digna. Conquistemos nuestra soberanía.

1 Desigualdades y crisis social en Europa (02/06/2015). Roland Pfefferkorn. Viento Sur.