Recordando a Arantxa Alonso García

Jordi Escuer

Nuestra compañera nos dejó en septiembre del año pasado. El próximo sábado 17 de junio, vamos a recordar todos juntos a Arantxa, en el auditorio Paco de Lucía, de Aluche (Madrid), a las 18 horas. En las páginas del periódico de la Asociación de Vecinos de Aluche, publiqué este texto en su memoria.

En todas las luchas que en el mundo han sido, ha habido protagonistas cuyos nombres no recogen los libros pero que, sin ellos ni ellas, esos acontecimientos no habrían sido posibles. Miles de activistas que se encargaron de organizar, promover, alentar, inspirar, innumerables conflictos, grandes o minúsculos, y que contribuyeron a hacerlos realidad. Arantxa fue una de ellas.

Su generación, la mía, estaba en la escuela cuando se desarrolló la movilización contra la dictadura y los momentos cruciales de la llamada Transición. Nuestra militancia empezó justo cuando ese proceso acababa. Pero aún así, todavía vivimos los efectos de las luchas de la Transición. Todo nos impulsaba hacia la política, hacia la pelea.

Nunca olvidó la experiencia de la huelga de seis meses que vivieron las principales empresas del cinturón rojo de Madrid en 1976. Su padre trabajada en una de ellas, Stándar Eléctrica, la empresa que montó las centrales y los tendidos de cable de Telefónica por todo el Estado español. Seis meses sin ingresar un solo sueldo, con la incógnita de qué pasaría.

La vida peregrina de sus padres, Goyo y Carmen, montando centrales de Telefónica, hizo que ella naciera en Donosti en 1966 y llegara a Madrid en 1975, tras pasar por Logroño y Burgos. Estudió en el Colegio Abraham Lincoln, un centro privado de los llamados “progres” —en esa época apenas había colegios públicos— en el que conoció la música de Serrat o Quilapayún, y la poesía de Miguel Hernández.

Su entrada en la política empezó en el instituto, en las luchas contra las leyes de educación del Gobierno de Suárez, en los años 79-80, con una dura represión.

Es imposible en tan poco espacio abarcar la vida militante de Arantxa. Los años 80, con las luchas contra la reconversión industrial, las movilizaciones contra la OTAN, las protestas estudiantiles y todo el proceso hasta la huelga general de 1988. La participación en la Asociación de Vecinos de Aluche, en Izquierda Unida. Las movilizaciones por los terrenos de la Cárcel, con la inolvidable consulta popular de 1999. Las luchas en defensa la sanidad en el Distrito, de la Biblioteca Ángel González, la aventura anual de las Fiestas, el programa de radio de AVA en Onda Latina. Su papel en las últimas huelgas generales y las movilizaciones del sector público contra los recortes… En todo ello jugó un papel muy importante Arantxa. Su vida y la lucha son inseparables.

 

La pelea contra la enfermedad

Pero la más dura de todas las pruebas le esperaba, inesperadamente, a los 46 años. Tras meses encontrándose mal en enero de 2013 tuvo la fatídica noticia de su enfermedad, un cáncer. Se aferró a la vida y, hasta el final, estaba convencida de que se iba a curar. Y, de hecho, logró llegar más lejos de lo que nadie esperaba.

Entonces valoramos más que nunca la importancia de la sanidad pública. Arantxa puso toda su confianza en sus médicos y enfermeras, y su maravillosa labor y trato. Y se empeñó en continuar con su vida.

Siguió participando en la labor del Manifiesto por el Socialismo. Acudía a la mayoría de las reuniones y rara vez dejaba de intervenir para aportar su punto de vista, comprometiéndose en todo aquello que pudo.

Participó en las asambleas y actividades de Izquierda Unida todo lo que sus fuerzas le permitieron. Prestó mucha atención a la lucha por cambiar IU Comunidad de Madrid, que tendría su momento álgido en las primarias de 2015.

Y continuó formando parte de la Junta Directiva de Ava hasta el final. Cuantas veces íbamos paseando por la calle y se paraba para sacar una foto de un árbol caído o de la acumulación de basuras, efecto colateral de los recortes de Ana Botella, para llevarla a la próxima reunión.

La victoria de Ahora Madrid la llenó de ilusión, pero también de rabia por no poder implicarse de pleno en esa lucha. Con su experiencia, política y profesional, habría jugado un papel incalculable en esta pelea.

Recordaré siempre como, durante la presentación de Ganemos Latina en diciembre de 2014, fue capaz de hablar sin papeles, en pie, en el Centro Cultural Fernando de los Ríos delante de 200 personas, en la que iba a ser su última intervención pública. Su fuerza y su capacidad de convicción seguían intactas. Por aquel entonces, su enfermedad se agravó drásticamente.

Ahora, que ya todo pasó, queda el recuerdo de su valor, de su sonrisa y de su voz, su inolvidable voz.

 

La Arantxa que conocí

Compartí con mi compañera casi 30 años de mi vida. Si hoy pudiera volver atrás, ojalá, volvería a hacerlo. Lo que más lamento es no haberle regalado más sonrisas. Ninguno de los dos éramos perfectos, aún así, a pesar de las decepciones y de los golpes de la vida, logramos ser felices y seguir queriéndonos hasta el último instante. Yo sigo haciéndolo.

Arantxa mantuvo hasta el final sus convicciones en que es posible una sociedad socialista. Estaba orgullosa de ser marxista. Tenía una conciencia de clase a prueba de bombas. No podía callarse ante la injusticia, tan abundante en nuestro mundo. Conocía bien al ser humano y sus miserias, no se engañaba, pero sentía una fe inquebrantable en la Humanidad.

Nunca dejó de luchar por aquello en lo que creía. Hoy la decepción se ha instalado entre mucha gente, sobre todo, entre los jóvenes. Hay motivos, pero no debemos permitir que anide en nosotros el cinismo, ni el derrotismo. Para muchos de nuestra generación la política no era sinónimo de embuste, de corrupción, si no lo más noble que puede hacer el ser humano: trabajar por la Humanidad sin esperar nada a cambio, luchar por cambiar la sociedad. Arantxa así lo hizo.

Si las cosas iban mal, deseabas tener al lado a alguien como ella. Nunca se daba por vencida, siempre encontraba la forma de seguir adelante, de sonreír y hacer frente a la adversidad. Fue una mujer valiente. Pero también tierna y frágil, y necesitaba refugiarse en mis brazos un rato todos los días.

Amó a sus padres y hermanos, a su familia, y amó a sus amigos. Adoraba los caminos de los campos de Burgos y Palencia que tantas veces recorrimos juntos. Quería al teatro, la música, la pintura, viajar, compartir una cerveza, un vino o una comida con sus amigos, bailar (cómo le gustaba)… Pero, sobre todo, amaba el mar.

Con la misma entrega que luchó por cambiar la sociedad, peleó por “su felicidad en un rincón”. Se negó siempre a que las penas le amargaran la vida. Por encima de todo, se empeñó en ser feliz y lo logró. Y yo tuve el privilegio de compartir con ella ese viaje.