Comentarios a la propuesta organizativa de Izquierda Unida

Alberto Arregui, miembro de la Coordinadora Federal de IU

La dirección de Izquierda Unida, su Asamblea Política y Social, ha aprobado un documento base de modificación estatutaria que se somete a la consideración de la militancia. Mi discrepancia con el acuerdo adoptado es radical, no tanto por este o aquel detalle, sino porque este enfoque es errado; a mi parecer la mayoría de la dirección ha heredado un error típico del aparato de los “viejos partidos” al sobreestimar los estatutos sobre el programa, la práctica política y el nivel de formación. Los estatutos deben tener una finalidad: la de garantizar los derechos de la militancia, y cuando se utilizan para garantizar los “derechos” de la dirección son el síntoma inequívoco de una vieja enfermedad de burocratismo, que reduce la horizontalidad de la organización y refuerza la piramidal, con el núcleo de decisiones en la cúspide.

Detrás de toda propuesta organizativa siempre late una concepción política, y debiera partir de un análisis de contexto y una perspectiva, pues la propuesta organizativa tiene dos ejes: los principios políticos de la democracia interna y la táctica adecuada para cumplir nuestros objetivos estratégicos, es decir la toma del poder político, que es nuestro objetivo final. No podemos dejarnos arrastrar ni por las modas ni por el “cortoplazismo”.

Esta propuesta organizativa, que ha sido aireada en la prensa, fue pergeñada en un momento político profundamente distinto: la perspectiva que defendía la mayoría que hoy dirige IU era la de la “superación” a corto plazo de la organización por medio de la unidad, de una u otra manera, con Podemos y otros actores menores (además de distanciarse de los vicios que ahogaban a la organización).

Hoy, esa perspectiva ha quedado, como le correspondía, guardada en la despensa y existe una clara conciencia de que a lo más que se puede aspirar en este momento es a acuerdo electorales, y eso con bastantes dificultades. Nos enfrentamos a otra situación; Podemos se ha consolidado (aunque ha retrocedido en su actividad militante y en su apoyo electoral), como una nueva versión socialdemócrata, ocupando el lugar que el PSOE deja libre al arrojarse sus dirigentes, con Pedro Sánchez a la cabeza, en manos del Estado burgués.

Nos guste o no, dependemos de nuestras propias fuerzas para construir una herramienta que sea útil en manos de la clase trabajadora, para transformar la sociedad, y este modelo de organización que se nos propone va en el sentido equivocado o, en el mejor de los casos, es un placebo.

En primer lugar, antes se disolvía la estructura de IU a cambio de un nuevo proyecto más amplio, hoy se corre el riesgo de disolverla a cambio de nada. Compañeros que han mostrado en otras ocasiones un apego reverencial a los métodos empresariales de análisis, los DAFO (Debilidades, amenazas, fortalezas, oportunidades), se olvidan hoy de evaluar nuestras fortalezas al hacer esta propuesta.

Si IU ha sobrevivido a todas las calamidades ha sido gracias a sus asambleas de base, a esa militancia pegada a su realidad cotidiana, y hoy se desprecia ese tesoro que es el mayor capital de nuestra organización, para ser usurpado por el voto telemático sin compromiso militante. La lección de la experiencia pasada debiera llevarnos a proclamar: ¡Todo el poder a las asambleas de base! Y sin embargo se nos propone una centralización, lo que es sinónimo de burocratización, de la organización.

Se sustituye la democracia directa por el sistema plebiscitario, que no por casualidad es el sistema preferido de todos los regímenes autoritarios. La tradición de nuestra clase es la asamblea, la discusión cara a cara, el voto a mano alzada y, sobre todo, el voto tras el debate, no el voto en lugar del debate que es lo que se trae aquí.

No se corresponde con la verdad histórica decir que se recupera el espíritu fundacional de IU, pues la asamblea de base, la pluralidad y las áreas de elaboración colectiva eran sus señas de identidad, además de un contexto de pluralidad de partidos políticos que formaban un frente común. En lugar de eso lo que podemos tener con esta propuesta es un partido, sólo un partido, que controlará la estructura de lo que deja de ser una organización con personalidad propia para convertirse en “un frente de masas” de dicho partido.

Si el problema fuese el modelo organizativo, deberíamos preguntarnos por qué hoy IU es mucho más débil que en el pasado. Con todas las imperfecciones que ha tenido, los problemas de IU no se derivan del modelo organizativo, sino de los errores políticos. No se hace un balance de la trayectoria de nuestra organización que permita comprender los fallos cometidos, y si el diagnóstico es erróneo, la prescripción también lo es.

Es un análisis parcial y miope que mitifica el modelo organizativo frente a los demás componentes de una fuerza política: programa, nivel político de la militancia, inserción en el movimiento obrero y movimientos sociales, democracia interna, control y participación…
Al suprimir los órganos intermedios y al tiempo, estrangular las asambleas de base, lo que se construye es una dirección que escapa ya, y escapará aún más, a cualquier control democrático desde la militancia, pues sin información y capacidad de decisión no existe la democracia interna.

La autonomía de las federaciones se ve eliminada, se pasa de Guatemala a Guatepeor, pues si bien es cierto que la experiencia ha demostrado los problemas derivados de una concepción que en lugar de ser federal ha llegado a ser confederal (sería más exacto calificarla de reinos de taifas), hay algo que toda la experiencia ha dejado ya en el basurero de la historia hace mucho tiempo: el centralismo burocrático. Si esto lo unimos a la postura “españolista” mantenida por la mayoría de la dirección de IU ante la rebelión democrática del pueblo catalán, provoca un justificado temor de que están renaciendo las inveteradas tradiciones centralistas.

La capacidad de una práctica de unidad de acción por parte de una organización no depende de sus estatutos (qué interesante la discusión acerca de esto entre Lenin y Rosa), depende en primer lugar de la autoridad política de la dirección y de la democracia interna más escrupulosa, de un programa y una táctica compartidas y de un sentimiento común de que las decisiones son producto de una inteligencia colectiva, no de líderes carismáticos. Podemos decir aquí, con permiso de los clásicos: Quod auctoritas non dat estatutos non praestat[1]

Lo que debiéramos hacer es reforzar los puntos fuertes que nos han salvado como organización a pesar de los acontecimientos y de los errores que hemos cometido desde la dirección: la iniciativa militante, la asamblea de base y la discusión presencial. Eso, unido a una lucha constante por recuperar los grandes sindicatos para la causa de la transformación social, nos daría el punto de apoyo para llegar a ser la expresión organizada de nuestra clase, evitando el riesgo de “superar IU” para convertirnos en el frente de masas de un partido o en un club electoral virtual.

 

Foto de Agustín Millán Poncela

[1]“Lo que la autoridad moral no da, no lo prestan los Estatutos”, afirmación que se inspira en la cita clásica: Quod natura non dat, Salmantica non praestat —Lo que la naturaleza no da, no lo presta (la universidad de) Salamanca—.